jueves, 16 de julio de 2026

16/julio/2026 TESTIMONIO Parte 12


 16/julio/2026


TESTIMONIO BAJO EL TEMA:

Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangeelico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación solo por la gracia de Dios?

Parte 12

Recuerdos de un altar: Las preguntas que el corazón no olvida

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#excatólica

Recuerdos…

Aquella mañana esperaba para salir con mi madre, me senté junto a la ventana de mi habitación. Desde allí arriba, el mundo se desplegaba lleno de vida: los niños del vecindario corrían y jugaban en la calle, ajenos a todo.

Yo los miraba, pero mi mente estaba muy lejos de sus juegos. En mis manos infantiles sostenía con fuerza una figura de yeso de la Virgen María. A mi corta edad, ya experimentaba un peso que no me correspondía; una quietud impuesta por el compromiso tan importante que me esperaba ese día: una reunión con el cura de la parroquia y con una monja a la que conocería por primera vez.

Perdida en el alboroto de la calle, apenas me di cuenta de que mami había entrado a la habitación. Su voz suave pero firme interrumpió mis pensamientos: ya casi era la hora de salir. Solo faltaba un último detalle antes de marcharme a cumplir con lo que sentía como un gran deber: peinarme el cabello.

Con la delicadeza de sus manos sobre mi cabeza, llegaron también los consejos de siempre. Tenía que guardar absoluto silencio cuando los adultos hablaran. Iba a estar frente al cura y a la monja, y en aquel entonces, el mundo de los mayores exigía una sumisión y una timidez en las que a mí, por naturaleza, me costaba mucho adaptarme.

Para ser sincera, todavía hoy conservo esa costumbre: me emociono tanto en las conversaciones que, sin querer, interrumpo porque me gana el entusiasmo. Es una chispa inquieta que ni el riguroso protocolo marianista catolico logró apagar. Pero en aquel momento, mami, al notar mi tensión, intentó tranquilizarme asegurándome que aquello era solo una reunión y que no iba a recibir ningún regaño.

Antes de cruzar la puerta, me detuve a mirarme al espejo. Mi reflejo me devolvía una imagen casi extraña. Llevaba el cabello muy corto; el doctor estaba investigando el origen de mis dolores de cabeza y mami, con esa lógica tan particular de las madres de la época, decidió que el peso de mi cabello largo tenía la culpa. 

Para colmo, estrenaba mis primeros espejuelos, con un marco de mi color favorito: azul cielo claro. Entre el corte de cabello y mis espejuelos, sentía que aquel espejo me mostraba a una niña que yo misma apenas empezaba a descifrar, en medio de un torbellino de cambios que aún no lograba comprender.

Guardé la pequeña figura de yeso de la Virgen María en el bolsillo de mi traje. Iba a buscar mi abrigo tejido de color rojo, el de siempre, pero mami me detuvo y me entregó uno nuevo.

—Este te quedará mejor, el rojo ya te queda pequeño —me dijo con dulzura.

Observé el nuevo tejido: era blanco, salpicado de delicadas flores rosas. Lo acomodé con cuidado en mi bultito junto a mi pequeña sabanita, porque sabía muy bien que en la parroquia el frío solía colarse hasta los huesos. Mami también acomodó allí un termo pequeño con agua y azúcar, junto a unas galletas de avena con pasas por si me daba "el cosquilleo de hambre", que era como yo llamaba a esos momentos en que el estómago me rugía y el mundo me daba vueltas.

Cruzamos el umbral y el sol de la mañana nos recibió con fuerza. Al salir, mis ojos buscaron otra vez a mis amigos, completamente entregados a la prisa de sus patinetas y bicicletas. El contraste entre su libertad y mi misterioso deber era casi doloroso. El firme agarre de mami en mi mano rompió de golpe mi distracción:

—Marihita, no te entretengas en el camino, que tenemos que irnos.

Y así, aferrada a su mano, caminé hacia lo desconocido.

El camino hacia que la parroquia me resultaba extrañamente familiar; al fin y al cabo, era la misma ruta que recorría todos los días para ir al colegio. Sin embargo, esta vez el trayecto se sentía completamente distinto.

Mientras avanzábamos, mi madre no dejaba de repasar conmigo las lecciones del catecismo marianista. Me recordaba la importancia de la Virgen María, insistiendo en su papel fundamental como madre y protectora en el misterio de Cristo, según la tradición católica romana. 

Yo solo asentía en silencio. Para calmar los nervios que empezaban a traicionarme, comencé a recitar algunos párrafos de memoria, repitiéndolos en voz baja como un mantra a lo largo de las calles.

Al llegar, cruzamos justo frente al colegio para dirigirnos a la capilla. Fuimos primero hacia la parte trasera de la iglesia, pero la puerta estaba cerrada. Intentamos luego por las escaleras que daban acceso a la parte baja, pero un pesado candado nos dio la misma respuesta.

Al ver aquellas puertas cerradas, una chispa de esperanza se encendió en mí. Miré a mami de inmediato, buscando una ruta de escape:

—No hay nadie, vámonos. De seguro hoy es su día libre —le sugerí, cruzando los dedos por dentro, según la superstición.

Pero mami, con esa sonrisa suya que combinaba dulzura y una firmeza inquebrantable, me tomó suavemente de la mano y me guió con pasos decididos hacia la entrada principal de la iglesia.

Frente al gran portón aguardaban otras dos madres con sus hijas, que parecían un poco mayores que yo. Mami las saludó con su calidez de siempre, un "buenos días" que se topó con un ambiente extrañamente gélido. Solo una de las mujeres devolvió el saludo y se acercó a abrazar a mi madre, dejando en el aire un silencio incómodo que aumentó mis nervios.

En ese instante de tensión, la pesada puerta de madera de la iglesia crujió al abrirse. Una monja vestida de un impecable color crema nos dio la bienvenida hablándonos en un inglés perfecto. 

