miércoles, 12 de agosto de 2026

TESTIMONIO Parte 15 / Las Llaves y la Dignidad

 



TESTIMONIO Parte 15 #excatólica

TEMA: Testimonio bajo el tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?

🖋️
Las Llaves y la Dignidad

🔵 Publicado en Facebook: La Caverna del Profeta

RECUERDOS…

Hay recuerdos que no se borran porque quedan grabados en la piel, no solo en la mente. Uno de ellos fue el día en que acompañé a mi madre de regreso a nuestra casa para entregar las llaves.
En ese preciso instante llegó una visita inesperada: una de nuestras vecinas, la misma que siempre invitaba cariñosamente a mami a la iglesia luterana.

Mientras estábamos en el balcón, Doña Alicia, la vecina de la iglesia luterana, se acercó a mami. La abrazó con mucha ternura y, mirándola con compasión, le dijo:

—Te digo algo de parte de Dios: todo va a estar bien. No llores, estas son cosas que pasan... vas a encontrar un hombre mejor.

Recuerdo claramente el impacto de esas palabras. Mami bajó la cabeza despacio y una sola lágrima rodó por su mejilla, cargada de una mezcla de pena, resignación y dolor silencioso.

En medio de ese silencio pesado, llegó otra vecina trayendo consigo un soplo de alivio: un jarrón de limonada bien fría, con mucho hielo y vasos plásticos. Mami tomó un vaso para refrescarse, tratando de recobrar el aliento. Fue entonces cuando esta vecina —de rasgos orientales— hizo algo que se quedó grabado en mi memoria para siempre.

De su bolsillo sacó un hilo rojo con varios nudos, del cual colgaba un pequeño adorno de tela dorada, un amuleto tradicional para la buena suerte y la protección. Se lo entregó a mami y, mirándola a los ojos, le dijo con mucha devoción:

— Sarah, que paso?, ustedes se veían tan felices, olvida todo, mientras hacía cada uno de estos nudos, oré a los dioses ancestrales para tu protección.

Luego la envolvió en un cálido abrazo y se retiró en silencio, al igual que Doña Alicia.

En aquel pequeño balcón rodeado de cristales, mami quedó sosteniendo en una mano el vaso de limonada y en la otra aquel hilo rojo; rodeada por las oraciones luteranas de una y las bendiciones ancestrales de la otra. Dos formas distintas de amor y creencias intentando sostener un mismo corazón roto.

Cuando las vecinas se despidieron, mami se dejó caer en una de las sillas mecedoras de buena calidad que no pudimos llevarnos. Tuvo que dejarlas allí, en ese balcón, porque ya no quedaba dinero para pagar el empaque y el envío hacia Puerto Rico. Eran unas mecedoras de madera fuerte, robustas, de esas que parecen hechas para durar toda la vida.

Nos quedamos allí sentadas por unos minutos, compartiendo en silencio la limonada fría. Yo observaba a mami: estaba sumida en sus pensamientos, con la mirada triste y fija, contemplando una y otra vez el balcón y aquella casa... la casa que me vio nacer y crecer.
En ese instante de quietud llegó otra vecina, Doña Ruth. Se acercó y abrazó a mami, pero sus primeras palabras vinieron cargadas de un peso innecesario:

—Hermana Sarah, ¿qué pasó? ¿Pero tú no podías arreglar todo esto? Y ahora lo malo es que tienes tantas bocas que alimentar...

Al escucharla, no pude evitar mirarla con cierto rechazo. Doña Ruth era la vecina que siempre andaba por el vecindario entregando tratados casa por casa, folletos que advertían en letras grandes: "Cristo viene" o "Si no lo aceptas, vas a ir al infierno". Yo solía botarlos a la basura, ya me bastaba con nuestra tradición familiar religiosa como para venir a adoptar más creencias. 

Sin embargo, Doña Ruth volvió a abrazar a mami y cambió su tono:

—Siento de parte de Dios decirte que Él va a estar contigo en esta prueba. Dios me dice que vas a salir de todo esto; esa brujería que te hicieron... se van a arrepentir y Dios te va a dar la victoria.

