domingo, 5 de julio de 2026

5/julio/2026 Testimonio Parte 11





5 de julio de 2026 | Mi Diario Blog

#excatólica: Testimonio (Parte 11)


📌Tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?


🖋️ Raíces de oro: El verano que mami me defendió


Las vacaciones en Puerto Rico era un bálsamo para el alma. Recuerdo a mi abuelo materno. Cada vez que llegaba mami, él lo celebraba como si fuera el primer día que la veía. No importaba si había llegado la semana pasada o el día anterior; para él, su hija siempre era motivo de fiesta. Se ponía su pava, el tradicional sombrero de paja, y se iba a la finca. 


Regresaba horas después con los brazos llenos: ñames recién sacados de la tierra, carne de cerdo para freír, y una sonrisa que no cabía en su rostro. Luego nos llevaba al patio y nos mostraba con orgullo sus árboles: el de guayaba, frondoso y generoso, que nos regalaba guayabas dulces como el mismo verano. Y al lado, el de guanábana, con sus frutas verdes y ásperas por fuera, pero tan suaves y blancas por dentro. 


Un día mientras yo disfrutaba del paisaje del mar desde el balcón de la casa de mi abuelita, mi abuelo llegó a la casa de la abuela cargando algo que yo, de niña, no entendía. Era un pasto verde, alto, como varas de bambú. Mi abuelo sonrió al verme confundida. Luego vi cómo ubicó ese "pasto verde en forma de palo" en una máquina, y de allí salió un jugo dorado y dulce. —Eso es guarapo, Maruca —me dijo—. De la caña de azúcar. 


Me habló de cuando él trabajaba en la caña, de sus manos curtidas, del sol quemando la espalda, de la tierra que lo vio crecer. No lo decía con tristeza. Lo decía con orgullo. Como quien ha puesto sus fuerzas en la tierra y la tierra le ha devuelto fruto. Y al verme beber ese guarapo, yo creo que él revivía algo de aquellos días. Algo que quería compartir conmigo. 


Aquellas tardes, la familia se reunía y hablaban con orgullo de Roberto Clemente, nuestro astro del béisbol. Yo escuchaba fascinada, sentada en alguna silla de mimbre, mientras guardaba en la cartera de mami una nota con mis tareas pendientes para el regreso al colegio en Filadelfia. —No te preocupes por la asignación, Maruca —me dijo mami al encontrar la nota—. Disfruta el verano. Yo te ayudaré con una idea para tu presentación. 


Y vaya que lo disfrutamos. Pasamos días inolvidables en los kioscos de Luquillo, entre el mar y el coco. Mi padre siempre me compraba un Coco Rico, esa bebida dorada que sabía a isla y a domingo. El sonido de las olas, el olor a frituras, la brisa caliente mezclada con el salitre... todo eso se me quedó grabado en mi corazón. 


Al regresar a Filadelfia, mami ya tenía el plan. Me ayudó a escribir una biografía de Roberto Clemente. Mi abuelo confeccionó una pava miniatura —el sombrero artesanal típico de nuestros jíbaros— especialmente para mi presentación, y mami le tomó una foto a mi abuelito usando su pava. Yo estaba emocionada. No era solo una tarea escolar. Era mi historia, mi familia, mi orgullo.


🖋️ El regreso a clases y el choque del prejuicio


Sin embargo, el primer día de clases el corazón se me encogió. Al entrar al salón, temía ver a la maestra, quien era una mujer que nos miraba con desprecio a quienes pertenecíamos a otros grupos étnicos. 


La maestra nos separó por grupos étnicos dándole los primeros turnos a los estudiantes blancos para dar una presentación relacionada con su experiencia en las vacaciones de verano, asignándome a mí el último turno y con una risa burlona, cuando era mi turno de dar mi presentación me dijo: —Se terminó el tiempo. Siéntate. 

Recuerdo que llegué a casa frustrada donde mi mamá me abrazó calmándome diciendo: —No te preocupes, mañana será otro día. 


Al día siguiente, la atmósfera era distinta. La maestra me recibió con amabilidad. Al mirar hacia una esquina, lo comprendí todo: allí estaba mi mamá, sentada firme al lado de la Madre Superiora. La valentía me recorrió el cuerpo y recuerdo que hablé con orgullo de nuestro famoso pelotero Roberto Clemente y de mi abuelo, de la pava miniatura y de las tardes en la finca. Ese día aprendí que nuestra identidad como puertorriqueños merece respeto.


🖋️ El silencio elocuente: Lo que mami no me dijo


Pero hay algo que no entendí hasta años después. Mami había llegado a Estados Unidos desde Puerto Rico siendo muy joven. Dejó su tierra, su familia, su idioma entero, para buscar un futuro que en la isla no alcanzaba. Cruzó un océano con una maleta y un nombre que otros no sabían pronunciar. Y al llegar, se encontró con lo mismo que yo encontré en ese salón de clases: miradas que sobraban, puertas que se cerraban, silencios que decían tú no perteneces aquí. 


