miércoles, 12 de agosto de 2026

TESTIMONIO Parte 15 / Las Llaves y la Dignidad

 



TESTIMONIO Parte 15 #excatólica

TEMA: Testimonio bajo el tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?

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Las Llaves y la Dignidad

🔵 Publicado en Facebook: La Caverna del Profeta

RECUERDOS…

Hay recuerdos que no se borran porque quedan grabados en la piel, no solo en la mente. Uno de ellos fue el día en que acompañé a mi madre de regreso a nuestra casa para entregar las llaves.
En ese preciso instante llegó una visita inesperada: una de nuestras vecinas, la misma que siempre invitaba cariñosamente a mami a la iglesia luterana.

Mientras estábamos en el balcón, Doña Alicia, la vecina de la iglesia luterana, se acercó a mami. La abrazó con mucha ternura y, mirándola con compasión, le dijo:

—Te digo algo de parte de Dios: todo va a estar bien. No llores, estas son cosas que pasan... vas a encontrar un hombre mejor.

Recuerdo claramente el impacto de esas palabras. Mami bajó la cabeza despacio y una sola lágrima rodó por su mejilla, cargada de una mezcla de pena, resignación y dolor silencioso.

En medio de ese silencio pesado, llegó otra vecina trayendo consigo un soplo de alivio: un jarrón de limonada bien fría, con mucho hielo y vasos plásticos. Mami tomó un vaso para refrescarse, tratando de recobrar el aliento. Fue entonces cuando esta vecina —de rasgos orientales— hizo algo que se quedó grabado en mi memoria para siempre.

De su bolsillo sacó un hilo rojo con varios nudos, del cual colgaba un pequeño adorno de tela dorada, un amuleto tradicional para la buena suerte y la protección. Se lo entregó a mami y, mirándola a los ojos, le dijo con mucha devoción:

— Sarah, que paso?, ustedes se veían tan felices, olvida todo, mientras hacía cada uno de estos nudos, oré a los dioses ancestrales para tu protección.

Luego la envolvió en un cálido abrazo y se retiró en silencio, al igual que Doña Alicia.

En aquel pequeño balcón rodeado de cristales, mami quedó sosteniendo en una mano el vaso de limonada y en la otra aquel hilo rojo; rodeada por las oraciones luteranas de una y las bendiciones ancestrales de la otra. Dos formas distintas de amor y creencias intentando sostener un mismo corazón roto.

Cuando las vecinas se despidieron, mami se dejó caer en una de las sillas mecedoras de buena calidad que no pudimos llevarnos. Tuvo que dejarlas allí, en ese balcón, porque ya no quedaba dinero para pagar el empaque y el envío hacia Puerto Rico. Eran unas mecedoras de madera fuerte, robustas, de esas que parecen hechas para durar toda la vida.

Nos quedamos allí sentadas por unos minutos, compartiendo en silencio la limonada fría. Yo observaba a mami: estaba sumida en sus pensamientos, con la mirada triste y fija, contemplando una y otra vez el balcón y aquella casa... la casa que me vio nacer y crecer.
En ese instante de quietud llegó otra vecina, Doña Ruth. Se acercó y abrazó a mami, pero sus primeras palabras vinieron cargadas de un peso innecesario:

—Hermana Sarah, ¿qué pasó? ¿Pero tú no podías arreglar todo esto? Y ahora lo malo es que tienes tantas bocas que alimentar...

Al escucharla, no pude evitar mirarla con cierto rechazo. Doña Ruth era la vecina que siempre andaba por el vecindario entregando tratados casa por casa, folletos que advertían en letras grandes: "Cristo viene" o "Si no lo aceptas, vas a ir al infierno". Yo solía botarlos a la basura, ya me bastaba con nuestra tradición familiar religiosa como para venir a adoptar más creencias. 

Sin embargo, Doña Ruth volvió a abrazar a mami y cambió su tono:

—Siento de parte de Dios decirte que Él va a estar contigo en esta prueba. Dios me dice que vas a salir de todo esto; esa brujería que te hicieron... se van a arrepentir y Dios te va a dar la victoria.

De pronto, colocó su mano sobre la cabeza de mami. Un escalofrío de nerviosismo me recorrió el cuerpo, porque la señora empezó a gritar y a hablar fuertemente en unas lenguas raras y desconocidas para mí. Mami permanecía sentada, en silencio, mientras Doña Ruth exclamaba con fuerza:

—¡Esa es la presencia de Dios!

Tan rápido como comenzó aquel fervor, la señora se detuvo, volvió en sí y le dijo a mami casi de pasada:

—Hermana, me tengo que ir a cocinar. Dios la bendiga, le dejo aquí la presencia de Dios.

En cuanto Doña Ruth se alejó, volví a mirar el rostro de mami. Estaba llorando en silencio. Me acerqué, la abracé con todas mis fuerzas y le sequé las lágrimas con ternura. Entre sollozos, con una voz ahogada que me partió el alma, me dijo:

—Marihíta... estoy cansada.

—Vámonos, mami —le supliqué.

—En un momento nos vamos... —me respondió.

Nunca olvidaré esa tarde. Mami lloró sin consuelo en aquella silla de mecer, en su lugar favorito de la casa, donde cada día solía tomarse su café de las tres de la tarde, manteniendo viva esa hermosa costumbre y tradición de nuestra cultura puertorriqueña. 

Allí, en la madera que ya no sería nuestra, se derramó todo el cansancio de una mujer que lo había dado todo.

Comencé a preguntarme por dentro, con el corazón apretado: ¿En realidad es esta la presencia de Dios? ¿Ver a mi madre llorando de esta manera? No lograba entender cómo el dolor de mami podía ser el reflejo de algo divino.

Cuando al fin nos disponíamos a marcharnos, llegaron de la nada dos figuras conocidas: una de las monjas ancianas de la parroquia acompañada por una monja más joven, una novicia. 

La monja mayor, al notar el estado de mami, con mucha suavidad la volvió a sentar en la silla de mecer. De inmediato sacó una botella de alcohol para pasárselo por la frente y las manos. Fue en ese preciso instante cuando me invadió una angustia enorme al comprender que mami no solo estaba agotada emocionalmente, sino que su salud física también se estaba quebrantando.

La monja joven abrió su bolso para asistir a la hermana mayor. Traía consigo los elementos sagrados para realizar la ministración —el ejercicio del ministerio de servicio, consuelo y oración que la Iglesia brinda a los necesitados—. De su bolso sacó un pequeño frasco de aceite bendito y un rosario, entregándoselos con reverencia a la monja anciana.

En la tradición católica, la ministración no es solo la administración de un sacramento o un ritual litúrgico; es el acto de canalizar la gracia, la sanidad y el consuelo de Dios a través de las manos y la oración personal, algo muy presente también en la Renovación Carismática.

La monja anciana continuo usando el alcoholado suavemente la frente de mami y, colocando sus manos sobre ella con una ternura infinita —tan distinta al escandaloso episodio anterior—, comenzó a ministrar la paz de Dios sobre su vida, orando en un susurro lleno de calma para que la sanidad divina cubriera su cuerpo y su alma.

Ahí, en el silencio de ese balcón y en la delicadeza de ese gesto, la presencia de Dios comenzó a sentirse de una forma muy diferente.

Justo en ese momento, la monja joven sacó con delicadeza el portaviático para entregarle a mami el sacramento de la Eucaristía, el pan consagrado. Pero la monja mayor la detuvo con un gesto suave y le dijo:

—No... todavía no.