Al recibirnos, nos entregó un rosario a cada una de las niñas. Cuando el mío cayó en mis manos, no pude evitar mirarlo con asombro: era de un azul claro idéntico, con el mismo tono exacto, al marco de mis espejuelos nuevos. Aquella coincidencia me pareció una señal silenciosa. 

Con un gesto amable, la monja nos indicó que nos sentáramos en los bancos de madera que se encontraban justo al lado de la entrada.

Tras presentarse, la monja se alejó unos tres bancos de distancia para hablar en voz baja con las madres. De inmediato, noté que las otras dos jovencitas entrelazaron con naturalidad sus dedos en las cuentas del rosario y comenzaron a rezar con una devoción que a mí me resultaba ajena.

Yo, en cambio, era incapaz de concentrarme. Como siempre, permanecía atenta a cada movimiento de mami, velándola de reojo con ese temor infantil y constante de que, en un descuido, me dejara allí sola.

A los pocos minutos, mami regresó a mi lado y me susurró con ternura:

—Vamos a esperar nuestro turno.

Nos acomodamos muy juntas en el banco de madera, unidas en un silencio protector, mientras observaba a las otras dos jóvenes caminar junto a la monja hacia el misterio que se ocultaba tras las puertas de la oficina parroquial.

Durante la espera, los nervios me traicionaron y el estómago comenzó a reclamar. Me acerqué al oído de mami para susurrarle que sentía el "cosquilleo en la barriga". Ella miró el gran reloj de la pared y me consoló con una sonrisa:

—Pues ya casi es la hora de la merienda.

Justo en ese instante, el eco de unos pasos interrumpió nuestra conversación. Al levantar la vista, vi acercarse a una monja diferente: era una de las que trabajaba en mi colegio, un rostro familiar en medio de tanta solemnidad.

Saludó a mami con un abrazo cálido y nos guió hacia una pequeña oficina que tenía una cafetera, una nevera y una mesa de madera.

—Aquí estarán más cómodas —nos dijo con amabilidad, mientras me entregaba una cajita con galletitas, un sándwich y un cartoncito de leche de chocolate. No lo puedo negar, aquel gesto me devolvió el alma al cuerpo.

Al cabo de unos minutos, llegó nuestro turno. Mami, fiel a su costumbre de no dejar rastro, limpió y recogió la mesa con esmero, dejándola impecable. Luego se volvió hacia mí con mirada detallista: me acomodó el traje y me acomodó con las manos el cabello corto, ese corte que a mí tanto me disgustaba pero que, por salud, tocaba llevar.

Caminamos por un pasillo y, al cruzar frente al altar de la Virgen María, nos detuvimos para hacer la genuflexión. Mientras lo hacíamos, vi de reojo a otras monjas que limpiaban el altar con devoción silenciosa.

Mami se detuvo finalmente ante la puerta de la oficina principal y tocó con suavidad, al abrirse, nos recibió una monja vestida con el hábito tradicional: una sotana negra larga hasta los pies y una toca con velo blanco. Con un ademán sereno, nos dio la bienvenida y nos invitó a pasar.

Adentro nos esperaba el párroco, quien me saludó con afecto junto a la monja. Recuerdo que ella comenzó a presentarse utilizando una letanía de títulos y cargos eclesiásticos que para mi mente infantil resultaban un idioma completamente incomprensible.

Acto seguido, fijó su mirada en mami y comenzó a explicarle la enorme responsabilidad de pertenecer al selecto grupo de creyentes de la Virgen María, la Madre de Dios, mientras se persignaba con devota solemnidad.

Al escuchar aquellas palabras tan profundas sobre la entrega, el compromiso y la obediencia, mi imaginación infantil simplemente alzó el vuelo. Un pensamiento increíble cruzó mi mente: ¡Wow, mami se va a convertir en monja! Me invadió una emoción tremenda y el corazón me dio un vuelco. 

En segundos, me la imaginé vestida con su hábito, caminando con paso sereno por los pasillos de mi colegio y cuidándome de cerca a cada momento. Aquella idea me parecía el mejor de los mundos posibles.

Mami asintió con total seguridad, respondiendo que ya habíamos completado los catecismos y que conocíamos muy bien el valor de la obediencia.

Mientras mi corazón saltaba de entusiasmo alimentando mi fantasía, toda aquella ilusión se desvaneció en un segundo. La monja giró la cabeza, fijó su mirada directamente en mí y pronunció mi nombre.

En ese instante, el peso de la reunión cambió de rumbo por completo. El aire se volvió denso. Busqué la mirada de mami, asustada, y la escuché responder con su calma habitual:

—Lo tomaré en consideración.

En aquel momento de mi infancia, yo no alcanzaba a vislumbrar la magnitud de lo que se estaba decidiendo en esa oficina, pero mi madre sí lo entendía perfectamente. Ella sabía el camino que se empezaba a trazar para mí.

De pronto, la monja vestida de crema —la misma que nos había recibido a la entrada— se asomó por la puerta. Mami se puso de pie de inmediato y se dirigió a mí con voz suave pero firme:

—Marihita, ve con Miss Johnson. Terminaré la reunión en unos minutos.

La monja me tomó de la mano y me guió hacia la habitación contigua. Para mi sorpresa, terminamos en una pequeña oficina parroquial que, en sus ratos libres, funcionaba también como el cuarto de planchado de las vestiduras sacerdotales.

Al cruzar el umbral y ver el lugar, no pude evitar que una gran sonrisa me iluminara el rostro. Hoy, mientras escribo estas líneas de mi testimonio, me río sola al recordar que aquel cuarto existía tal y como era gracias, única y exclusivamente, a la audacia de mi madre.

Les cuento que meses atrás, a mami le habían encomendado la "labor sagrada" de planchar las albas y casullas del cura. Al recibir el encargo, ella miró fijamente a la madre superiora y a las monjas, con esa firmeza tan suya que no admitía réplicas, les dejó las cosas claras de inmediato: si querían la ropa impecable, la parroquia tenía que comprar una tabla de planchar. Ella no pensaba cruzar el vecindario caminando de un lado a otro cargando semejante armatoste a cuestas.

