viernes, 28 de agosto de 2026

26/agosto/2026 Reflexión El Refugio de Su Justicia / Autoría: María Izabel Mestre de Yom Teruah Ministries ®


 26/agosto/2026

El Refugio de Su Justicia

Hola, te doy la bienvenida de nuevo a este espacio. Hoy quiero compartirte otro momento de mi caminar donde el Señor transformó por completo mi manera de entender la fe.

Por mucho tiempo viví atrapada en una trampa muy silenciosa: la culpa por mis propios errores y el constante temor de no estar a la altura de lo que Dios “esperaba” de mí. Miraba mis fallas y sentía que debía hacer méritos o esforzarme el doble para recuperar la paz con Dios.

Recuerdo que vivía con una carga muy pesada, buscando mi propia justicia y temiendo que en cualquier momento la gracia de Dios se agotara para mí. Pero en medio de esa angustia, el Espíritu Santo abrió mis ojos a las Escrituras y me llevó a un pasaje de la Biblia que cambió mi vida.

Vayamos a nuestras Biblias para leer la epístola 2 Corintios 5:21 (RVR1960).

Leemos la porción bíblica en el nombre de JESÚS, el buen Pastor,
Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él.

Al reflexionar en este verso, entendí el intercambio glorioso que ocurrió en la cruz. Descubrí que JESÚS tomó mi lugar, cargó con mis faltas y me vistió con Su justicia.

La obediencia perfecta de Cristo hasta la muerte fue puesta en mí, como si hubiera sido mi propia obediencia; entonces comprendí que cuando Dios me mira, ya no ve mis imperfecciones, sino que ve la santidad perfecta de Su Hijo.

Mi paz ya no depende de mi desempeño diario perseverando en un sistema religioso, sino en la obra redentora en la cual el Cordero perfecto fue sacrificado en un madero una sola vez, para perfeccionar a aquellos que fueron elegidos para salvación desde antes de la fundación del mundo.

Hoy, si estás permitiendo que la culpa te persiga o que tus carencias emocionales te distancien de Dios, permíteme darte un consejo: no intentes vestir la carne de santa con tus propias obras, ni trates de esconderte por el dolor que te han causado tus decisiones incorrectas.

Debes entender que en Cristo tienes la oportunidad de correr al refugio de la justicia de Dios. En la cruz, Él pagó tu deuda por completo, para que puedas cumplir con Su propósito de servirle como Su testigo fiel.

Te invito a que me acompañes a orar:

Padre celestial, me acerco a Ti reconociendo que no tengo ningún mérito propio para presentarme ante Tu presencia. Gracias, SEÑOR JESÚS, por tomar mi lugar en la cruz, por cargar con mis faltas y por regalarme Tu justicia.

Perdóname por los momentos en que he dejado que la culpa y la condenación me alejen de Ti. Hoy decido quitar la mirada de mis debilidades y ponerla fijamente en Tu sacrificio perfecto. Vísteme con Tu paz y recuérdale a mi corazón que en Ti estoy segura.

Dale sabiduría y fortalece en la fe a cada persona que escucha esta oración y necesita liberarse de la carga que causa la conciencia de pecado. En el santo y bendito nombre de Jesús de Nazaret. Amén.

Publicado en mi canal de YouTube: La Caverna del Profeta

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(nota: los enlaces en azul o grises los va a dirigir a las paginas, gracias por leer)

Gracia y paz.
Autoría:
𝑀𝑎𝑟𝑖𝑎 𝐼𝑧𝑎𝑏𝑒𝑙 𝑀𝑒𝑠𝑡𝑟𝑒
Profeta de Yom Teruah Ministries ®
Pentecostales Reformados
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

17 de agosto de 2026 La Iniciativa de Dios en la Espera / Autoría: 𝑀𝑎𝑟𝑖𝑎 𝐼𝑧𝑎𝑏𝑒𝑙 𝑀𝑒𝑠𝑡𝑟𝑒 de Yom Teruah Ministries ®


17 de agosto de 2026
La Iniciativa de Dios en la Espera

Hola, te doy la bienvenida a este espacio. Hoy inicio una serie de reflexiones muy especial, nacida de los aprendizajes, las luchas y el consuelo que el Espíritu Santo ha traído a mi propia vida.

Recuerdo claramente cuando me encontraba profundamente cansada. Por mucho tiempo estuve intentando sostener mi fe en mis propias fuerzas, luchando constantemente por ser suficientemente “buena” para Dios y sintiendo una gran ansiedad en medio de tiempos de espera donde me parecía que nada avanzaba.

Durante mucho tiempo caminé creyendo que mi relación con Dios dependía de qué tan fuerte fuera mi propio esfuerzo por aferrarme a Él. Pero en medio de mi agotamiento, el Espíritu Santo me guió a la Palabra de Dios para mostrarme una verdad: no fui yo quien buscó a Dios primero; fue Su amor el que tomó la iniciativa y me alcanzó.

Recuerdo el día en que leí dos pasajes que transformaron por completo mi manera de ver a Dios y mi relación con Él. 

El primero en Efesios 1:4 y 5 (RVR1960)
según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,

Y el segundo pasaje, que caló muy profundo en mi corazón, fueron las palabras de nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de Juan 15:16 (NTV)
Ustedes no me eligieron a mí, yo los elegí a ustedes. Les encargué que vayan y produzcan frutos duraderos, así el Padre les dará todo lo que pidan en mi nombre.

Al detenerme a reflexionar en esto, mi mente no podía procesarlo por completo. Entendí que antes de que yo existiera, antes de que el mundo tuviera forma, Dios ya me conocía. No fui yo quien despertó una mañana y decidió 'alcanzar' a Dios; fue Su gracia inmerecida la que despertó mi propio corazón.