La monja anciana miró fijamente a mami a los ojos y, hablándole con firmeza y ternura en inglés, le dijo:

—Sarah, escucha bien lo que te voy a decir. Te pido, te ruego que seas valiente. Por lo que estás pasando no es fácil, pero nuestro Señor Jesucristo te dará la fortaleza. Sé valiente, esfuérzate. No va a ser fácil, pero debes creer y confiar en nuestro Señor Jesucristo.

Recuerdo ver cómo mami, al escuchar esas palabras tan profundas, respiró hondo, se secó las lágrimas con determinación y respondió:

—Sí... me voy a esforzar y seré valiente para mis hijos.

La monja, con la sabiduría que dan los años de ministerio y vida consagrada, la miró y le recordó:

—Nada va a ser fácil, Sarah. Esto es solo una etapa que estás pasando, y Dios no te ha abandonado.

Al ver la dirección que tomaba la conversación, la monja joven entendió que no era el momento para la Eucaristía; se dio por vencida con el sacramento y guardó todo nuevamente en su bolso. 

Mientras tanto, la monja mayor no soltaba el frasco de alcoholado. Con sus manos impregnadas de ese olor penetrante que refrescaba a mami, continuaba impartiéndole consejos, sosteniéndola en sus creencias y recordándole que su vida aún tenía un propósito por el cual luchar.

La monja anciana ayudó con delicadeza a mi madre a levantarse de su silla mecedora favorita. Mientras se despedía, continuó secándole las lágrimas con un gesto lleno de ternura y le dijo:

—Todo esto quedará atrás y tú continuarás caminando hacia adelante confiando en JESÚS.

Observé algo diferente en ella. No le entregó un rosario, ni le regaló el típico librito de oraciones como es costumbre en la tradición católica romana marianista... nada. Solamente le brindó palabras llenas de sabiduría.

Tan pronto la monja se despidió, no pude contener mi confusión y le pregunté a mami:

—Mami... no entiendo qué es lo que ha pasado aquí.

Ella me explicó que lo que acababa de recibir era una ministración de parte de Dios: la forma en que Dios utiliza a las personas precisas en los momentos de prueba para traer alivio, consuelo y dirección. 

Yo continuaba dándole vueltas en mi mente a esa palabra, tanto en inglés como en español, intentando descifrar todo lo que acababa de presenciar.

—Vámonos, mi Maruca... —me dijo mami suavemente.

Recogió los vasos plásticos de la limonada y se acercó a cerrar esa puerta tan hermosa de cristal. Aquella misma puerta por la que tantas veces yo había corrido subiendo las escaleras, abriéndola de golpe para gritar con alegría: «¡Llegué! ¿Dónde estás, mami?».

Al cerrar la puerta y darle la espalda a la casa, mami soltó un largo suspiro. Comenzamos a bajar las escaleras. De camino a la parada del autobús, volví a insistirle:

—Mami, de verdad no entiendo nada de lo que pasó en el balcón con todas esas señoras.

Buscando la sombra mientras esperábamos la transportación pública, mami me rodeó con sus brazos y me dijo con voz tranquila:
—Tengo fe de que algún día vas a entender todo esto.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté.
—No lo sé... solo sé que cuando seas mayor entenderás todo. 
Mientras tanto, no voy a mirar hacia atrás; tengo que ser valiente y confiar en Dios.

Miró su reloj, abrió su bolso y, con ese cuidado maternal que nunca se agota, sacó un pedazo de manzana que llevaba guardado en un trozo de papel de aluminio y me lo entregó. 

Allí, en la parada del autobús, entre la incertidumbre del futuro y la despedida del hogar que nos vio crecer, mami eligió la valentía por sus hijos.

Al volver a estos borradores de mi antiguo diario —que en su momento dejé a la mitad—, descubro que repasar mi historia no es para lastimarme, sino para sanar. Hoy utilizo cada recuerdo como una guía para buscar refugio en las Escrituras y renovar mi entendimiento.

Todos los días aprendo algo nuevo, no debo de tener miedo a mirar hacia atrás si es para ver la mano de Dios sosteniéndome y ver su gloria manifestándose en mi vida. 

Entregarle tus recuerdos al Señor y plasmar tu historia en papel es la mejor forma de recordar la paz que Jesús nos dio, un regalo divino que no permito que nadie me quite.

Como nos prometió el Señor en el Evangelio de Juan:
"La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo."
— Juan 14:27

Mientras tanto me seco las lagrimas recordando todo y compartiendo mis recuerdos con ustedes… hasta la próxima, nos vemos en nuestro siguiente capítulo.

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados 
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com 

Testimonio #excatólica Parte 14 El dieguito y la inquisición


 

Testimonio #excatólica
Parte 14
El dieguito y la inquisición 

🔵     Publicado en mi grupo de pagina en Facebook: La Caverna del Profeta

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Recuerdo claramente esa tarde cuando mi madre me dio unas instrucciones muy específicas. Tenía en sus manos un cartón que las monjas le habían entregado en el catecismo, junto con un pequeño sobre manila de ese particular color mostaza. Más tarde, acompañadas por algunas vecinas, llegamos a la iglesia. Antes de entrar, mi madre me recordó con firmeza que debía entregar el sobrecito con mi "dieguito", como le llamábamos cariñosamente en Puerto Rico a la ofrenda o diezmo.

Durante la semana, veía a mi madre repetirlo como un ritual lleno de fe: tomaba un "dieguito" —la moneda de diez centavos—, hacía una rezo a la virgen María con su rosario y luego encajaba la moneda en uno de los huecos troquelados que tenía el cartoncito, diseñados para que la moneda quedara fija. Así, día a día y oración tras oración, el cartón se fue llenando por completo.

Finalmente llegó el día de entregarlo en la iglesia. Tras alistarme para salir, mi madre me dio el sobrecito manila y me dijo con ternura que lo guardara muy bien en mi bolsillo, porque íbamos en camino a entregarlo.

Al llegar a la parroquia junto a varias vecinas, tuvimos una breve reunión en el salón del catecismo antes de pasar a la iglesia principal para la misa. 

Luego de la liturgia, el sacerdote tomó la palabra para anunciar el momento de la ofrenda. Nos explicó que era un día muy especial para entregarle nuestro tributo a la Inmaculada Virgen María, madre de Jesús. Nos pidió a todos que sostuviéramos el cartoncito con los dieguitos y que, antes de entregarlo, rezáramos juntos:

—"Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo..."— 
Mientras las voces se unían en la pelgaria, noté que a mi lado estaba mi amiga de la escuela junto a su madre. Ella sostenía en sus manos un sobrecito manila idéntico al mío. Sin embargo, al mirarlo de cerca, vi que su sobrecito estaba vacío.

Guardando el respeto que exigía la tradición católica de mantener el silencio mientras se invocaba a la Virgen, me acerqué a ella y le susurré en espanglish —idioma en el que compartíamos en el vecindario y en la escuela, aun cuando allí nos separaban a la hora de la merienda por el color de la piel—. Le pregunté en voz muy baja si no tenía su dieguito.

Ella me miró y me contestó bajito que no, porque su mamá no tenía suficientes dieguitos.

Al escucharla, la abracé con fuerza y le dije en ese spanglish tan nuestro, mezclando palabras en inglés y español, que no se preocupara, te prometo que tú no irás al infierno. Yo soy tu amiga; es mejor que me vaya yo. Y cuando vea a la Virgen, le voy a pedir que interceda por mí y le explique a Jesucristo lo que hice por ti. Ya verás, la Virgen se inventará algo para resolver este problema... como hace mami, que siempre le encuentra solución a todo”.