Aún me sonrío al recordar la expresión de las monjas, que salieron casi corriendo a comprar la tabla ese mismo día para no contrariarla. Gracias a ese despliegue de carácter, las vestiduras del sacerdote se planchaban allí mismo, y yo ahora me encontraba en su pequeño reino.

Mami era así: una legisladora indomable que iba organizando el mundo a su paso, dictando leyes nuevas allí donde hiciera falta.

Mientras Miss Johnson me acomodaba en una silla de aquel cuarto impregnado de olor a almidón y vapor, me quedé pensando en la fuerza arrolladora de mi madre. Sin embargo, la tranquilidad me duró poco. Sabía perfectamente que al otro lado de la pared, en la oficina principal, se seguía decidiendo el rumbo de mi infancia mariana.

Miss Johnson interrumpió mis pensamientos. Se acercó a mí con paso suave y colocó en mi mano una pequeña estampa de la Virgen María. La contemplé en el centro de mi palma mientras la monja me decía con una voz que combinaba dulzura y solemnidad diciéndome, (según la tradición marianista católica):

—Ella te guiará y te dará la sabiduría junto a Cristo. —

Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire tibio del cuarto de planchado, sellando en el silencio un compromiso que los adultos acababan de pactar a mis espaldas.

Pocos minutos después, la puerta de la oficina se abrió y mami apareció con su habitual paso firme, dando por terminada la reunión. Tras despedirnos del párroco y de las monjas, emprendimos el camino de salida. Al cruzar el umbral de la parroquia de regreso a la calle, el sol del mediodía nos recibió con una fuerza deslumbrante, devolviéndonos de golpe al calor de la realidad.

Ya de camino, mami me miró de reojo y rompió el silencio con una pregunta que me tomó por sorpresa:

—Marihita, ¿recuerdas que una vez me dijiste que querías ser monja para ayudar a los necesitados? Pues la monja nueva tiene un grupo pequeño donde les enseñan desde niñas a ser misioneras, a ayudar a los demás representando a la Virgen María.

Yo la miré de vuelta. En mi inocencia infantil, sentía que aquello me quedaba gigante.

—Sí, mami, me acuerdo —le contesté—, pero soy muy pequeña para eso. A menos que tú vayas conmigo y trabajemos juntas.

Al escucharme, mami se detuvo en seco por un segundo. Su rostro se volvió pensativo, como si mis palabras hubieran tocado una fibra muy profunda en ella. Volvió a caminar despacio y me dijo con mucha seriedad:

—Creo que es mejor que cuando seas grande, mayor de edad, tomes tus propias decisiones. Representar a la Virgen es un compromiso muy serio.

—Está bien, mami —asentí, y de inmediato me brotó otra duda que me quemaba por dentro—. ¿Y a qué edad puedo representar a Cristo?

Mami se me quedó mirando, tal vez abrumada por la profundidad de mis preguntas, y prefirió darnos un respiro:

—Ven, entremos aquí a comprarte un helado para continuar nuestro camino.

Mientras saboreaba el helado, el silencio regresó, pero mi mente infantil no paraba de dar vueltas. En mi ignorancia de niña, un torbellino de preguntas corría por mi cabeza: ¿Cómo puedo ayudar a otros cuando veo que en el altar Jesús es quien necesita ayuda? ¿Quién lo va a bajar de ahí para que no sufra más? No entiendo cómo podemos ayudar a nuestra Madre, la Virgen, si ella ya está en el cielo... ¿Por qué lo dejó a Él atrás en el altar?

Tales preguntas causaron en mí un disturbio emocional, conociendo que el tener un pensamiento crítico dentro de un sistema religioso, es sinónimo de blasfemar.  

Eran demasiados misterios para mis pocos años. Ya casi llegando a casa, mami interrumpió mis pensamientos con una noticia que no me esperaba:

—Marihita, hay una actividad importante esta noche. La madre superiora y la monja que acabas de conocer quieren que asistas a este evento tan especial. ¿Te gustaría ir o prefieres quedarte en casa?

Hoy día me río sola al recordar mi reacción. Ante semejante invitación celestial, mi respuesta no pudo ser más terrenal:

—Tengo hambre y me gustaría descansar —le solté con total honestidad.

Mami me miró, me dedicó una sonrisa cómplice y asintió con la cabeza, aliviando de golpe toda mi tensión:

—Sí, tienes razón. Vamos a casa a calentar la comida de ayer: arroz con gandules, carne molida y ensalada de papa.

En ese momento, el hambre y el cansancio ganaron la batalla. Nos refugiamos en la seguridad del hogar, ignorando la magnitud del evento que se preparaba para esa misma noche. Pero esa... ya es otra historia.

Nos vemos en la próxima parte.

Autoría:

María Izabel Mestre 

Yom Teruah Ministries®

La Caverna del Profeta®

Carolina, Puerto Rico

profetamariaimestre@gmail.com

yomteruahministries@gmail.com

Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética, (sin fines de lucro)

"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"


jueves, 9 de julio de 2026

9/julio/2026 En el nombre de Jesús... todo va a estar bien

 


9/julio/2026

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Hay mañanas en las que nos levantamos con un peso en el espíritu que no nos pertenece. Esto ocurre por causa de las situaciones difíciles que están pasando nuestros hermanos a quienes amamos en Cristo.


Nos llegan a la memoria aquellos que hoy están pasando por un mal momento, esos días en los que sienten que la incertidumbre o el dolor les está ganando la partida. Para ti, que hoy estás en medio de un suplicio, va esta pequeña reflexión.


Cuando decimos: "En el nombre de Jesús... todo va a estar bien", no estamos usando una frase mágica para intentar ignorar la realidad en la cual nos encontramos viviendo. Tampoco se trata de un optimismo fingido que nos exige mostrarnos felices ante los demás.


Cuando el dolor se presenta, lo peor que podemos hacer es intentar reprimirlo. Debemos saber que el alma, que es el asiento de las emociones, necesita validar que el sufrimiento es real para que te esfuerces en buscar una solución a la situación.