De pronto, colocó su mano sobre la cabeza de mami. Un escalofrío de nerviosismo me recorrió el cuerpo, porque la señora empezó a gritar y a hablar fuertemente en unas lenguas raras y desconocidas para mí. Mami permanecía sentada, en silencio, mientras Doña Ruth exclamaba con fuerza:

—¡Esa es la presencia de Dios!

Tan rápido como comenzó aquel fervor, la señora se detuvo, volvió en sí y le dijo a mami casi de pasada:

—Hermana, me tengo que ir a cocinar. Dios la bendiga, le dejo aquí la presencia de Dios.

En cuanto Doña Ruth se alejó, volví a mirar el rostro de mami. Estaba llorando en silencio. Me acerqué, la abracé con todas mis fuerzas y le sequé las lágrimas con ternura. Entre sollozos, con una voz ahogada que me partió el alma, me dijo:

—Marihíta... estoy cansada.

—Vámonos, mami —le supliqué.

—En un momento nos vamos... —me respondió.

Nunca olvidaré esa tarde. Mami lloró sin consuelo en aquella silla de mecer, en su lugar favorito de la casa, donde cada día solía tomarse su café de las tres de la tarde, manteniendo viva esa hermosa costumbre y tradición de nuestra cultura puertorriqueña. 

Allí, en la madera que ya no sería nuestra, se derramó todo el cansancio de una mujer que lo había dado todo.

Comencé a preguntarme por dentro, con el corazón apretado: ¿En realidad es esta la presencia de Dios? ¿Ver a mi madre llorando de esta manera? No lograba entender cómo el dolor de mami podía ser el reflejo de algo divino.

Cuando al fin nos disponíamos a marcharnos, llegaron de la nada dos figuras conocidas: una de las monjas ancianas de la parroquia acompañada por una monja más joven, una novicia. 

La monja mayor, al notar el estado de mami, con mucha suavidad la volvió a sentar en la silla de mecer. De inmediato sacó una botella de alcohol para pasárselo por la frente y las manos. Fue en ese preciso instante cuando me invadió una angustia enorme al comprender que mami no solo estaba agotada emocionalmente, sino que su salud física también se estaba quebrantando.

La monja joven abrió su bolso para asistir a la hermana mayor. Traía consigo los elementos sagrados para realizar la ministración —el ejercicio del ministerio de servicio, consuelo y oración que la Iglesia brinda a los necesitados—. De su bolso sacó un pequeño frasco de aceite bendito y un rosario, entregándoselos con reverencia a la monja anciana.

En la tradición católica, la ministración no es solo la administración de un sacramento o un ritual litúrgico; es el acto de canalizar la gracia, la sanidad y el consuelo de Dios a través de las manos y la oración personal, algo muy presente también en la Renovación Carismática.

La monja anciana continuo usando el alcoholado suavemente la frente de mami y, colocando sus manos sobre ella con una ternura infinita —tan distinta al escandaloso episodio anterior—, comenzó a ministrar la paz de Dios sobre su vida, orando en un susurro lleno de calma para que la sanidad divina cubriera su cuerpo y su alma.

Ahí, en el silencio de ese balcón y en la delicadeza de ese gesto, la presencia de Dios comenzó a sentirse de una forma muy diferente.

Justo en ese momento, la monja joven sacó con delicadeza el portaviático para entregarle a mami el sacramento de la Eucaristía, el pan consagrado. Pero la monja mayor la detuvo con un gesto suave y le dijo:

—No... todavía no.

La monja anciana miró fijamente a mami a los ojos y, hablándole con firmeza y ternura en inglés, le dijo:

—Sarah, escucha bien lo que te voy a decir. Te pido, te ruego que seas valiente. Por lo que estás pasando no es fácil, pero nuestro Señor Jesucristo te dará la fortaleza. Sé valiente, esfuérzate. No va a ser fácil, pero debes creer y confiar en nuestro Señor Jesucristo.

Recuerdo ver cómo mami, al escuchar esas palabras tan profundas, respiró hondo, se secó las lágrimas con determinación y respondió:

—Sí... me voy a esforzar y seré valiente para mis hijos.