Ella me abrazó de vuelta, aceptó el dieguito y lo guardó en su sobrecito, agradecida. Justo cuando la congregación terminaba la plegaria, los monaguillos comenzaron a pasar las canastas para recoger las ofrendas. Vi la emoción en el rostro de mi amiga cuando depositó su sobrecito y se hizo la señal de la cruz.

Cuando la canasta pasó frente a mí, disimulé rápidamente. Sin que mi madre se diera cuenta, guardé mi sobrecito vacío en el bolsillo, en silencio, guardando el secreto del pacto de amiga que acababa de hacer: haber asumido el lugar de mi amiga para salvarla del infierno.
Al regresar a casa, me fui directo a mi habitación. En silencio, le rezaba a la Virgen pidiéndole que cumpliera su promesa de interceder por mí y, sobre todo, que mami no se diera cuenta de que había regalado mi dieguito en un pacto de amistad dejando a un lado mi indulgencia.

Pero al día siguiente... ¡zap! Se formó un titingó, como decimos acá en Puerto Rico. Un verdadero lío.

Apenas terminamos el desayuno, mi madre me miró con absoluta seriedad y me dijo que teníamos que hablar. En su mano sostenía el sobrecito vacío con mi nombre escrito. En ese instante me dio un vuelco el corazón: ¡había olvidado deshacerme de la evidencia! Lo dejé en el bolsillo y mami lo había encontrado.

Desde muy pequeña, yo siempre sentí que mi madre era una jueza disfrazada de mamá, o una policía investigadora que no se le escapaba un solo detalle. Sabía descifrar cualquier "delito": si me comía una dona a escondidas, ella sabía exactamente que faltaba una; si no hacía la asignación de la escuela, de alguna forma se enteraba.

Tratando de mantener la compostura, le dije con firmeza: —Jesucristo nos enseñó a ser amigos, así como Él es un buen amigo.
—Lo sé —me respondió ella sin perder la seriedad—, pero ¿dónde está el dieguito?

Sabía que estaba frente a la mejor investigadora y que debía medir muy bien mis palabras para defender mi caso. Le contesté: —Así como Jesús hizo un pacto, yo hice lo mismo con mi amiga.
Mami me tomó de la mano, me indicó que me sentara y me dijo: —Esto es importante. Explícame ahora mismo.

Con esa evidencia en la mesa, yo sabía que la jueza estaba a punto de dictarme sentencia. Pero mirándola fijamente, le recordé lo que había aprendido: —Un amigo hace lo que hizo Jesús... se sacrifica por los demás.»

Acto seguido, mi madre hizo una llamada a la parroquia. Lo único que alcancé a escuchar fue un rotundo: “Vamos para allá”.
Con voz firme de jueza, se giró hacia mí y me dijo: “Ven, vamos a la parroquia”. Una vecina nos dio pon, como decimos acá en Puerto Rico, y nos dejó justo frente a las escaleras que subían hacia la parte posterior de la iglesia. 

Mientras subía cada escalón camino a recibir mi sentencia, mi mente se mantenía firme en el glorioso pacto de amistad que había hecho. Confiaba plenamente en mi inocencia delante de la Virgen y mantenía la fe de que ella estaría a mi lado.

Al llegar, mi madre tocó la puerta de la parroquia. Nos abrió una monja vestida con su hábito negro, tan largo que el ruedo casi arrastraba el suelo. Nos miró con seriedad, nos indicó que nos sentáramos y nos pidió que esperáramos.

Mientras esperábamos, mi madre se inclinó hacia mí para explicarme la gravedad de la situación: —El dieguito y esa ofrenda son un asunto sagrado. No entregarlo es un sacrilegio, Marihita, y esa falta se paga en el purgatorio. El purgatorio es algo muy serio... ¿entiendes?
En silencio, asentí con la cabeza y, con el corazón apretado, le pedí perdón.»

Al regresar, la monja nos anunció que el sacerdote nos recibiría. La seguimos en silencio hasta la oficina parroquial. Allí, mami le explicó al cura la "falta" que yo había cometido. Sin decir mucho, el sacerdote abrió su gavetón, sacó un sobrecito nuevo y se lo entregó a mi madre. Mami buscó en su cartera, sacó un dieguito, lo metió en el sobre y se lo devolvió.

El sacerdote fijó su mirada en mí. Yo estaba firme, erguida y lista para escuchar mi condena. Dirigiéndose a mi madre, dijo: “La niña irá a confesarse y el sacerdote de turno dictará la penitencia”. Lo miré con seriedad; no tenía miedo, estaba decidida a enfrentar lo que viniera. Miré a mami y le dije con firmeza: “Estoy lista”.

La monja me tomó de la mano y me guió hacia mi destino. De camino al confesionario, el tiempo parecía estirarse en aquel pasillo frío. Al entrar, me confesé, y el sacerdote me impuso una penitencia de cinco Avemarías y tres Padrenuestros.

A la salida me esperaba la monja con un velo blanco en las manos. “Esto es para cubrir tu pecado”, me dijo. De camino hacia los bancos, pasamos frente al altar de la Virgen. “Tápate el rostro y dobla las rodillas por haber negado la misericordia de nuestra madre, la Inmaculada Virgen María”, me ordenó. Así lo hice. Mientras me hincaba, miré hacia la imagen y le dije en mi corazón: “Me has dejado sola... no cumpliste tu promesa”.

Continuamos caminando hacia el altar mayor. Frente a la gran cruz, la monja volvió a hablar: “Tapa tu rostro por haber roto tu promesa y dobla las rodillas ante el altar”. Volví a obedecer. Al levantar la vista hacia la enorme cruz y ver a Jesús crucificado, le susurré desde el fondo de mi alma: “Pensé que eras mi amigo...”.

Finalmente llegamos a las bancas. La monja me entregó un rosario de cuentas negras. La miré con indignación porque ya sabía lo que diría: “Un rosario negro, como tu alma. Cuando termines las oraciones, te daré el blanco”. Sintiéndome juzgada y marcada como en los tiempos de la Inquisición, con el velo blanco cubriendo mi rostro como símbolo de infamia, me senté y comencé a rezar los Avemarías.

Al terminar, le entregué el velo del castigo y ella me dio el rosario blanco. Miré a mami, quien había estado sentada a mi lado pacientemente durante horas. Me miró con ternura y me dijo: “¿Qué te parece si nos vamos? Hay que seguir empacando, que ya nos regresamos para Puerto Rico”.

Me tomó de la mano y caminamos hacia la salida. Mientras caminaba, mi mente de niña se quedaba llena de interrogantes sobre todo lo que nos exigían para merecer el cielo. Sentía en mi alma que la salvación no podía ser un camino de miedo. Al estar frente a las grandes puertas, supe que sería la última vez que cruzaría el umbral del lugar que me vio nacer...

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados 
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com 

miércoles, 5 de agosto de 2026

5 de agosto de 2026 TESTIMONIO Parte 16 La doctrina del correo: devoción a las apariciones marianas e impacto psicológico en la adolescencia

 

5 de agosto de 2026  TESTIMONIO Parte 16
#excatólica 

🖋️ La doctrina del correo: devoción a las apariciones marianas e impacto psicológico en la adolescencia

* Publicado en mi pagina de grupo en Facebook: La Caverna del Profeta

Cuando nos mudamos a Puerto Rico, pensé que dejaba atrás no solo el frío de Filadelfia, sino también la mirada estricta de las monjas que habían marcado los primeros años de mi vida. Sin embargo, la distancia física no fue suficiente para romper el lazo. 