Pero también se encontró con personas buenas. Gente que la ayudó. Que le tendió la mano cuando no tenía nada. Que la miró a los ojos y vio a una persona, no a una extranjera. Esas manos amables fueron las que la sostuvieron en los días difíciles, las que le recordaron que no todo el mundo era como aquella maestra. 


Mi madre guardó esa lección en el corazón: el bien siempre encuentra un hueco, aunque el mundo intente llenarlo de sombras. Ella nunca me contó todo eso con palabras. No hacía falta. Lo vi en la forma en que se plantó al lado de la Madre Superiora ese día. 


Lo comprendí de la manera en que acostumbraba decirme: "vas a disfrutar del verano" cuando yo cargaba con la ansiedad de las tareas. Lo vi en la manera en que celebraba cada logro mío como si fuera suyo, porque sabía que el mundo iba a tratar de hacerme sentir menos. 


Esa maestra no sabía que la niña que humillaba era hija de una mujer que ya había atravesado el exilio. Que ya había sido mirada por encima del hombro. Que ya sabía lo que era que te dijeran "siéntate" cuando tú querías caminar. 


Pero mami no me enseñó rencor, me enseñó a levantarme, me enseñó que el respeto no se pide, se exige con la cabeza en alto. Como también me enseñó a reconocer a las personas buenas, esas que aparecen cuando más las necesitas, como la Madre Superiora que la escuchó y la apoyó ese día. Al verla allí sentada, entendí que su silencio era más fuerte que cualquier burla. Su presencia era un escudo y su amor era mi identidad.


🖋️ Derribando barreras: Dignidad, gracia y reconciliación ante el Creador


Al mirar atrás, entiendo que enfrentaba a la supremacía anglosajona que intenta clasificar a los seres humanos por su origen étnico. Ese "monstruo" buscaba convencerme de que mi historia valía nada. Pero mi madre ya había peleado esa batalla antes de que yo naciera. Y cuando llegó mi turno, ella no me dejó sola. 


Hoy, a mis 56 años de edad, utilizo mi voz para decir que ninguna ideología tiene el derecho de apagar la luz de un niño. Todos fuimos creados con la misma dignidad. 


El orgullo de creerse superior es una barrera que el Evangelio vino a derribar. Mi conciencia no está basada en el rencor, sino en la paz de saber que ante nuestro Creador, todos somos iguales cuando estamos en Cristo. (Gálatas 3:28-29) 


También de saber que mi madre me enseñó con su vida que el amor verdadero no conoce fronteras ni acentos. Que la dignidad de una persona no se mide por su origen étnico, haciendo un juicio basado en un falso celo ideológico que no proviene de Dios. Aprendí que el mundo tiene gente mala, sí, pero también tiene gente buena —y esa gente buena es la que hace que valga la pena seguir adelante. Esa es la herencia que me dejó. Esa es la historia que hoy cuento.


Gracia y paz.


Autoría:

María Izabel Mestre

Profetisa de Yom Teruah Ministries®

La Caverna del Profeta®

Pentecostales Reformados 

Carolina, Puerto Rico

profetamariaimestre@gmail.com

jueves, 25 de junio de 2026

Testimonio Parte 10 / 25/junio/2026


25/junio/2026 Testimonio Parte 10


Tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?

* Compartido en mi pagina en Facebook: La Caverna Del Profeta

📝
La Puerta Roja que Nunca me Llevó a Roma

Recuerdos…

Era un sábado de mayo, en algún punto de los años setenta. El sol de Filadelfia caía con generosidad sobre el patio de la parroquia, y el aire, cargado del aroma a tierra mojada y a incienso, se sentía diferente: había algo de fiesta, pero también algo de misterio. Aquel día no era uno cualquiera, era la víspera de la procesión del Corpus Christi, y todo el barrio se preparaba para ello. 

Como era sábado, no llevábamos los uniformes azules del colegio; el patio se llenó entonces de un jardín de vestidos de flores y de algunos niños con sus camisas planchadas que crujían al moverse. Yo, por mi parte, llevaba mis zapatos nuevos, esos que brillaban y que me recordaban que aquello no era un juego. Que ese día, de alguna manera que no entendía bien, estábamos a punto de tocar algo sagrado. Eso solo, el solo hecho de estar allí, con la ropa limpia y el corazón inquieto, ya hacía el día especial.

Mi madre estaba entre el grupo de padres. Ella era de las que animaba a las demás a asistir a las actividades que las monjas organizaban para los niños. La recuerdo conversando, riendo, moviéndose entre ellas con esa energía suya que hacía que la gente quisiera quedarse.