La monja, con la sabiduría que dan los años de ministerio y vida consagrada, la miró y le recordó:

—Nada va a ser fácil, Sarah. Esto es solo una etapa que estás pasando, y Dios no te ha abandonado.

Al ver la dirección que tomaba la conversación, la monja joven entendió que no era el momento para la Eucaristía; se dio por vencida con el sacramento y guardó todo nuevamente en su bolso. 

Mientras tanto, la monja mayor no soltaba el frasco de alcoholado. Con sus manos impregnadas de ese olor penetrante que refrescaba a mami, continuaba impartiéndole consejos, sosteniéndola en sus creencias y recordándole que su vida aún tenía un propósito por el cual luchar.

La monja anciana ayudó con delicadeza a mi madre a levantarse de su silla mecedora favorita. Mientras se despedía, continuó secándole las lágrimas con un gesto lleno de ternura y le dijo:

—Todo esto quedará atrás y tú continuarás caminando hacia adelante confiando en JESÚS.

Observé algo diferente en ella. No le entregó un rosario, ni le regaló el típico librito de oraciones como es costumbre en la tradición católica romana marianista... nada. Solamente le brindó palabras llenas de sabiduría.

Tan pronto la monja se despidió, no pude contener mi confusión y le pregunté a mami:

—Mami... no entiendo qué es lo que ha pasado aquí.

Ella me explicó que lo que acababa de recibir era una ministración de parte de Dios: la forma en que Dios utiliza a las personas precisas en los momentos de prueba para traer alivio, consuelo y dirección. 

Yo continuaba dándole vueltas en mi mente a esa palabra, tanto en inglés como en español, intentando descifrar todo lo que acababa de presenciar.

—Vámonos, mi Maruca... —me dijo mami suavemente.

Recogió los vasos plásticos de la limonada y se acercó a cerrar esa puerta tan hermosa de cristal. Aquella misma puerta por la que tantas veces yo había corrido subiendo las escaleras, abriéndola de golpe para gritar con alegría: «¡Llegué! ¿Dónde estás, mami?».

Al cerrar la puerta y darle la espalda a la casa, mami soltó un largo suspiro. Comenzamos a bajar las escaleras. De camino a la parada del autobús, volví a insistirle:

—Mami, de verdad no entiendo nada de lo que pasó en el balcón con todas esas señoras.

Buscando la sombra mientras esperábamos la transportación pública, mami me rodeó con sus brazos y me dijo con voz tranquila:
—Tengo fe de que algún día vas a entender todo esto.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté.
—No lo sé... solo sé que cuando seas mayor entenderás todo. 
Mientras tanto, no voy a mirar hacia atrás; tengo que ser valiente y confiar en Dios.

Miró su reloj, abrió su bolso y, con ese cuidado maternal que nunca se agota, sacó un pedazo de manzana que llevaba guardado en un trozo de papel de aluminio y me lo entregó. 

Allí, en la parada del autobús, entre la incertidumbre del futuro y la despedida del hogar que nos vio crecer, mami eligió la valentía por sus hijos.

Al volver a estos borradores de mi antiguo diario —que en su momento dejé a la mitad—, descubro que repasar mi historia no es para lastimarme, sino para sanar. Hoy utilizo cada recuerdo como una guía para buscar refugio en las Escrituras y renovar mi entendimiento.

Todos los días aprendo algo nuevo, no debo de tener miedo a mirar hacia atrás si es para ver la mano de Dios sosteniéndome y ver su gloria manifestándose en mi vida. 

Entregarle tus recuerdos al Señor y plasmar tu historia en papel es la mejor forma de recordar la paz que Jesús nos dio, un regalo divino que no permito que nadie me quite.

Como nos prometió el Señor en el Evangelio de Juan:
"La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo."
— Juan 14:27

Mientras tanto me seco las lagrimas recordando todo y compartiendo mis recuerdos con ustedes… hasta la próxima, nos vemos en nuestro siguiente capítulo.

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados 
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com 

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