Muy pronto, el buzón de nuestro nuevo hogar en la isla comenzó a llenarse de sobres de manila y cartas con el sello de mi antiguo colegio. A través del correo postal, las monjas iniciaron un proceso de catequesis a distancia que transformó mi adolescencia en un terreno de vigilancia y temor espiritual.

Cada carta que cruzaba el océano traía consigo un catálogo de mensajes y profecías marianas centradas en el juicio y la condena. A través de lecturas seleccionadas y folletos, las monjas se convirtieron en las voceras locales de una red de apariciones marianas que definió gran parte del catolicismo del siglo XX. 

En sus páginas se entrelazaban las visiones de Fátima en Portugal (1917), con sus imágenes terroríficas del infierno y sus secretos de guerra; las profecías de Garabandal en España (1961), que anunciaban una secuencia inminente de Aviso, Milagro y Castigo; y las advertencias de Akita en Japón (1973), que hablaban de fuego cayendo del cielo y de una copa de la ira divina que estaba por derramarse.

Lo fascinante —y a la vez siniestro— de este discurso era el uso deliberado de sus portavoces atalayas. En casi todos los casos, la Virgen elegía a niños o jóvenes en comunidades rurales vulnerables. 

Esta inocencia aparente se utilizaba dentro de la pedagogía catequética como una prueba irrefutable de veracidad: al asumir que los niños no mentían, las profecías de destrucción se volvían incontestables. Para mi mente adolescente en desarrollo, recibir estas lecturas no era una invitación a la reflexión espiritual, sino una inyección periódica de ansiedad.

A mis catorce o quince años, mi capacidad para evaluar riesgos y cuestionar la autoridad todavía se estaba construyendo. Lo que para las monjas religiosas era celo pastoral desde Filadelfia, para mí se tradujo en un estado de hipervigilancia constante. 

La psicología explica que cuando se expone a un joven a la amenaza continua de catástrofes globales o sufrimiento eterno, el pensamiento crítico se anula. 

La responsabilidad de detener la ira de Dios recaía sobre mis hombros: los rezos repetitivos, el rosario y las mortificaciones que realizaba en la soledad de mi habitación no nacían de la paz o del amor, sino como mecanismos defensivos para calmar la culpa y el pánico que aquellas cartas me sembraban. 

La promesa de un juicio inminente terminó por paralizar mi capacidad de proyectar el futuro, pues ¿qué sentido tenía planificar la vida si el mundo estaba al borde de la purificación divina?

Con los años y la distancia del tiempo, he podido comprender el verdadero alcance de aquel adoctrinamiento por correspondencia. 
La pedagogía del temor utilizó el chantaje emocional de la supervivencia espiritual para moldear conductas a través de la parálisis y la culpa. 

Hoy, al recordar el trayecto de esos sobres desde Filadelfia hasta Puerto Rico, no miro esa etapa con rencor, sino con la lucidez de quien ha entendido que el verdadero Evangelio no es un sistema de pánico ni de méritos humanos para apaciguar a Dios. 

Reconocer el impacto de ese discurso ha sido el primer paso para abrazar una fe madura: entender que la salvación descansa únicamente en la gracia y en la obra terminada de Jesús, y no en mis angustias ni en mis penitencias. 

Habitar el presente significa hoy renovar mi forma de pensar según el carácter de Cristo, viviendo ya no desde la servidumbre del miedo, sino desde la libertad, la paz y la seguridad que solo su amor soberano puede dar.

1 Juan 4:18 (RVR1960)
En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados 
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

jueves, 23 de julio de 2026

19/julio/2026 Recuerdos… 🖊️ El «Adiós» del jibarito sabio: Una lección cristiana sobre poner límites





19/julio/2026


Recuerdos…

🖊️
 El «Adiós» del jibarito sabio: Una lección cristiana sobre poner límites

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Hoy quiero compartir con ustedes el recuerdo de mi abuelo materno, un verdadero jibarito de nuestra tierra. Era un hombre de campo, un agricultor que trabajaba la tierra con sus manos, pero que al mismo tiempo poseía un asombroso conocimiento natural para las matemáticas y una sabiduría profunda, de esa que no se aprende en las escuelas, sino viviendo con atención y temor de Dios.

Recuerdo un día en que su mejor amigo fue a visitarlo a la finca. Aquel hombre, en lugar de disfrutar de la comunión y de la visita, comenzó a criticar todo a su paso. 

Le decía a mi abuelo cómo debía organizar el gallinero, de qué manera exacta tenía que sembrar los guineos, y hasta le señaló con desdén que las guayabas y otras frutas se le estaban marchitando. En fin, se dedicó a juzgar minuciosamente la administración de su finca.

Recuerdo que mi abuelo lo escuchó con paciencia, pero con la firmeza que da la dignidad del trabajo. En su inmensa sabiduría, lo interrumpió y le dijo algo que se me quedó grabado para siempre:

«El día que tú aportes para poner el sustento de mi familia sobre la mesa, entonces escucharé tus consejos».

Sin perder los buenos modales, pero marcando una línea clara, lo guió con calma hasta su carro. Al despedirse, su amigo, ignorando la lección de respeto que acababa de recibir, le dijo con naturalidad: —Hasta el próximo domingo, que vendré a visitarte.

Mi abuelo simplemente levantó la mano y le respondió: —Adiós.

El amigo, intentando suavizar la despedida, insistió: —Hasta la próxima.

Pero mi abuelo, con la determinación de quien sabe proteger su paz y su hogar, lo miró fijamente y le repitió: —No hasta la próxima es un... adiós.

A veces, en el caminar cristiano, se piensa erróneamente que ser manso significa aguantarlo todo, sonreír ante la falta de respeto y permitir que la gente dañe nuestra paz familiar o espiritual. Hay quienes, incluso llamándose hermanos en la fe, confunden el "dar un consejo" con la intromisión y el juicio, entrando a "nuestra finca" (nuestra vida, nuestra casa) solo a señalar cómo se marchitan nuestros frutos, sin intención real de ayudar a sembrar.

Sin embargo, establecer límites saludables es un profundo principio bíblico. La Palabra de Dios no nos manda a permitir la división ni el juicio constante dentro de nuestros espacios. El libro de Proverbios nos da una lección muy clara sobre cómo detener las contiendas y cuidar nuestras conexiones:

Proverbios 22:24-25 (RVR1960)
No te entremetas con el iracundo,
Ni te acompañes con el hombre de enojos,
No sea que aprendas sus maneras,
Y tomes lazo para tu alma.

Y cuando se trata de cortar de raíz las faltas de respeto que amenazan nuestra tranquilidad, la Escritura es tajante:

Proverbios 26:20 (RVR1960)
Sin leña se apaga el fuego,
Y donde no hay chismoso, cesa la contienda.

Mi abuelo decidió quitar la leña al fuego. Con su actitud nos demostró que la mansedumbre no es cobardía; él simplemente protegió la paz de su hogar. Un cristiano tiene el derecho, el discernimiento y el deber dado por Dios para apartarse cordialmente de las personas que solo traen juicio. 

Ante la crítica que no edifica y la falta de respeto camuflada de "buena intención", nosotros también, respaldados por la Sabiduría de la Palabra, podemos mirar con firmeza y decir:
«No... adiós».

Hasta la próxima. 