Éramos un grupo variado, hijos de inmigrantes de distintas nacionalidades, y en esos días el patio era un pequeño mapa del mundo: se mezclaban el español, el italiano, el polaco, el inglés con acentos que aún no se habían borrado del todo. A mí me fascinaba escuchar esas voces tan distintas, porque me hacían sentir que el mundo era más grande que mi casa y que mi colegio, y que de algún modo todos estábamos buscando lo mismo, aunque lo dijéramos en idiomas diferentes. Pero ese sábado, las diferencias no importaban. Todos estábamos allí para lo mismo.

Las monjas y el cura corrían de un lado a otro con esa energía que tienen los adultos cuando están preparando algo importante, y el olor a hamburguesas empezaba a mezclarse con el del césped recién cortado. Yo, desde un banco, observaba aquel ajetreo con una mezcla de curiosidad y reverencia. Sí, era importante: un simulacro del Año Santo de 1975, el Jubileo convocado por el Papa Pablo VI. Para nosotros, los niños, la explicación era más sencilla: era un año especial en el que, si uno hacía ciertas cosas, podía ganar un perdón especial.

En mi mente de niña, ese perdón no era un concepto doctrinal, sino algo más parecido a una promesa: la idea de que, por muy pequeña que fuera, Dios me miraba y quería borrar algo de mi historia. No sabía muy bien qué había que borrar, pero la sola posibilidad de que alguien tan grande como Él quisiera acercarse a alguien tan pequeña como yo, me llenaba de una paz que no entendía, pero que nunca olvidaría.
Pero, claro, éramos niños de Filadelfia, hijos de inmigrantes. Roma quedaba al otro lado del océano, en los mapas de la escuela, en las páginas de los libros que las monjas nos mostraban con dedos temblorosos de emoción. 

No podíamos viajar hasta allí, no teníamos pasajes ni maletas ni suficientes ahorros. Pero las monjas, que sabían de sueños y de milagros, encontraron la manera de traer el peregrinaje hasta nosotros.

Y así, en medio del patio de cemento, un grupo de padres y voluntarios levantaron algo que me dejó sin aliento: una puerta de madera pintada de un rojo intenso, como los tejados de las casas viejas de Europa. Se sostenía sola, sin paredes que la sujetaran, como un portal suspendido en el aire. Para mí, que tenía la mente llena de cuentos y de imágenes que bailaban en mi cabeza, esa puerta no era solo madera y pintura. Era el camino directo a Roma. 

Estaba tan convencida de que, si la cruzaba con suficiente fe y devoción, mis pies tocarían el suelo de la Ciudad Eterna al otro lado. Que el bullicio de Filadelfia se desvanecería y en su lugar escucharía las campanas de la Basílica de San Pedro. Era la puerta que conectaba mi pequeño mundo de calles rectas y casas de ladrillo con la gran ciudad de las cúpulas doradas que veía en los libros del catecismo.

Hicimos la fila, los niños y las niñas, con ese silencio solemne que solo se guarda cuando algo es importante de verdad. Caminamos despacio, casi sin respirar, y uno a uno cruzamos el umbral. Yo apreté los puños, cerré los ojos por un instante y di el paso. Y al otro lado, en lugar de la Plaza de San Pedro, nos recibió una sorpresa aún más dulce: el "Jardín de Nuestra Madre La Virgen María". No había cúpulas ni columnas, pero había flores de papel de colores, y una sonrisa enorme en el rostro de cada monja que nos esperaba con las manos abiertas.

La seriedad religiosa se transformó de inmediato en una fiesta infantil. Nos entregaron un pequeño bultito de cordones que llevaba dentro un tesoro: un lápiz de madera recién afilado, un cuaderno rojo con las hojas en blanco esperando ser llenadas, y un bolígrafo amarillo intenso, tan brillante como el sol de mayo, que tenía grabado el símbolo de la Virgen. Lo sostuve en mis manos como si fuera una reliquia. Era mío. Ese cuaderno rojo era mío, y en sus páginas yo podía escribir mis propias oraciones, mis propios sueños.

Luego, el aroma que había estado flotando en el aire durante toda la mañana se hizo promesa cumplida: hamburguesas humeantes, pretzels crujientes y salados, y vasos de ice tea con hielo flotando. Los pretzels, con esa masa retorcida que se deshacía en la boca, eran un recordatorio silencioso de que estábamos en Filadelfia, la ciudad donde los inmigrantes alemanes habían traído esa receta años atrás. Ahora era parte de nosotros, como los acentos de nuestros padres, como las recetas que llegaban en maletas de cartón, como las canciones que nuestras abuelas cantaban en idiomas que apenas entendíamos.

Cuando terminamos de comer, las monjas nos reunieron en círculo y nos entregaron unas cartulinas grandes, de esas que se usan para los carteles de la escuela. En ellas, con letras escarchadas que brillaban bajo el sol, estaban escritas tres palabras: FE, CARIDAD y ESPERANZA. Me dieron la que decía ESPERANZA. La sostuve contra mi pecho, y en ese momento, con el patio lleno de risas y el olor a hamburguesas y el sol calentándome la espalda, sentí que esas palabras no estaban escritas en una cartulina. Estaban escritas en mi corazón.