Decir que "todo va a estar bien en el nombre de Jesús" va más allá. Significa descansar en la más grande certeza que nos permite sobrellevar las circunstancias adversas por las que nos encontramos pasando.


Significa recordar que, aunque hoy no entendamos el mapa para encontrar una salida, nuestra trayectoria no está fuera de control.


Más allá de las constelaciones, hay un Dios completamente atento a ti, que no has dejado de orar ni de renovar el entendimiento estudiando la Palabra; a ti, que no has dejado de brindar palabras de aliento al que se encuentra caído. 


Puedes tener la certeza de que Jesús está guiando y sosteniendo cada detalle de tu vida. Incluso en los días más oscuros, tu embarcación no está a la deriva a merced de cualquier destino.


La frase "estar bien" no siempre está condicionada al hecho de que el problema desaparecerá por arte de magia. Más bien, significa que la paz con la cual fuiste incluido en Cristo es la que verdaderamente te da la identidad para ser conocido como cristiano en este mundo caído.


Y es que tu valor como persona ya no depende de lo bien o mal que te vaya en la vida, ni de la fortaleza o flaqueza de tus emociones.


A veces nuestra propia mente nos sabotea por el hecho de que se encuentra programada para mantenerte alerta ante cualquier peligro. 


Para colmo, el enemigo de las almas conociendo nuestra condición mental en la cual nos encontramos en alerta cuando permitimos que la circunstancia nos distraiga, el diablo  nos susurra al oído que hemos sido abandonados por Dios, de manera que, el desespero nos puede llevar a tomar decisiones impulsivas que nos llevan a actuar locamente: 


1 Crónicas 21:1(RVR1960)

Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel.


Tienes que entender el hecho de que tu verdadera identidad no la define tu crisis actual, ni la opresión que sientes al levantarte. Tu identidad ha sido definida por Aquel que ya crucificó tu adversidad para que puedas caminar en su victoria, viviendo siempre en el presente.


Como creyente en Jesucristo, ya no eres dueño de tu propia vida ni vives a merced de las circunstancias, porque has sido vestido con la armadura de la justicia en Cristo.


Por lo tanto, no busques contemplarte a través del espejo del dolor o de las dudas que puedan surgir en el camino; tienes que contemplar la sangre real que fue derramada, la cual fue ofrecida por tu pronto rescate. No importan las dudas que te pueda inocular la religión, como la posibilidad de perder la salvación, afirmación que no proviene de la fe, sino del juicio humano.


Una vez que has sido puesto en Cristo como hechura suya, tu posición en el Reino como hijo amado está segura, con la certeza de que el Reino de los cielos no va a cambiar de opinión con respecto a ti por la forma en que pueda cambiar tu estado de ánimo cuando tienes que afrontar las diversas pruebas.


Un pequeño consejo para hoy: 


si el panorama se ve abrumador, no intentes cargar con el peso de varios meses en un solo día. La ansiedad suele alimentarse de un futuro incierto que aún no ha ocurrido. La Biblia nos exhorta a vivir siempre en el presente, de manera que tienes que traer tu mente a lo que se encuentra ocurriendo hoy.


Aprende a dar un solo paso a la vez, respira y confía en que la gracia que necesitas para sostenerte hoy ya te ha sido concedida, tal como Dios proveyó el maná cada mañana al pueblo de Israel en el Éxodo.


Lamentaciones 3:22-23 (RVR1960) 

"Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad."


No tienes que ser fuerte por tus propios medios diciendo: "no soy perfecto o perfecta", buscando llegar a la perfección en el desempeño de la religión para disfrutar de los medios de la gracia de Dios como lo establecía el antiguo pacto. El nuevo pacto nos demanda descansar de nuestras ansiedades para permitir que Jesús el Cristo se glorifique como el que ocupa el trono de Dios.


Mateo 11:28-30 (RVR1960) 

"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga."


Mañana será otro día, pero hoy, descansa en la certeza de que estás profundamente bajo su cuidado. Tu dolor ya ha sido conocido por Aquel que, siendo Dios, se hizo carne y sufrió profunda e injustamente para poder apiadarse de nosotros. Sabiendo que Cristo Jesús tiene potestad tanto de la vida como de la muerte, podemos decir en medio de cualquier tribulación: "Todo va a estar bien en el nombre de Jesús".


Oremos juntos:


"Señor y Padre nuestro, soberano y fiel. Hoy nos acercamos al trono de la gracia sin poner la confianza en nuestras propias fuerzas, ni en la debilidad de nuestras emociones que hoy flaquean ante la adversidad; hoy encontramos refugio únicamente en la obediencia perfecta de nuestro Señor Jesucristo, la cual nos ha sido imputada.


Te pedimos por cada persona que hoy lleva una carga pesada; abre sus ojos espirituales para que, por encima de la niebla de sus padecimientos, puedan llegar a contemplar la inmutabilidad de tus santas promesas, que son nuestra herencia bendita y garantizada por la sangre de Cristo.


Que no escuchen los susurros de desespero que se inventan en sus propias mentes, sino que, por la fe, puedan encontrar el pronto socorro en la verdad eterna de tu santa Palabra.


Te suplicamos que esa gracia soberana que sostiene el universo entero hoy se manifieste como paz en sus corazones, recordándoles que ninguna tormenta puede arrancar lo que Tú, Dios, ya has sellado con tu Santo Espíritu. En las manos del Capitán de nuestra salvación entregamos este día. ¡En el nombre de Cristo Jesús... Amén!"


Autoría:

María Izabel Mestre

Profetisa de Yom Teruah Ministries®

La Caverna del Profeta®

Pentecostales Reformados 

Carolina, Puerto Rico

profetamariaimestre@gmail.com

domingo, 5 de julio de 2026

5/julio/2026 Testimonio Parte 11





5 de julio de 2026 | Mi Diario Blog

#excatólica: Testimonio (Parte 11)


📌Tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?