Autoría:
María Izabel Mestre 
Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com
 yomteruahministries@gmail.com
Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética, (sin fines de lucro)
"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"


jueves, 16 de julio de 2026

16/julio/2026 TESTIMONIO Parte 12 y 13


 16/julio/2026


TESTIMONIO BAJO EL TEMA:

Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangeelico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación solo por la gracia de Dios?

Parte 12

Recuerdos de un altar: Las preguntas que el corazón no olvida

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#excatólica

Recuerdos…

Aquella mañana esperaba para salir con mi madre, me senté junto a la ventana de mi habitación. Desde allí arriba, el mundo se desplegaba lleno de vida: los niños del vecindario corrían y jugaban en la calle, ajenos a todo.

Yo los miraba, pero mi mente estaba muy lejos de sus juegos. En mis manos infantiles sostenía con fuerza una figura de yeso de la Virgen María. A mi corta edad, ya experimentaba un peso que no me correspondía; una quietud impuesta por el compromiso tan importante que me esperaba ese día: una reunión con el cura de la parroquia y con una monja a la que conocería por primera vez.

Perdida en el alboroto de la calle, apenas me di cuenta de que mami había entrado a la habitación. Su voz suave pero firme interrumpió mis pensamientos: ya casi era la hora de salir. Solo faltaba un último detalle antes de marcharme a cumplir con lo que sentía como un gran deber: peinarme el cabello.

Con la delicadeza de sus manos sobre mi cabeza, llegaron también los consejos de siempre. Tenía que guardar absoluto silencio cuando los adultos hablaran. Iba a estar frente al cura y a la monja, y en aquel entonces, el mundo de los mayores exigía una sumisión y una timidez en las que a mí, por naturaleza, me costaba mucho adaptarme.

Para ser sincera, todavía hoy conservo esa costumbre: me emociono tanto en las conversaciones que, sin querer, interrumpo porque me gana el entusiasmo. Es una chispa inquieta que ni el riguroso protocolo marianista catolico logró apagar. Pero en aquel momento, mami, al notar mi tensión, intentó tranquilizarme asegurándome que aquello era solo una reunión y que no iba a recibir ningún regaño.

Antes de cruzar la puerta, me detuve a mirarme al espejo. Mi reflejo me devolvía una imagen casi extraña. Llevaba el cabello muy corto; el doctor estaba investigando el origen de mis dolores de cabeza y mami, con esa lógica tan particular de las madres de la época, decidió que el peso de mi cabello largo tenía la culpa. 

Para colmo, estrenaba mis primeros espejuelos, con un marco de mi color favorito: azul cielo claro. Entre el corte de cabello y mis espejuelos, sentía que aquel espejo me mostraba a una niña que yo misma apenas empezaba a descifrar, en medio de un torbellino de cambios que aún no lograba comprender.

Guardé la pequeña figura de yeso de la Virgen María en el bolsillo de mi traje. Iba a buscar mi abrigo tejido de color rojo, el de siempre, pero mami me detuvo y me entregó uno nuevo.

—Este te quedará mejor, el rojo ya te queda pequeño —me dijo con dulzura.

Observé el nuevo tejido: era blanco, salpicado de delicadas flores rosas. Lo acomodé con cuidado en mi bultito junto a mi pequeña sabanita, porque sabía muy bien que en la parroquia el frío solía colarse hasta los huesos. Mami también acomodó allí un termo pequeño con agua y azúcar, junto a unas galletas de avena con pasas por si me daba "el cosquilleo de hambre", que era como yo llamaba a esos momentos en que el estómago me rugía y el mundo me daba vueltas.

Cruzamos el umbral y el sol de la mañana nos recibió con fuerza. Al salir, mis ojos buscaron otra vez a mis amigos, completamente entregados a la prisa de sus patinetas y bicicletas. El contraste entre su libertad y mi misterioso deber era casi doloroso. El firme agarre de mami en mi mano rompió de golpe mi distracción:

—Marihita, no te entretengas en el camino, que tenemos que irnos.

Y así, aferrada a su mano, caminé hacia lo desconocido.

El camino hacia que la parroquia me resultaba extrañamente familiar; al fin y al cabo, era la misma ruta que recorría todos los días para ir al colegio. Sin embargo, esta vez el trayecto se sentía completamente distinto.

Mientras avanzábamos, mi madre no dejaba de repasar conmigo las lecciones del catecismo marianista. Me recordaba la importancia de la Virgen María, insistiendo en su papel fundamental como madre y protectora en el misterio de Cristo, según la tradición católica romana. 

Yo solo asentía en silencio. Para calmar los nervios que empezaban a traicionarme, comencé a recitar algunos párrafos de memoria, repitiéndolos en voz baja como un mantra a lo largo de las calles.

Al llegar, cruzamos justo frente al colegio para dirigirnos a la capilla. Fuimos primero hacia la parte trasera de la iglesia, pero la puerta estaba cerrada. Intentamos luego por las escaleras que daban acceso a la parte baja, pero un pesado candado nos dio la misma respuesta.

Al ver aquellas puertas cerradas, una chispa de esperanza se encendió en mí. Miré a mami de inmediato, buscando una ruta de escape:

—No hay nadie, vámonos. De seguro hoy es su día libre —le sugerí, cruzando los dedos por dentro, según la superstición.

Pero mami, con esa sonrisa suya que combinaba dulzura y una firmeza inquebrantable, me tomó suavemente de la mano y me guió con pasos decididos hacia la entrada principal de la iglesia.

Frente al gran portón aguardaban otras dos madres con sus hijas, que parecían un poco mayores que yo. Mami las saludó con su calidez de siempre, un "buenos días" que se topó con un ambiente extrañamente gélido. Solo una de las mujeres devolvió el saludo y se acercó a abrazar a mi madre, dejando en el aire un silencio incómodo que aumentó mis nervios.

En ese instante de tensión, la pesada puerta de madera de la iglesia crujió al abrirse. Una monja vestida de un impecable color crema nos dio la bienvenida hablándonos en un inglés perfecto. 

Al recibirnos, nos entregó un rosario a cada una de las niñas. Cuando el mío cayó en mis manos, no pude evitar mirarlo con asombro: era de un azul claro idéntico, con el mismo tono exacto, al marco de mis espejuelos nuevos. Aquella coincidencia me pareció una señal silenciosa. 

Con un gesto amable, la monja nos indicó que nos sentáramos en los bancos de madera que se encontraban justo al lado de la entrada.

Tras presentarse, la monja se alejó unos tres bancos de distancia para hablar en voz baja con las madres. De inmediato, noté que las otras dos jovencitas entrelazaron con naturalidad sus dedos en las cuentas del rosario y comenzaron a rezar con una devoción que a mí me resultaba ajena.

Yo, en cambio, era incapaz de concentrarme. Como siempre, permanecía atenta a cada movimiento de mami, velándola de reojo con ese temor infantil y constante de que, en un descuido, me dejara allí sola.

A los pocos minutos, mami regresó a mi lado y me susurró con ternura:

—Vamos a esperar nuestro turno.

Nos acomodamos muy juntas en el banco de madera, unidas en un silencio protector, mientras observaba a las otras dos jóvenes caminar junto a la monja hacia el misterio que se ocultaba tras las puertas de la oficina parroquial.

Durante la espera, los nervios me traicionaron y el estómago comenzó a reclamar. Me acerqué al oído de mami para susurrarle que sentía el "cosquilleo en la barriga". Ella miró el gran reloj de la pared y me consoló con una sonrisa:

—Pues ya casi es la hora de la merienda.