Después de que repartieron las cartulinas, las monjas nos pidieron que nos sentáramos en círculo sobre el césped. El sol empezaba a declinar, y la luz de la tarde se volvía dorada, como si el mismo cielo quisiera ponerle un broche de oro a aquel día tan especial.

Entonces, la madre superiora se levantó y pidió silencio con un gesto suave de su mano. Era una mujer menuda, de cabello blanco y ojos claros que parecían haber visto mucho más de lo que sus palabras alcanzaban a decir. Cuando hablaba, todos nos callábamos, porque su voz tenía esa autoridad que no viene del grito, sino de la paz interior.

—Niños —nos dijo con una sonrisa—, hoy hemos cruzado una puerta de madera en el patio de nuestra parroquia. Pero yo, hace muchos años, crucé una puerta mucho más grande.

Y entonces comenzó a contarnos sus recuerdos. Nos habló de cuando era joven y había hecho una peregrinación a pie hasta Roma. Caminó durante semanas, nos contó, con los pies ampollados y el sol quemándole la nuca, pero con el corazón tan ligero como una pluma. No iba sola; había otras personas con ella, algunas cargando cruces pequeñas, otras llevando rosarios entre los dedos, todos unidos por un mismo deseo: llegar a la tumba de San Pedro y tocar con sus manos la fe que habían heredado de sus padres.

—Cuando llegué a la Basílica de San Pedro —nos dijo con la voz llena de emoción—, caminé hasta el altar mayor, donde la tradición nos dice que descansa el cuerpo de Pedro, el pescador que se convirtió en la roca sobre la que Cristo edificó su Iglesia. Y allí, en ese lugar sagrado, entendí que no había caminado solo con mis pies. Había caminado con los pies de todos los que creyeron antes que yo, y con los pies de todos los que creerían después.

—En el camino —continuó la Madre Superiora, con la mirada perdida en algún lugar que solo ella veía— conocí a gente de todos los rincones del mundo. Una mujer de Polonia que no hablaba mi idioma, pero que me ofreció un trozo de pan cuando yo no tenía nada. Un anciano de Francia que cantaba salmos mientras caminaba, y cuya voz me acompañó durante días enteros. Un grupo de jóvenes de Italia que reían y lloraban al mismo tiempo, porque sabían que estaban haciendo algo grande.

—Vi lugares que jamás olvidaré —prosiguió—. Pueblos diminutos donde las campanas de la iglesia sonaban solo para nosotros, los peregrinos. Campos de girasoles que parecían saludarnos al pasar. Una capilla en medio de la nada, tan pequeña que solo cabían tres personas, pero donde el silencio era tan profundo que se podía sentir a Dios respirar.

Mientras la madre superiora hablaba, yo la escuchaba con los ojos muy abiertos y la cabeza llena de preguntas que no me atrevía a hacer en voz alta. Sus pies habían recorrido caminos de verdad, no como los nuestros, que solo iban de la casa al colegio y del colegio a la parroquia. Ella había visto las campanas de Roma, había tocado las piedras de la Basílica, había caminado hasta la tumba de San Pedro. Para mí, que apenas había salido de Filadelfia, todo eso sonaba tan lejano como la luna.

Y mientras ella hablaba, una pregunta comenzó a crecer dentro de mí, silenciosa y persistente, como una semilla que se abre paso bajo la tierra:

¿Por qué Dios vive tan lejos?

Porque en mi cabeza de niña, Dios estaba en Roma. Estaba en el Vaticano, detrás de esas cúpulas doradas que veía en las estampitas y en los libros del catecismo. Estaba donde estaba el Papa, donde estaban las basílicas, donde estaba la tumba de San Pedro. Y si Dios vivía en Roma, entonces estaba muy, muy lejos de Filadelfia. Estaba al otro lado del océano, en un país que solo conocía por los acentos de mis compañeros y por las historias que contaban las monjas.

Yo no podía viajar a Roma. No tenía dinero, no tenía pasaporte, no tenía edad para cruzar el mundo sola. Y entonces, si Dios vivía tan lejos, ¿cómo iba a llegar hasta Él? ¿Cómo iba a recibir esa bendición que prometían si yo no podía hacer el viaje? ¿Por qué había que sufrir tanto, caminar tanto, esperar tanto, solo para ver al Papa o para tocar una tumba?

Recuerdo que en ese momento, mientras escuchaba a la madre superiora, sentí una mezcla de admiración y de tristeza. Admiración por ella, que había logrado hacer lo que yo soñaba. Pero tristeza porque, en el fondo, pensaba que yo nunca podría alcanzar a Dios. Que Él estaba demasiado lejos, demasiado grande, demasiado ocupado como para fijarse en una niña de Filadelfia que apenas sabía rezar el rosario sin equivocarse.