🖋️ Raíces de oro: El verano que mami me defendió


Las vacaciones en Puerto Rico era un bálsamo para el alma. Recuerdo a mi abuelo materno. Cada vez que llegaba mami, él lo celebraba como si fuera el primer día que la veía. No importaba si había llegado la semana pasada o el día anterior; para él, su hija siempre era motivo de fiesta. Se ponía su pava, el tradicional sombrero de paja, y se iba a la finca. 


Regresaba horas después con los brazos llenos: ñames recién sacados de la tierra, carne de cerdo para freír, y una sonrisa que no cabía en su rostro. Luego nos llevaba al patio y nos mostraba con orgullo sus árboles: el de guayaba, frondoso y generoso, que nos regalaba guayabas dulces como el mismo verano. Y al lado, el de guanábana, con sus frutas verdes y ásperas por fuera, pero tan suaves y blancas por dentro. 


Un día mientras yo disfrutaba del paisaje del mar desde el balcón de la casa de mi abuelita, mi abuelo llegó a la casa de la abuela cargando algo que yo, de niña, no entendía. Era un pasto verde, alto, como varas de bambú. Mi abuelo sonrió al verme confundida. Luego vi cómo ubicó ese "pasto verde en forma de palo" en una máquina, y de allí salió un jugo dorado y dulce. —Eso es guarapo, Maruca —me dijo—. De la caña de azúcar. 


Me habló de cuando él trabajaba en la caña, de sus manos curtidas, del sol quemando la espalda, de la tierra que lo vio crecer. No lo decía con tristeza. Lo decía con orgullo. Como quien ha puesto sus fuerzas en la tierra y la tierra le ha devuelto fruto. Y al verme beber ese guarapo, yo creo que él revivía algo de aquellos días. Algo que quería compartir conmigo. 


Aquellas tardes, la familia se reunía y hablaban con orgullo de Roberto Clemente, nuestro astro del béisbol. Yo escuchaba fascinada, sentada en alguna silla de mimbre, mientras guardaba en la cartera de mami una nota con mis tareas pendientes para el regreso al colegio en Filadelfia. —No te preocupes por la asignación, Maruca —me dijo mami al encontrar la nota—. Disfruta el verano. Yo te ayudaré con una idea para tu presentación. 


Y vaya que lo disfrutamos. Pasamos días inolvidables en los kioscos de Luquillo, entre el mar y el coco. Mi padre siempre me compraba un Coco Rico, esa bebida dorada que sabía a isla y a domingo. El sonido de las olas, el olor a frituras, la brisa caliente mezclada con el salitre... todo eso se me quedó grabado en mi corazón. 


Al regresar a Filadelfia, mami ya tenía el plan. Me ayudó a escribir una biografía de Roberto Clemente. Mi abuelo confeccionó una pava miniatura —el sombrero artesanal típico de nuestros jíbaros— especialmente para mi presentación, y mami le tomó una foto a mi abuelito usando su pava. Yo estaba emocionada. No era solo una tarea escolar. Era mi historia, mi familia, mi orgullo.


🖋️ El regreso a clases y el choque del prejuicio


Sin embargo, el primer día de clases el corazón se me encogió. Al entrar al salón, temía ver a la maestra, quien era una mujer que nos miraba con desprecio a quienes pertenecíamos a otros grupos étnicos. 


La maestra nos separó por grupos étnicos dándole los primeros turnos a los estudiantes blancos para dar una presentación relacionada con su experiencia en las vacaciones de verano, asignándome a mí el último turno y con una risa burlona, cuando era mi turno de dar mi presentación me dijo: —Se terminó el tiempo. Siéntate. 

Recuerdo que llegué a casa frustrada donde mi mamá me abrazó calmándome diciendo: —No te preocupes, mañana será otro día. 


Al día siguiente, la atmósfera era distinta. La maestra me recibió con amabilidad. Al mirar hacia una esquina, lo comprendí todo: allí estaba mi mamá, sentada firme al lado de la Madre Superiora. La valentía me recorrió el cuerpo y recuerdo que hablé con orgullo de nuestro famoso pelotero Roberto Clemente y de mi abuelo, de la pava miniatura y de las tardes en la finca. Ese día aprendí que nuestra identidad como puertorriqueños merece respeto.


🖋️ El silencio elocuente: Lo que mami no me dijo


Pero hay algo que no entendí hasta años después. Mami había llegado a Estados Unidos desde Puerto Rico siendo muy joven. Dejó su tierra, su familia, su idioma entero, para buscar un futuro que en la isla no alcanzaba. Cruzó un océano con una maleta y un nombre que otros no sabían pronunciar. Y al llegar, se encontró con lo mismo que yo encontré en ese salón de clases: miradas que sobraban, puertas que se cerraban, silencios que decían tú no perteneces aquí. 


Pero también se encontró con personas buenas. Gente que la ayudó. Que le tendió la mano cuando no tenía nada. Que la miró a los ojos y vio a una persona, no a una extranjera. Esas manos amables fueron las que la sostuvieron en los días difíciles, las que le recordaron que no todo el mundo era como aquella maestra. 


Mi madre guardó esa lección en el corazón: el bien siempre encuentra un hueco, aunque el mundo intente llenarlo de sombras. Ella nunca me contó todo eso con palabras. No hacía falta. Lo vi en la forma en que se plantó al lado de la Madre Superiora ese día. 


Lo comprendí de la manera en que acostumbraba decirme: "vas a disfrutar del verano" cuando yo cargaba con la ansiedad de las tareas. Lo vi en la manera en que celebraba cada logro mío como si fuera suyo, porque sabía que el mundo iba a tratar de hacerme sentir menos. 


Esa maestra no sabía que la niña que humillaba era hija de una mujer que ya había atravesado el exilio. Que ya había sido mirada por encima del hombro. Que ya sabía lo que era que te dijeran "siéntate" cuando tú querías caminar. 