Justo en ese instante, el eco de unos pasos interrumpió nuestra conversación. Al levantar la vista, vi acercarse a una monja diferente: era una de las que trabajaba en mi colegio, un rostro familiar en medio de tanta solemnidad.

Saludó a mami con un abrazo cálido y nos guió hacia una pequeña oficina que tenía una cafetera, una nevera y una mesa de madera.

—Aquí estarán más cómodas —nos dijo con amabilidad, mientras me entregaba una cajita con galletitas, un sándwich y un cartoncito de leche de chocolate. No lo puedo negar, aquel gesto me devolvió el alma al cuerpo.

Al cabo de unos minutos, llegó nuestro turno. Mami, fiel a su costumbre de no dejar rastro, limpió y recogió la mesa con esmero, dejándola impecable. Luego se volvió hacia mí con mirada detallista: me acomodó el traje y me acomodó con las manos el cabello corto, ese corte que a mí tanto me disgustaba pero que, por salud, tocaba llevar.

Caminamos por un pasillo y, al cruzar frente al altar de la Virgen María, nos detuvimos para hacer la genuflexión. Mientras lo hacíamos, vi de reojo a otras monjas que limpiaban el altar con devoción silenciosa.

Mami se detuvo finalmente ante la puerta de la oficina principal y tocó con suavidad, al abrirse, nos recibió una monja vestida con el hábito tradicional: una sotana negra larga hasta los pies y una toca con velo blanco. Con un ademán sereno, nos dio la bienvenida y nos invitó a pasar.

Adentro nos esperaba el párroco, quien me saludó con afecto junto a la monja. Recuerdo que ella comenzó a presentarse utilizando una letanía de títulos y cargos eclesiásticos que para mi mente infantil resultaban un idioma completamente incomprensible.

Acto seguido, fijó su mirada en mami y comenzó a explicarle la enorme responsabilidad de pertenecer al selecto grupo de creyentes de la Virgen María, la Madre de Dios, mientras se persignaba con devota solemnidad.

Al escuchar aquellas palabras tan profundas sobre la entrega, el compromiso y la obediencia, mi imaginación infantil simplemente alzó el vuelo. Un pensamiento increíble cruzó mi mente: ¡Wow, mami se va a convertir en monja! Me invadió una emoción tremenda y el corazón me dio un vuelco. 

En segundos, me la imaginé vestida con su hábito, caminando con paso sereno por los pasillos de mi colegio y cuidándome de cerca a cada momento. Aquella idea me parecía el mejor de los mundos posibles.

Mami asintió con total seguridad, respondiendo que ya habíamos completado los catecismos y que conocíamos muy bien el valor de la obediencia.

Mientras mi corazón saltaba de entusiasmo alimentando mi fantasía, toda aquella ilusión se desvaneció en un segundo. La monja giró la cabeza, fijó su mirada directamente en mí y pronunció mi nombre.

En ese instante, el peso de la reunión cambió de rumbo por completo. El aire se volvió denso. Busqué la mirada de mami, asustada, y la escuché responder con su calma habitual:

—Lo tomaré en consideración.

En aquel momento de mi infancia, yo no alcanzaba a vislumbrar la magnitud de lo que se estaba decidiendo en esa oficina, pero mi madre sí lo entendía perfectamente. Ella sabía el camino que se empezaba a trazar para mí.

De pronto, la monja vestida de crema —la misma que nos había recibido a la entrada— se asomó por la puerta. Mami se puso de pie de inmediato y se dirigió a mí con voz suave pero firme:

—Marihita, ve con Miss Johnson. Terminaré la reunión en unos minutos.

La monja me tomó de la mano y me guió hacia la habitación contigua. Para mi sorpresa, terminamos en una pequeña oficina parroquial que, en sus ratos libres, funcionaba también como el cuarto de planchado de las vestiduras sacerdotales.

Al cruzar el umbral y ver el lugar, no pude evitar que una gran sonrisa me iluminara el rostro. Hoy, mientras escribo estas líneas de mi testimonio, me río sola al recordar que aquel cuarto existía tal y como era gracias, única y exclusivamente, a la audacia de mi madre.

Les cuento que meses atrás, a mami le habían encomendado la "labor sagrada" de planchar las albas y casullas del cura. Al recibir el encargo, ella miró fijamente a la madre superiora y a las monjas, con esa firmeza tan suya que no admitía réplicas, les dejó las cosas claras de inmediato: si querían la ropa impecable, la parroquia tenía que comprar una tabla de planchar. Ella no pensaba cruzar el vecindario caminando de un lado a otro cargando semejante armatoste a cuestas.

Aún me sonrío al recordar la expresión de las monjas, que salieron casi corriendo a comprar la tabla ese mismo día para no contrariarla. Gracias a ese despliegue de carácter, las vestiduras del sacerdote se planchaban allí mismo, y yo ahora me encontraba en su pequeño reino.

Mami era así: una legisladora indomable que iba organizando el mundo a su paso, dictando leyes nuevas allí donde hiciera falta.

Mientras Miss Johnson me acomodaba en una silla de aquel cuarto impregnado de olor a almidón y vapor, me quedé pensando en la fuerza arrolladora de mi madre. Sin embargo, la tranquilidad me duró poco. Sabía perfectamente que al otro lado de la pared, en la oficina principal, se seguía decidiendo el rumbo de mi infancia mariana.

Miss Johnson interrumpió mis pensamientos. Se acercó a mí con paso suave y colocó en mi mano una pequeña estampa de la Virgen María. La contemplé en el centro de mi palma mientras la monja me decía con una voz que combinaba dulzura y solemnidad diciéndome, (según la tradición marianista católica):

—Ella te guiará y te dará la sabiduría junto a Cristo. —

Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire tibio del cuarto de planchado, sellando en el silencio un compromiso que los adultos acababan de pactar a mis espaldas.

Pocos minutos después, la puerta de la oficina se abrió y mami apareció con su habitual paso firme, dando por terminada la reunión. Tras despedirnos del párroco y de las monjas, emprendimos el camino de salida. Al cruzar el umbral de la parroquia de regreso a la calle, el sol del mediodía nos recibió con una fuerza deslumbrante, devolviéndonos de golpe al calor de la realidad.

Ya de camino, mami me miró de reojo y rompió el silencio con una pregunta que me tomó por sorpresa:

—Marihita, ¿recuerdas que una vez me dijiste que querías ser monja para ayudar a los necesitados? Pues la monja nueva tiene un grupo pequeño donde les enseñan desde niñas a ser misioneras, a ayudar a los demás representando a la Virgen María.

Yo la miré de vuelta. En mi inocencia infantil, sentía que aquello me quedaba gigante.

—Sí, mami, me acuerdo —le contesté—, pero soy muy pequeña para eso. A menos que tú vayas conmigo y trabajemos juntas.

Al escucharme, mami se detuvo en seco por un segundo. Su rostro se volvió pensativo, como si mis palabras hubieran tocado una fibra muy profunda en ella. Volvió a caminar despacio y me dijo con mucha seriedad:

—Creo que es mejor que cuando seas grande, mayor de edad, tomes tus propias decisiones. Representar a la Virgen es un compromiso muy serio.

—Está bien, mami —asentí, y de inmediato me brotó otra duda que me quemaba por dentro—. ¿Y a qué edad puedo representar a Cristo?

Mami se me quedó mirando, tal vez abrumada por la profundidad de mis preguntas, y prefirió darnos un respiro:

—Ven, entremos aquí a comprarte un helado para continuar nuestro camino.