Cuando la madre superiora terminó de hablar, el patio quedó en completo silencio, solo roto por el rumor del viento entre los árboles y el canto lejano de un pájaro. Yo miré la cartulina de ESPERANZA que sostenía contra mi pecho, y de repente entendí algo que no podía poner en palabras: aquella puerta roja no nos había llevado a Roma. Nos había llevado a un lugar mucho más importante. Nos había unido a una historia que empezó siglos atrás, que continuaba en los pies ampollados de la madre superiora, y que ahora, de alguna manera, continuaba en nosotros.

Esa tarde, mientras el sol se ponía detrás de los árboles del patio y las madres comenzaban a recoger a sus hijos, yo me fui a casa con una cartulina de ESPERANZA en la mano y un nudo en el estómago. Las preguntas seguían ahí, dando vueltas en mi cabeza como hojas arrastradas por el viento: ¿Por qué Dios vive tan lejos? ¿Por qué hay que sufrir para alcanzarlo? ¿Por qué las bendiciones hay que ganarlas con tanto esfuerzo?

No sabía entonces que esas preguntas no eran malas. No sabía que eran el principio de algo, el motor que movería mis pasos muchos años después. Pero esa noche, al acostarme, guardé la cartulina debajo de mi almohada y cerré los ojos. Y en mi corazón de niña, sin entenderlo del todo, supe que esa puerta roja, aunque no me había llevado a Roma, me había llevado a un lugar igual de importante: el comienzo de mis propias preguntas.

Autoría:
María Izabel Mestre 
Yom Teruah Ministries ®
Pentecostales Reformados
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

jueves, 11 de junio de 2026

11/junio/2026 ¿Cómo se acerca un corazón humilde a la Palabra de Dios? Autoría: María Izabel Mestre Yom Teruah Ministries®

 


11/junio/2026

¿Cómo se acerca un corazón humilde a la Palabra de Dios?

* Nota: antes de continuar leyendo compartí el tema en mis redes sociales:
  

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Hoy recordaba una reflexión que compartí en las redes sociales en el año 2020. Volver a leer esas líneas me hizo confirmar que su mensaje es, hoy en día, urgente.

Escribí: "Pocos respetan la palabra de Dios. Pocos tiemblan a SU palabra. Esto es porque no son pobres y humildes de espíritu."

Isaías 66:2 (RVR1960): “Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”

Al reflexionar en esto, confirmo que el verdadero conocimiento de Dios comienza cuando reconocemos nuestra propia necesidad y pequeñez ante Él. 

A lo largo de los años, en mi propio caminar con la fe, he ido descubriendo cuán importante es revisar la actitud de nuestro corazón al abrir la Biblia. A veces, sin darnos cuenta, podemos acercarnos con ciertos prejuicios o buscando respuestas que solo se adapten a lo que queremos escuchar. 

Pero la verdadera paz llega cuando dejamos a un lado el orgullo y permitimos que sea la Palabra la que guíe nuestras vidas.

Temblar ante Su Palabra no significa tenerle miedo a un Dios castigador, sino rendirse con un asombro reverente ante la majestuosidad de Elohim quien creó el universo entero, pero que aun así decide fijar Sus ojos amorosos en el corazón que se humilla. Si no hay humildad en nosotros, las Escrituras serán solo letras en una página; pero para el que es pobre de espíritu, cada palabra se convierte en vida, guía y poder transformador.

💡 Un pequeño consejo para nuestra vida diaria: 

No leamos la Biblia solo por cumplir con una rutina o para acumular conocimiento. Antes de abrir tu Biblia hoy, tómate un minuto en silencio. Pídele al Señor que limpie cualquier rastro de orgullo o autosuficiencia en tu corazón y dile: "Señor, reconozco que te necesito; habla, que tu siervo oye". La verdadera madurez espiritual no se mide por cuánto sabemos de la Palabra, sino por cuánto la reverenciamos y la obedecemos en el día a día.

Oremos juntos: 

"Padre celestial, venimos ante Ti reconociendo tu absoluta soberanía y majestad. Confesamos que muchas veces nuestra mente humana se llena de orgullo y autosuficiencia, olvidando que sin la guía de tu Santo Espíritu estamos en total oscuridad. Te pedimos que limpies nuestros corazones de toda soberbia intelectual o rutina religiosa. 

Concédenos la gracia de ser pobres de espíritu, para que al abrir las Escrituras no busquemos nuestras propias opiniones, sino tu verdad eterna. Danos un corazón quebrantado y humilde que tiemble con reverencia ante tu Palabra y que anhele obedecerte cada día. Todo esto te lo pedimos con un asombro profundo por tu gracia, en el nombre de Jesús. Amén."

¡Que el Señor nos conceda un corazón conforme a Isaías 66:2!

Hasta la próxima.