Pero mami no me enseñó rencor, me enseñó a levantarme, me enseñó que el respeto no se pide, se exige con la cabeza en alto. Como también me enseñó a reconocer a las personas buenas, esas que aparecen cuando más las necesitas, como la Madre Superiora que la escuchó y la apoyó ese día. Al verla allí sentada, entendí que su silencio era más fuerte que cualquier burla. Su presencia era un escudo y su amor era mi identidad.


🖋️ Derribando barreras: Dignidad, gracia y reconciliación ante el Creador


Al mirar atrás, entiendo que enfrentaba a la supremacía anglosajona que intenta clasificar a los seres humanos por su origen étnico. Ese "monstruo" buscaba convencerme de que mi historia valía nada. Pero mi madre ya había peleado esa batalla antes de que yo naciera. Y cuando llegó mi turno, ella no me dejó sola. 


Hoy, a mis 56 años de edad, utilizo mi voz para decir que ninguna ideología tiene el derecho de apagar la luz de un niño. Todos fuimos creados con la misma dignidad. 


El orgullo de creerse superior es una barrera que el Evangelio vino a derribar. Mi conciencia no está basada en el rencor, sino en la paz de saber que ante nuestro Creador, todos somos iguales cuando estamos en Cristo. (Gálatas 3:28-29) 


También de saber que mi madre me enseñó con su vida que el amor verdadero no conoce fronteras ni acentos. Que la dignidad de una persona no se mide por su origen étnico, haciendo un juicio basado en un falso celo ideológico que no proviene de Dios. Aprendí que el mundo tiene gente mala, sí, pero también tiene gente buena —y esa gente buena es la que hace que valga la pena seguir adelante. Esa es la herencia que me dejó. Esa es la historia que hoy cuento.


Gracia y paz.


Autoría:

María Izabel Mestre

Profetisa de Yom Teruah Ministries®

La Caverna del Profeta®

Pentecostales Reformados 

Carolina, Puerto Rico

profetamariaimestre@gmail.com

jueves, 25 de junio de 2026

Testimonio Parte 10 / 25/junio/2026


25/junio/2026 Testimonio Parte 10


Tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?

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📝
La Puerta Roja que Nunca me Llevó a Roma

Recuerdos…

Era un sábado de mayo, en algún punto de los años setenta. El sol de Filadelfia caía con generosidad sobre el patio de la parroquia, y el aire, cargado del aroma a tierra mojada y a incienso, se sentía diferente: había algo de fiesta, pero también algo de misterio. Aquel día no era uno cualquiera, era la víspera de la procesión del Corpus Christi, y todo el barrio se preparaba para ello. 

Como era sábado, no llevábamos los uniformes azules del colegio; el patio se llenó entonces de un jardín de vestidos de flores y de algunos niños con sus camisas planchadas que crujían al moverse. Yo, por mi parte, llevaba mis zapatos nuevos, esos que brillaban y que me recordaban que aquello no era un juego. Que ese día, de alguna manera que no entendía bien, estábamos a punto de tocar algo sagrado. Eso solo, el solo hecho de estar allí, con la ropa limpia y el corazón inquieto, ya hacía el día especial.

Mi madre estaba entre el grupo de padres. Ella era de las que animaba a las demás a asistir a las actividades que las monjas organizaban para los niños. La recuerdo conversando, riendo, moviéndose entre ellas con esa energía suya que hacía que la gente quisiera quedarse.

Éramos un grupo variado, hijos de inmigrantes de distintas nacionalidades, y en esos días el patio era un pequeño mapa del mundo: se mezclaban el español, el italiano, el polaco, el inglés con acentos que aún no se habían borrado del todo. A mí me fascinaba escuchar esas voces tan distintas, porque me hacían sentir que el mundo era más grande que mi casa y que mi colegio, y que de algún modo todos estábamos buscando lo mismo, aunque lo dijéramos en idiomas diferentes. Pero ese sábado, las diferencias no importaban. Todos estábamos allí para lo mismo.

Las monjas y el cura corrían de un lado a otro con esa energía que tienen los adultos cuando están preparando algo importante, y el olor a hamburguesas empezaba a mezclarse con el del césped recién cortado. Yo, desde un banco, observaba aquel ajetreo con una mezcla de curiosidad y reverencia. Sí, era importante: un simulacro del Año Santo de 1975, el Jubileo convocado por el Papa Pablo VI. Para nosotros, los niños, la explicación era más sencilla: era un año especial en el que, si uno hacía ciertas cosas, podía ganar un perdón especial.

En mi mente de niña, ese perdón no era un concepto doctrinal, sino algo más parecido a una promesa: la idea de que, por muy pequeña que fuera, Dios me miraba y quería borrar algo de mi historia. No sabía muy bien qué había que borrar, pero la sola posibilidad de que alguien tan grande como Él quisiera acercarse a alguien tan pequeña como yo, me llenaba de una paz que no entendía, pero que nunca olvidaría.
Pero, claro, éramos niños de Filadelfia, hijos de inmigrantes. Roma quedaba al otro lado del océano, en los mapas de la escuela, en las páginas de los libros que las monjas nos mostraban con dedos temblorosos de emoción. 

No podíamos viajar hasta allí, no teníamos pasajes ni maletas ni suficientes ahorros. Pero las monjas, que sabían de sueños y de milagros, encontraron la manera de traer el peregrinaje hasta nosotros.

Y así, en medio del patio de cemento, un grupo de padres y voluntarios levantaron algo que me dejó sin aliento: una puerta de madera pintada de un rojo intenso, como los tejados de las casas viejas de Europa. Se sostenía sola, sin paredes que la sujetaran, como un portal suspendido en el aire. Para mí, que tenía la mente llena de cuentos y de imágenes que bailaban en mi cabeza, esa puerta no era solo madera y pintura. Era el camino directo a Roma. 

Estaba tan convencida de que, si la cruzaba con suficiente fe y devoción, mis pies tocarían el suelo de la Ciudad Eterna al otro lado. Que el bullicio de Filadelfia se desvanecería y en su lugar escucharía las campanas de la Basílica de San Pedro. Era la puerta que conectaba mi pequeño mundo de calles rectas y casas de ladrillo con la gran ciudad de las cúpulas doradas que veía en los libros del catecismo.