Mientras saboreaba el helado, el silencio regresó, pero mi mente infantil no paraba de dar vueltas. En mi ignorancia de niña, un torbellino de preguntas corría por mi cabeza: ¿Cómo puedo ayudar a otros cuando veo que en el altar Jesús es quien necesita ayuda? ¿Quién lo va a bajar de ahí para que no sufra más? No entiendo cómo podemos ayudar a nuestra Madre, la Virgen, si ella ya está en el cielo... ¿Por qué lo dejó a Él atrás en el altar?

Tales preguntas causaron en mí un disturbio emocional, conociendo que el tener un pensamiento crítico dentro de un sistema religioso, es sinónimo de blasfemar.  

Eran demasiados misterios para mis pocos años. Ya casi llegando a casa, mami interrumpió mis pensamientos con una noticia que no me esperaba:

—Marihita, hay una actividad importante esta noche. La madre superiora y la monja que acabas de conocer quieren que asistas a este evento tan especial. ¿Te gustaría ir o prefieres quedarte en casa?

Hoy día me río sola al recordar mi reacción. Ante semejante invitación celestial, mi respuesta no pudo ser más terrenal:

—Tengo hambre y me gustaría descansar —le solté con total honestidad.

Mami me miró, me dedicó una sonrisa cómplice y asintió con la cabeza, aliviando de golpe toda mi tensión:

—Sí, tienes razón. Vamos a casa a calentar la comida de ayer: arroz con gandules, carne molida y ensalada de papa.

En ese momento, el hambre y el cansancio ganaron la batalla. Nos refugiamos en la seguridad del hogar, ignorando la magnitud del evento que se preparaba para esa misma noche. Pero esa... ya es otra historia.

Nos vemos en la próxima parte.

Autoría:

María Izabel Mestre 

Yom Teruah Ministries®

La Caverna del Profeta®

Carolina, Puerto Rico

profetamariaimestre@gmail.com

yomteruahministries@gmail.com

Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética, (sin fines de lucro)

"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"





Parte 13 #excatólica

❗️TESTIMONIO BAJO EL TEMA:
Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangeelico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación solo por la gracia de Dios?

🖋️ Dibujos incompletos y las dudas del corazón

Recuerdos…

A veces, las mejores sorpresas del destino llegan con un cambio de planes.

Antes de que nos sentáramos a cenar nuestro anhelado plato de arroz con gandules, mami nos dio una noticia inesperada: la gran actividad en la cancha del colegio y la reunión parroquial con las monjas se habían suspendido.

Por dentro, no pude evitar celebrar aquella cancelación. Aunque los adultos a menudo veían esos eventos como compromisos ineludibles, para mí significaba un regalo maravilloso: la oportunidad perfecta de quedarme en casa y perderme en mis lecturas.

Durante el verano, las monjas recién ingresadas organizaban una pequeña biblioteca en una esquina de la parroquia. Era un rincón modesto pero divertido donde nos asignaban lecturas y nos daban fechas específicas durante el verano para acudir a la parroquia a buscar nuevas historias. Pasarme la tarde entera devorando esos libros, en el silencio de mi hogar, era mi pasatiempo favorito.

Aquella noche que prometía solemnidad se transformó en una velada tranquila. Me dormí sabiendo que, por ahora, el mundo de los adultos y sus grandes pactos podían esperar. Yo tenía mis libros, mi paz y la seguridad de mi hogar.

Sin embargo, la calma duró poco. A los pocos días, mami recibió una llamada telefónica. En cuanto colgó el teléfono, me miró y me dio la instrucción que yo tanto temía:

—Marihita, vamos a prepararnos para salir a la parroquia.

Por un segundo me quedé paralizada. «¿En serio, mami?», pensé con resignación. En ese preciso momento, yo estaba en mi propio mundo. Estaba jugando con mi espirógrafo, que se trata de un juguete para crear diseños geométricos, concentrada en trazar esos diseños perfectos para hacer unos dibujos especiales. 

Quería usarlos para decorar la pared donde tenía mi altar: un yeso de la Virgen María adornado con todos mis pines de metal y una rosa que me había regalado la vecina.

Para mí, ese rincón en mi cuarto era sagrado y no quería interrumpir mi labor.

—Mami, vete tú sola —le pedí, intentando persuadirla—. Yo prefiero no ir, de verdad.

Mami se acercó a mí con infinita ternura. Me rodeó con un abrazo cálido que desarmó todas mis ganas de protestar y me susurró al oído:

—Cuando regresemos de la reunión, te prometo que te ayudo con tus adornos.

Ante esa promesa, no pude resistirme. Asentí con la cabeza, guardé con cuidado mis papeles y mi espirógrafos, y nos alistamos para salir una vez más hacia la parroquia.

Una vez que llegamos, el ambiente solemne de la iglesia nos envolvió de inmediato. Una de las monjas nos guió hacia un área cercana a la oficina, donde estaban la cafetera y la nevera. Con mucha amabilidad, guardó las meriendas que llevábamos en la nevera y, como premio por mi paciencia, me regaló una hermosa estampilla de ángeles.

De ahí, nos condujo hacia el lado derecho de la iglesia, donde ya se encontraban sentados varios ancianos de la comunidad. Nos asignaron el mismo banco donde estaban las madres con sus hijas de la vez anterior, todas con los rosarios azules que nos habían regalado. 

Al verlos, me entró una duda y le susurré a mami:

—¿Mami, yo tenía que traer el rosario? —No, mi amor, no era necesario —me respondió en un susurro—. Por ahora, vamos a guardar silencio. —¿Y qué va a pasar aquí? —insistí, inquieta—. Explícame.

Mami me sonrió con dulzura y me dijo que me explicaría todo. Resulta que habían asignado a tres ancianas de la parroquia para confeccionar, cada una, un velo especial para la Virgen María. Cada una de ellas había sido escogida para este servicio tan importante, y el cura sería el encargado de decidir cuál de los tres velos se colocaría sobre la imagen de la Virgen y en el altar. 

Según la tradición católica, ese altar representaba el lugar del sacrificio de Cristo en la cruz, y también la mesa del banquete donde se celebra la Eucaristía.

Mientras observaba el movimiento a mi alrededor, una figura conocida llamó mi atención.

—Mami, ¿y la monja nueva que conocimos el otro día? ¿Por qué está aquí todavía? 

—Porque ella está a cargo de las monjas que van a escoger para la misión del marianismo —me explicó en voz baja—, de esas jóvenes que van a dedicar sus vidas al servicio de la Virgen María, la Madre de Dios.

Mis cables infantiles se cruzaron por un momento. Mi mente no paraba de buscar una lógica a todo aquello.

—Pero mami... ¿Dios no tiene ángeles que le sirven? —pregunté.
Mami me miró con un gesto un poco más serio, sopesando mis palabras. —Bueno, sí —respondió—, pero Dios también necesita ayuda.

Aquello fue el detonante para mi espíritu práctico de niña: —¡Pues si Él necesita ayuda, vamos mami! ¿A dónde hay que ir? Si es cerca de aquí, pues mucho mejor, así estamos cerquita de casa.

Justo en ese instante, antes de que mami pudiera procesar mi propuesta de rescate divino, una de las monjas interrumpió nuestra conversación: —María, es hora de tu merienda.

Me puse de pie, miré a mi madre con seriedad y le advertí: —Regreso ya... Y no te vayas sin mí, que esto va a tardar mucho.