Autoría:
María Izabel Mestre 
Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com 

martes, 2 de junio de 2026

2/junio/2026 Descansando en la Soberanía de Dios / Una oración para aquietar el alma…


 2/junio/2026

Descansando en la Soberanía de Dios

Una oración para aquietar el alma…

Antes de unirnos en oración, quiero contarles que hoy usaré la Nueva Traducción Viviente, una versión muy clara y cercana que nos ayudará a reflexionar profundamente en Su palabra.

"Señor y Dios mío, hoy vengo a ti buscando un refugio. El mundo allá afuera está lleno de ruido, de prisas y de noticias que intentan llenarme de ansiedad. A veces miro a mi alrededor y parece que todo se está desmoronando, pero tu Palabra me detiene y me abraza en el:

Salmos 46:1-5 (Nueva Traducción Viviente)
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza;
siempre está dispuesto a ayudar en tiempos de dificultad.

Por lo tanto, no temeremos cuando vengan terremotos
y las montañas se derrumben en el mar.
¡Que rujan los océanos y hagan espuma!
¡Que tiemblen las montañas mientras suben las aguas! Interludio
Un río trae gozo a la ciudad de nuestro Dios,
el hogar sagrado del Altísimo.
Dios habita en esa ciudad; no puede ser destruida.
En cuanto despunte el día, Dios la protegerá.

Padre, hoy decido descansar en la verdad de tu soberanía. Nada de lo que me pasa te toma por sorpresa. Tú gobiernas el universo, pero también cuidas los detalles más pequeños de mi vida y de mi hogar. Mi futuro no está en manos de la suerte, ni de mis fuerzas, ni de mis temores; mi futuro está seguro en tus manos.
En medio de mis preocupaciones, cuando mi mente corre de un lado a otro, elijo escuchar tu mandato en el versículo 10:

Salmos 46:10 (Nueva Traducción Viviente)
«¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios!
Toda nación me honrará.
Seré honrado en el mundo entero»
Hoy elijo apagar el ruido de mis ansiedades. Elijo aquietar mi corazón y recordar quién eres Tú. Tú eres el Dios Todopoderoso, mi castillo fuerte. Ayúdame a caminar hoy un día a la vez, confiando en que tu gracia me sostiene. En el nombre de JESÚS, Amén."

* Compartido en:

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

martes, 26 de mayo de 2026

25/mayo/2026 TEMA: Nuestra salvación no proviene del ruido de nuestras ansiedades / Autoría: Maria Izabel Mestre


 

25/mayo/2026
TEMA: Nuestra salvación no proviene del ruido de nuestras ansiedades

*Antes de continuar leyendo, compartí el tema en mis redes sociales (las letras en azules o gris los llevará directamente)