Hicimos la fila, los niños y las niñas, con ese silencio solemne que solo se guarda cuando algo es importante de verdad. Caminamos despacio, casi sin respirar, y uno a uno cruzamos el umbral. Yo apreté los puños, cerré los ojos por un instante y di el paso. Y al otro lado, en lugar de la Plaza de San Pedro, nos recibió una sorpresa aún más dulce: el "Jardín de Nuestra Madre La Virgen María". No había cúpulas ni columnas, pero había flores de papel de colores, y una sonrisa enorme en el rostro de cada monja que nos esperaba con las manos abiertas.

La seriedad religiosa se transformó de inmediato en una fiesta infantil. Nos entregaron un pequeño bultito de cordones que llevaba dentro un tesoro: un lápiz de madera recién afilado, un cuaderno rojo con las hojas en blanco esperando ser llenadas, y un bolígrafo amarillo intenso, tan brillante como el sol de mayo, que tenía grabado el símbolo de la Virgen. Lo sostuve en mis manos como si fuera una reliquia. Era mío. Ese cuaderno rojo era mío, y en sus páginas yo podía escribir mis propias oraciones, mis propios sueños.

Luego, el aroma que había estado flotando en el aire durante toda la mañana se hizo promesa cumplida: hamburguesas humeantes, pretzels crujientes y salados, y vasos de ice tea con hielo flotando. Los pretzels, con esa masa retorcida que se deshacía en la boca, eran un recordatorio silencioso de que estábamos en Filadelfia, la ciudad donde los inmigrantes alemanes habían traído esa receta años atrás. Ahora era parte de nosotros, como los acentos de nuestros padres, como las recetas que llegaban en maletas de cartón, como las canciones que nuestras abuelas cantaban en idiomas que apenas entendíamos.

Cuando terminamos de comer, las monjas nos reunieron en círculo y nos entregaron unas cartulinas grandes, de esas que se usan para los carteles de la escuela. En ellas, con letras escarchadas que brillaban bajo el sol, estaban escritas tres palabras: FE, CARIDAD y ESPERANZA. Me dieron la que decía ESPERANZA. La sostuve contra mi pecho, y en ese momento, con el patio lleno de risas y el olor a hamburguesas y el sol calentándome la espalda, sentí que esas palabras no estaban escritas en una cartulina. Estaban escritas en mi corazón.

Después de que repartieron las cartulinas, las monjas nos pidieron que nos sentáramos en círculo sobre el césped. El sol empezaba a declinar, y la luz de la tarde se volvía dorada, como si el mismo cielo quisiera ponerle un broche de oro a aquel día tan especial.

Entonces, la madre superiora se levantó y pidió silencio con un gesto suave de su mano. Era una mujer menuda, de cabello blanco y ojos claros que parecían haber visto mucho más de lo que sus palabras alcanzaban a decir. Cuando hablaba, todos nos callábamos, porque su voz tenía esa autoridad que no viene del grito, sino de la paz interior.

—Niños —nos dijo con una sonrisa—, hoy hemos cruzado una puerta de madera en el patio de nuestra parroquia. Pero yo, hace muchos años, crucé una puerta mucho más grande.

Y entonces comenzó a contarnos sus recuerdos. Nos habló de cuando era joven y había hecho una peregrinación a pie hasta Roma. Caminó durante semanas, nos contó, con los pies ampollados y el sol quemándole la nuca, pero con el corazón tan ligero como una pluma. No iba sola; había otras personas con ella, algunas cargando cruces pequeñas, otras llevando rosarios entre los dedos, todos unidos por un mismo deseo: llegar a la tumba de San Pedro y tocar con sus manos la fe que habían heredado de sus padres.

—Cuando llegué a la Basílica de San Pedro —nos dijo con la voz llena de emoción—, caminé hasta el altar mayor, donde la tradición nos dice que descansa el cuerpo de Pedro, el pescador que se convirtió en la roca sobre la que Cristo edificó su Iglesia. Y allí, en ese lugar sagrado, entendí que no había caminado solo con mis pies. Había caminado con los pies de todos los que creyeron antes que yo, y con los pies de todos los que creerían después.

—En el camino —continuó la Madre Superiora, con la mirada perdida en algún lugar que solo ella veía— conocí a gente de todos los rincones del mundo. Una mujer de Polonia que no hablaba mi idioma, pero que me ofreció un trozo de pan cuando yo no tenía nada. Un anciano de Francia que cantaba salmos mientras caminaba, y cuya voz me acompañó durante días enteros. Un grupo de jóvenes de Italia que reían y lloraban al mismo tiempo, porque sabían que estaban haciendo algo grande.

—Vi lugares que jamás olvidaré —prosiguió—. Pueblos diminutos donde las campanas de la iglesia sonaban solo para nosotros, los peregrinos. Campos de girasoles que parecían saludarnos al pasar. Una capilla en medio de la nada, tan pequeña que solo cabían tres personas, pero donde el silencio era tan profundo que se podía sentir a Dios respirar.

Mientras la madre superiora hablaba, yo la escuchaba con los ojos muy abiertos y la cabeza llena de preguntas que no me atrevía a hacer en voz alta. Sus pies habían recorrido caminos de verdad, no como los nuestros, que solo iban de la casa al colegio y del colegio a la parroquia. Ella había visto las campanas de Roma, había tocado las piedras de la Basílica, había caminado hasta la tumba de San Pedro. Para mí, que apenas había salido de Filadelfia, todo eso sonaba tan lejano como la luna.

Y mientras ella hablaba, una pregunta comenzó a crecer dentro de mí, silenciosa y persistente, como una semilla que se abre paso bajo la tierra:

¿Por qué Dios vive tan lejos?