Mami no tuvo que decir una sola palabra. Me lanzó una de esas miradas maternas que lo dicen absolutamente todo. En su silencio, leí la instrucción clara y directa de siempre: «Sé obediente».
Y con mi estampilla de ángeles en la mano y un torbellino de dudas en la cabeza, caminé hacia la cocina.

En aquella pequeña oficina ya era una costumbre el momento de las meriendas, y la monja se dispuso a ayudarme con todo. Aunque recuerdo que le dije con firmeza que ya yo era mayor y sabía arreglármelas sola, ella insistió con cariño en prepararme la merienda. 

Mientras la observaba, no pude contener mi curiosidad:
—¿Usted también está ayudando a Dios con los velos y el altar? —le pregunté. —No. —me respondió con una sonrisa—. Yo no sé coser. Yo solo sé sembrar y soy enfermera.

Al escucharla, el orgullo por mi madre me infló el pecho y le contesté de inmediato: —¡Pues mi mami es costurera! Y también sabe cocinar, le gusta sembrar tomates y sabe preparar muy bien mi lonchera.
La monja sonrió ante mi espontaneidad y, cambiando un poco el tono, me miró con atención: 

—Una de las monjas me dijo que a ti te gustaría ayudar en el servicio de la iglesia.

—Sí —le contesté con total honestidad.

—Aquí nos reunimos todas a estudiar y a prepararnos para la gran misión de ir a evangelizar —me explicó con una voz muy amigable—. Ya pronto nos vamos, en unos meses. Estamos casi preparadas.
La miré con auténtico asombro. ¡Se iban a ir lejos! Ella miró el reloj de la pared y me interrumpió con amabilidad: —Pronto van a comenzar.

Terminé mi merienda, limpiamos todo y la monja me llevó de la mano a sentarme junto a mami. Yo regresaba con la cabeza hecha un nudo y el corazón acelerado. Tenía tantas dudas nuevas que no me aguanté y le solté a mami en un susurro:

—Mami... ¿yo podría salir a esa gran misión de evangelizar?

Mami se volvió hacia mí y me miró con profundo asombro, impactada por la escala de mis pensamientos de niña. Sin embargo, el murmullo de la iglesia se apagó y los adultos comenzaron a ponerse de pies.

—Ya van a comenzar, Marihita —me dijo mami en un hilo de voz, tratando de calmar mi entusiasmo—. Hablamos luego que terminen.

Me acomodé en el banco, fijando la mirada al frente. El misterio de los velos, la misión de las monjas y mis propios deseos de servir a Dios estaban a punto de ponerse en marcha en aquella reunión parroquial.

Cuando la ceremonia dio inicio formalmente, yo ya estaba inundada de preguntas. Las dudas martilleaban mi cabecita de niña: 
«Si en el catecismo siempre nos han dicho que Dios creó el cielo, la tierra y todo lo que existe... ¿por qué necesita que nosotros le cuidemos el altar? ¿Por qué Jesús permite que lo sacrifiquen todos los domingos en un altar de piedra en la iglesia? ¿Y por qué hay que cambiarle el velo a la Virgen cada cierto tiempo? ¿Acaso le da frío?».

Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando la monja nueva tomó el micrófono. Se presentó nuevamente, recitando todos sus pomposos títulos con un marcado acento en inglés que, para ser sincera, ya me tenía un poco cansada.

Finalmente, el sacerdote se acercó al frente y anunció que ya habían escogido los velos. Las tres ancianas se pusieron de pie. Cada una estaba acompañada por dos familiares que las sostenían del brazo, todos visiblemente nerviosos.

—Para el velo de la Virgen María... —pronunció el cura, diciendo el nombre de la primera anciana.

La mujer se desplomó en su asiento, rompiendo en un llanto inconsolable mientras su familia la abrazaba con fervor. El sacerdote levantó el delicado velo blanco, lo mostró con solemnidad a la congregación y se lo entregó al grupo de monjas encargadas del altar de la Virgen.

Luego, mencionó los nombres de las otras dos ancianas. La emoción fue tan fuerte que ambas rompieron a llorar y cayeron de rodillas al piso, mientras sus familias se fundían en abrazos apretados. El cura mostró los otros dos velos asignados para el altar principal y se los entregó al grupo de varones de la parroquia. Con voz imponente, el sacerdote declaró:

—Sus almas están escritas en el Libro de la Vida y serán recordadas por Cristo.

Todos en la iglesia nos pusimos de pie al unísono y respondimos: —Amén.

Aprovechando el movimiento de la gente, tiré del brazo de mami. —Mami, ¿ya nos vamos?

Ella se limitó a mirarme de nuevo con esa mirada fulminante que me ordenaba silencio inmediato.

Al terminar, la monja de la cocina se nos acercó con mis pertenencias y me entregó una rica galleta de chocolate. Al mismo tiempo, le entregó un regalo a mi madre de parte de las monjas enfermeras quienes estaban agradecidas por los años de servicio que mi madre les había brindado: era un hermoso reloj fino. Mami, siempre muy educada, les dio las gracias.

Antes de que cruzáramos la salida, la Madre Superiora del colegio nos abordó, acompañada de las madres y las dos jóvenes del grupo del otro día. El momento de la decisión había llegado. Con mucha firmeza y elegancia, mami miró a la Madre Superiora y le dijo:

—Será para una próxima ocasión. María, en un futuro, cuando sea un poco mayor, decidirá qué hacer con su vida.

Sentí un alivio enorme en el pecho. Nos despedimos de todos, y en la puerta de la iglesia, el sacerdote nos dio su bendición final. Mami le agradeció todo el apoyo, y por fin salimos a la calle.

Caminé de regreso a casa saboreando mi galleta de chocolate, libre de compromisos por el momento, pero con un reloj de regalo en la mano de mami y un sinfín de preguntas eternas latiendo en mi corazón.

Al cruzar la puerta de nuestro hogar, la realidad de lo que había presenciado me golpeó con fuerza. Tenía tantas dudas acumuladas... «¿Por qué tantas tradiciones? ¿Por qué la exigencia del velo? ¿De verdad Dios exigía todo esto? ¿Por qué para ayudar a otros y evangelizar en las misiones yo tenía que vestir de negro, con un ruedo pesado que me arrastrara hasta el piso? ¿Y qué significaba, en realidad, evangelizar?». Las preguntas inundaban mi mente, asfixiando la paz que traía unas horas antes.

Me acerqué a mi mesa de juego, pero el entusiasmo se había esfumado. Dejé incompletos mis dibujos del espirógrafo, esos que con tanta ilusión pensaba colgar en la pared. Mis trazos perfectos se quedaron a medias, sepultados bajo el peso de demasiados "por qué" que nadie me sabía responder.

Aquella tarde comprendí, en mi pequeña sabiduría de niña, que detrás de la belleza de las tradiciones, los altares y la solemnidad de los velos, había un misterio mucho más grande que la iglesia no lograba llenar.

Aquella tarde mis dibujos quedaron incompletos, pero la búsqueda de mi corazón apenas comenzaba. 

Hoy, al mirar atrás como una nueva criatura en Cristo, entiendo que esas dudas no eran rebeldía; era el Espíritu Santo mostrándome desde niña que la fe no se viste de hábitos negros con los ruedos largos hasta el piso ni con tradiciones que se sostiene con velos de altar. La verdadera evangelización no era una estructura externa, sino la libertad y la gracia que más tarde descubriría en las páginas de la Biblia.

Gracias por leer y hasta la próxima.

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados 
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com
Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética
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