Isaías 30:15 (RVR1960)
Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza. Y no quisisteis,
Cuando nos identificamos como cristianos evangélicos ante el mundo, estamos afirmando algo muy profundo. Significa que hemos recibido, por medio de la exposición bíblica de un ministro, la revelación del verdadero camino a la salvación. Una salvación eterna que provino de Aquel que, desde la eternidad, estuvo de acuerdo en entregar SU vida. Lo hizo como pago por el rescate de nuestras almas, las cuales habían sido hechas esclavas del pecado.
Pero, a pesar de que podamos reconocer que hemos sido salvados, tendemos a pensar que tal concepto de salvación eterna se refiere solamente a que seremos salvos el día que nos toque partir de este mundo.
Sin embargo, tenemos que reconocer que en este mundo caído, multitudes se amotinan en contra de aquellos heraldos del reino de los cielos quienes anuncian las verdades del evangelio. Por esto, el justo sufre muchas aflicciones, de manera que los santos tienen una necesidad constante de ser rescatados.
El problema de un cristiano que no cuenta con una teología fundamentada en las Escrituras es que se deja arrastrar por su humanidad caída, la cual se rebela en contra del Cordero de Dios. Así, termina poniendo toda su confianza en hacer alianzas con las fortalezas de la religión, con las fortalezas de ciertos líderes espirituales, con las fortalezas de la política o con las fortalezas de ciertas corrientes filosóficas. Por esta razón, el profeta Isaías confrontó al pueblo de Judá por su falta de fe en el Dios de Israel, quien todo lo puede, y por su rebelión al hacer una alianza profana, confiando en la fortaleza de Egipto ante la amenaza asiria.
Amados, estamos viviendo tiempos sumamente difíciles en los que el mundo constantemente hace mucho ruido y el trastorno de ansiedad está a la orden del día, en una sociedad donde la venta de información por las redes sociales es un negocio rentable.
En estas plataformas hay tanta gente ofreciendo estrategias financieras, ideologías políticas, soluciones espirituales, filosóficas o religiosas según la tradición dogmática, e incluso estrategias psicológicas para solucionar los problemas. En sí mismas, todas estas opciones suenan atractivas a nuestros oídos, pero en realidad, tales fortalezas en las cuales podemos buscar cobijarnos nos pueden llevar a rechazar el consejo de Dios y conducirnos a la perdición.
Sin embargo, cuando recibimos el llamado a la salvación en Cristo JESÚS, esta realidad eterna significa que fuimos comprados por un precio de sangre real; de manera que, desde entonces, venimos a pertenecer al Dios eterno. Por lo cual, y debido a la rebelión del ego que siempre se niega a morir en nosotros, el Príncipe de las almas nos coloca en una posición de necesidad para conducirnos a depender solamente de su poder infinito. Este poder ya se había manifestado en el Éxodo, cuando el pueblo de Israel caminaba hacia la tierra prometida sin entender, por su dura cerviz, que ya tenían todo lo que necesitaban al confiar en su Elohim, en quien únicamente podían encontrar reposo.
La ansiedad en el cristiano es una realidad que no podemos ignorar en medio de un mundo dominado por las redes sociales, las cuales hacen mucho ruido y demandan protagonismo. Lamentablemente, en este entorno, muchos cristianos buscan adaptarse para lograr la aprobación de los demás, siguiendo el concepto del científico Charles Darwin conocido como «la supervivencia del más apto», del cual se desarrolló la famosa frase: «No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio».
Sin embargo, en la verdadera fe cristiana, el creyente solo busca dar testimonio de la realidad del infierno y de la salida que nuestro Dios misericordioso nos ha dado al recibir a Cristo JESÚS para el perdón de nuestros pecados, permitiéndonos experimentar una vida nueva en la cual las fortalezas del mundo no tienen potestad sobre la nueva criatura.
Nuestra común fe está basada en la sencillez de poseer una teología fundamentada estrictamente en la Palabra de Dios, la cual nos conduce a confiar plenamente en todo SU consejo, el cual tenemos abundantemente a nuestra disposición cuando prestamos atención a todo lo relacionado con el evangelio del reino de los cielos.
Nuestra fortaleza para poder sobrellevar las diversas pruebas no está en seguir las tendencias que ponen de moda diversos ministros o ministras según las teologías que se inventan, sino en confiar en quien tiene toda potestad, tanto de la vida como de la muerte.
Apocalipsis 1:18 (RVR1960) ...y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.
El príncipe de los profetas, Isaías, nos exhorta a no seguir las estrategias que proponen los hombres en estos días donde la venta de información es un negocio rentable en las redes sociales, ni a ponernos en ese modo de pánico que le da paso a una incertidumbre con la cual Satanás, el diablo, nos roba el gozo.
En cambio, tenemos que procurar ser sabios en medio de las diversas dificultades para entender que nuestra verdadera fortaleza no está en salir corriendo en busca de ministraciones ofrecidas por personas inmaduras que se inventan sus propias teologías.
Tenemos que esforzarnos en guardar silencio en medio de la prueba. Lea la Palabra de Dios, que es el lugar donde se encuentra todo su consejo; busque el consejo de un ministro o una ministra competente en el nuevo pacto y, si Dios le quiere dar una palabra, entonces que Dios hable por sí mismo. No podemos tentar a Dios buscando, en medio de nuestra desesperación, ministraciones por las redes sociales sin importar si provienen de Dios o del diablo.
Alabe, alabe, alabe a Jesucristo, quien está sentado en el trono de Dios, quien escucha todas sus oraciones y está presente en medio de nuestros suplicios, esperando que usted ponga toda su confianza en Él para entonces hacer un milagro en su vida, a fin de que el nombre de Jesucristo sea glorificado.
No permita que la ansiedad ocupe el primer lugar en su vida; al contrario, ponga todos sus esfuerzos en obtener una teología que esté alineada con la Palabra de Dios, con el fin de desarrollar un pensamiento crítico. Así podrá derribar las fortalezas que se oponen a que las personas lleguen al pleno conocimiento de la gloria de Dios, y podrá experimentar la pronta salvación todos los días de su vida.
¡Hasta la próxima!
Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

martes, 12 de mayo de 2026

2 /mayo/ 2026 EL MÁRTIR DEL SILENCIO: DEL ADOCTRINAMIENTO A LA LIBERTAD EN CRISTO




2 /mayo/ 2026 

EL MÁRTIR DEL SILENCIO: DEL ADOCTRINAMIENTO A LA LIBERTAD EN CRISTO

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I. El Llamado a Recordar

Recuerdo aquella mañana, luego de preparar el desayuno para mi esposo Juan y cumplir con mis tareas en el hogar, me dispuse a entrar en mi tiempo de oración. Mientras me preparaba para mi tiempo devocional, una palabra resonó con fuerza en mi espíritu: “Mártir”. En la quietud de ese momento, escuché la voz de mi Señor Jesucristo diciendo: “Escribe lo que en un pasado aprendiste y te guiaré; Yo te enseñaré el camino”.
Recuerdo ese día que con el corazón rebosante de gozo, busqué mi libreta número 11, escribiendo la fecha del 18 de julio de 2024. Comprendí que mi SEÑOR quería que desenterrara esas enseñanzas para contrastarlas con la luz de Su Verdad.