Porque en mi cabeza de niña, Dios estaba en Roma. Estaba en el Vaticano, detrás de esas cúpulas doradas que veía en las estampitas y en los libros del catecismo. Estaba donde estaba el Papa, donde estaban las basílicas, donde estaba la tumba de San Pedro. Y si Dios vivía en Roma, entonces estaba muy, muy lejos de Filadelfia. Estaba al otro lado del océano, en un país que solo conocía por los acentos de mis compañeros y por las historias que contaban las monjas.

Yo no podía viajar a Roma. No tenía dinero, no tenía pasaporte, no tenía edad para cruzar el mundo sola. Y entonces, si Dios vivía tan lejos, ¿cómo iba a llegar hasta Él? ¿Cómo iba a recibir esa bendición que prometían si yo no podía hacer el viaje? ¿Por qué había que sufrir tanto, caminar tanto, esperar tanto, solo para ver al Papa o para tocar una tumba?

Recuerdo que en ese momento, mientras escuchaba a la madre superiora, sentí una mezcla de admiración y de tristeza. Admiración por ella, que había logrado hacer lo que yo soñaba. Pero tristeza porque, en el fondo, pensaba que yo nunca podría alcanzar a Dios. Que Él estaba demasiado lejos, demasiado grande, demasiado ocupado como para fijarse en una niña de Filadelfia que apenas sabía rezar el rosario sin equivocarse.

Cuando la madre superiora terminó de hablar, el patio quedó en completo silencio, solo roto por el rumor del viento entre los árboles y el canto lejano de un pájaro. Yo miré la cartulina de ESPERANZA que sostenía contra mi pecho, y de repente entendí algo que no podía poner en palabras: aquella puerta roja no nos había llevado a Roma. Nos había llevado a un lugar mucho más importante. Nos había unido a una historia que empezó siglos atrás, que continuaba en los pies ampollados de la madre superiora, y que ahora, de alguna manera, continuaba en nosotros.

Esa tarde, mientras el sol se ponía detrás de los árboles del patio y las madres comenzaban a recoger a sus hijos, yo me fui a casa con una cartulina de ESPERANZA en la mano y un nudo en el estómago. Las preguntas seguían ahí, dando vueltas en mi cabeza como hojas arrastradas por el viento: ¿Por qué Dios vive tan lejos? ¿Por qué hay que sufrir para alcanzarlo? ¿Por qué las bendiciones hay que ganarlas con tanto esfuerzo?

No sabía entonces que esas preguntas no eran malas. No sabía que eran el principio de algo, el motor que movería mis pasos muchos años después. Pero esa noche, al acostarme, guardé la cartulina debajo de mi almohada y cerré los ojos. Y en mi corazón de niña, sin entenderlo del todo, supe que esa puerta roja, aunque no me había llevado a Roma, me había llevado a un lugar igual de importante: el comienzo de mis propias preguntas.

Autoría:
María Izabel Mestre 
Yom Teruah Ministries ®
Pentecostales Reformados
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

jueves, 11 de junio de 2026

11/junio/2026 ¿Cómo se acerca un corazón humilde a la Palabra de Dios? Autoría: María Izabel Mestre Yom Teruah Ministries®

 


11/junio/2026

¿Cómo se acerca un corazón humilde a la Palabra de Dios?

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Hoy recordaba una reflexión que compartí en las redes sociales en el año 2020. Volver a leer esas líneas me hizo confirmar que su mensaje es, hoy en día, urgente.

Escribí: "Pocos respetan la palabra de Dios. Pocos tiemblan a SU palabra. Esto es porque no son pobres y humildes de espíritu."

Isaías 66:2 (RVR1960): “Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”

Al reflexionar en esto, confirmo que el verdadero conocimiento de Dios comienza cuando reconocemos nuestra propia necesidad y pequeñez ante Él. 

A lo largo de los años, en mi propio caminar con la fe, he ido descubriendo cuán importante es revisar la actitud de nuestro corazón al abrir la Biblia. A veces, sin darnos cuenta, podemos acercarnos con ciertos prejuicios o buscando respuestas que solo se adapten a lo que queremos escuchar. 

Pero la verdadera paz llega cuando dejamos a un lado el orgullo y permitimos que sea la Palabra la que guíe nuestras vidas.

Temblar ante Su Palabra no significa tenerle miedo a un Dios castigador, sino rendirse con un asombro reverente ante la majestuosidad de Elohim quien creó el universo entero, pero que aun así decide fijar Sus ojos amorosos en el corazón que se humilla. Si no hay humildad en nosotros, las Escrituras serán solo letras en una página; pero para el que es pobre de espíritu, cada palabra se convierte en vida, guía y poder transformador.

💡 Un pequeño consejo para nuestra vida diaria: 

No leamos la Biblia solo por cumplir con una rutina o para acumular conocimiento. Antes de abrir tu Biblia hoy, tómate un minuto en silencio. Pídele al Señor que limpie cualquier rastro de orgullo o autosuficiencia en tu corazón y dile: "Señor, reconozco que te necesito; habla, que tu siervo oye". La verdadera madurez espiritual no se mide por cuánto sabemos de la Palabra, sino por cuánto la reverenciamos y la obedecemos en el día a día.

Oremos juntos: 

"Padre celestial, venimos ante Ti reconociendo tu absoluta soberanía y majestad. Confesamos que muchas veces nuestra mente humana se llena de orgullo y autosuficiencia, olvidando que sin la guía de tu Santo Espíritu estamos en total oscuridad. Te pedimos que limpies nuestros corazones de toda soberbia intelectual o rutina religiosa. 

Concédenos la gracia de ser pobres de espíritu, para que al abrir las Escrituras no busquemos nuestras propias opiniones, sino tu verdad eterna. Danos un corazón quebrantado y humilde que tiemble con reverencia ante tu Palabra y que anhele obedecerte cada día. Todo esto te lo pedimos con un asombro profundo por tu gracia, en el nombre de Jesús. Amén."

¡Que el Señor nos conceda un corazón conforme a Isaías 66:2!

Hasta la próxima.

Autoría:
María Izabel Mestre 
Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com 

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