II. El Adoctrinamiento: Los Mártires como Intercesores

Durante mi formación en el catecismo de la iglesia católica romana, se nos adoctrinó para ver a los mártires, no solo como testigos, sino como figuras casi sobrehumanas con poder de intercesión. El Catecismo de la Iglesia Católica (Art. 956) afirma que los que están en el cielo “no dejan de interceder por nosotros ante el Padre”.


Este sistema religioso nos enseñaba que el sacrificio de estos hombres les otorgaba un “mérito” que nosotros podíamos usar a nuestro favor. Sin embargo, al estudiar la Ley en el Antiguo Testamento, la luz de la Palabra comenzó a disipar esas sombras. La Ley nos muestra la santidad absoluta de Dios y nuestra total incapacidad de cumplirla. Mi SEÑOR JESUCRISTO me hizo reflexionar en la realidad de que ningún sacrificio humano, por más heroico que sea, puede satisfacer la justicia divina. Solo el sacrificio perfecto del Cordero de Dios podía cubrir nuestra deuda en su totalidad.

III. La Distinción Teológica: 

¿Veneración o Idolatría?

Para efecto de este artículo, estaré haciendo énfasis en la tradición católica, conocida dentro del catecismo como: 
Dulia (del griego douleia, "servicio" o "esclavitud") honor que se rinde a los santos y para ampliar el conocimiento, hago constar que también nos catequizaron con relación a la Latria, (del griego latreia) que se trata de la adoración a la doctrina católica de La Trinidad y a la Eucaristía, junto a la hiperdulía (derivado del griego, significa "veneración superior") que se trata de la exaltación de la Virgen Maria.
(Referencia: Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2132, 971 y otros)
Pero en la práctica, esa línea se borraba. Nos enseñaban a rezarles y a poner nuestra confianza en sus méritos.

La Teología Reformada nos devuelve al centro: Solamente Cristo (Solus Christus). La palabra mártir viene del griego Martus, que significa simplemente “Testigo”. Un mártir no es un mediador; es alguien que apunta con su vida y su muerte hacia Jesús. Si nosotros nos quedamos mirando al mártir, estamos perdiendo de vista a Aquel a quien el mártir quería señalar. Los mártires mueren por su fe en Cristo; solo JESÚS, murió para salvar a los pecadores.

IV. El Único Mártir Verdadero y Suficiente

A diferencia de lo que me enseñaron en la tradición católica, los mártires de la historia —como Esteban o Policarpo— eran hombres comunes como usted y yo. 
El valor de ellos no radicaba en la fuerza de voluntad, sino de los medios de la gracia de JESUCRISTO que los sostenía. Elevar a un hombre a un altar, es ignorar el alcance del poder de expiación de el sacrificio de JESUCRISTO.

La Biblia es clara: 

1 Timoteo 2:5-6 (RVR1960)
Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, 6 el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo.

Una sola ofrenda: 

Hebreos 10:14 (RVR1960)
porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

Jesús es el "Testigo Fiel", leamos: 

Apocalipsis 1:5 (RVR1960)
y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,

Los hombres mueren y sus restos quedan en la tierra; JESÚS murió como un mártir, pero la muerte no tuvo potestad sobre él, resucitando de entre los muertos para darnos la garantía de la vida Eterna. Hoy y para siempre se encuentra sentado en el Trono de Dios, intercediendo por todos los que en él creen para salvación y vida eterna, por lo que no tiene necesidad de establecer nuevas franquicias sacerdotales que intercedan por nosotros. 

De la Sombra a la Luz

Hoy entiendo que el adoctrinamiento que recibí intentaba poner rostros humanos entre Dios y yo. Pero al estudiar la Palabra, el velo se rasgó. Los mártires fueron hermanos valientes que también necesitaban ser lavados por la sangre de Cristo. No debemos buscar refugio en los que murieron por la fe, sino en Aquel que murió por nosotros y vivió.

Honramos el ejemplo de los que no negaron al SEÑOR a pesar de las amenazas de muerte, pero tenemos conciencia de que nuestra fe la cual expresamos por medio de nuestras oraciones, tienen un solo destino: el Trono de la Gracia. 

Mi consejo para ti, que quizás hoy te sientes confundido por las tradiciones religiosas que imponen los hombres, es que pongas asunto a todo lo relacionado con el conocimiento de CRISTO JESÚS, el autor y consumador de la fe,
Hebreos 12:2 (RVR1960)
puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

Él es el verdadero Mártir, quien murió por levantar el tabernáculo de la verdadera adoración a Elohim, quien venció a la muerte para hacernos partícipes de su real sacerdocio. Por lo que en su mesa no hay asientos de primera o segunda clase; todos tuvimos la necesidad de ser rescatados por Su amor infinito.

¡A nuestro SEÑOR JESUCRISTO sea toda la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados 
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com
Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética
"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"


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