Que hermoso privilegio poder leer lo que mi SEÑOR Jesucristo dijo: no me eligieron a mí, yo los elegí a ustedes. Estas palabras dejó de ser para mí un simple concepto teológico. Se convirtió en el ancla que el Espíritu Santo usó para liberar mi alma de la ansiedad.
En mi propio proceso, cuando aprendí a mirar mi vida como esas crisálidas que esperan en silencio sobre una rama, entendí que Dios trabaja de adentro hacia afuera. 

En distintos momentos de mi caminar, miraba mis circunstancias y solo veía lentitud, oscuridad, silencio y una total falta de control. Recuerdo que llegué a pensar: Si no me esfuerzo más, Dios se va a cansar de mí. 

Pero la verdad del Evangelio me enseñó todo lo contrario: el amor de Dios hacia mí no comenzó cuando yo lo hice bien, ni va a terminar en los días en que me sienta débil.

Al comprender la iniciativa de Dios en Jesucristo —en Su vida perfecta, Su muerte sustitutiva en la cruz y Su resurrección victoriosa— el Señor retiró un peso enorme de mis hombros. Entendí que mi fe ya no descansa en cuán fuerte me tomo yo de la mano de JESÚS, sino en cuán fuerte la mano traspasada de mí SEÑOR me sostiene a mí. Él es quien toma la iniciativa; Él es el autor y el consumador de la fe.

Hoy, si te encuentras en una etapa de tu vida donde sientes que las fuerzas ya no te alcanzan, quiero dejarte este consejo con todo mi corazón: ríndete a Su gracia. 

Deja de intentar pagar o ganar un amor que ya te fue regalado en la cruz. Tu salvación, tu preservación y tu futuro no están a la deriva; están seguros en las manos de Aquel que te amó desde antes de la fundación del mundo.

Te invito a que me acompañes a orar y a entregarle este día al SEÑOR:

Padre celestial, vengo delante de Ti reconociendo mi fragilidad y mi necesidad de Tu gracia. Gracias, mi SEÑOR, porque comprendo hoy que no fui yo quien te buscó primero, sino que Tu amor soberano me alcanzó a mí.

Perdóname por los momentos en que he intentado sostener mi fe en mis propias fuerzas, cayendo en la ansiedad y en el cansancio. Hoy decido descansar en Tu elección, en Tu victoria en la cruz y en la obra que Tu Espíritu Santo está haciendo en cada etapa de mi vida.
SEÑOR, guarda Tu Palabra en mi corazón y te pido que sostengas a cada persona que escucha esta oración y siente que sus fuerzas se acaban. Recuérdanos que Tu mano jamás nos soltarás.

Te lo pido con gratitud en el santo y bendito nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.

Publicado en Facebook: La Caverna del Profeta

Autoría:
𝑀𝑎𝑟𝑖𝑎 𝐼𝑧𝑎𝑏𝑒𝑙 𝑀𝑒𝑠𝑡𝑟𝑒
Profeta de Yom Teruah Ministries ®
Pentecostales Reformados
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com 

lunes, 17 de agosto de 2026

Mi Diario/ My Journal 17/agosto/2026 Entre lo Cierto y lo Falso: Escuchar con cuidado, discernir con sabiduría


Mi Diario/ My Journal

17/agosto/2026


Entre lo Cierto y lo Falso: Escuchar con cuidado, discernir con sabiduría


RECUERDOS…

Recuerdo el día que saqué una F en tercer grado. Acababa de llegar a Puerto Rico y el español escrito era un mundo desconocido para mí. Frente al examen de Cierto o Falso, marqué a ciegas. Al entregar, le dije a la maestra con lágrimas: «¿Cómo voy a saber qué es cierto o falso si ni siquiera entiendo lo que leo?».


Recuerdo su respuesta y la lección que cambió mi vida. Con paciencia, me enseñó una regla clave: «Lee dos o tres veces. Si un solo detalle no es verdad, toda la oración es falsa». Una vez comprendido el concepto y tras repetir el examen, obtuve la máxima calificación. 


Aquel día no solo aprendí a leer con calma; aprendí la importancia de examinar los detalles antes de dar algo por hecho.


Hoy me doy cuenta de que en la vida cristiana pasa exactamente lo mismo. No todo lo que suena bonito o espiritual proviene de Dios. El verdadero peligro no son las mentiras evidentes, sino las medias verdades: enseñanzas que parecen correctas en la superficie, pero que al examinarlas a la luz de las escrituras no son de confiar.


El discernimiento no requiere ser un teólogo experto; requiere humildad y dependencia de Dios.


Santiago 1:5 (RVR1960)

Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

Este consejo nos recuerda que si nos falta sabiduría, solo debemos pedírsela a Dios.


Leamos la exhortación:


1 Tesalonicenses 5:21 (RVR1960)

Examinadlo todo; retened lo bueno. 


Hechos 17:11 (RVR1960)

Y estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.


Nos muestra el ejemplo de los bereanos, quienes no creían a ciegas, sino que escudriñaban todo lo que le decía Pablo para poder confiar en lo que él estaba enseñando.


Así como mi maestra me enseñó a no dar respuestas apresuradas, la Palabra nos llama a pasar todo por el filtro escritural. 


Pidámosle al Señor un corazón dispuesto a detenerse, orar y examinar cada palabra, para no edificar nuestra fe sobre impresiones humanas, sino sobre la única Verdad en la que podemos confiar.


Oremos:

Padre Celestial, hoy venimos ante ti reconociendo que no lo sabemos todo y que necesitamos de tu sabiduría. Te pedimos que nos des un corazón humilde y despierto para no aceptar cualquier enseñanza a la ligera, ni edificar nuestra fe sobre impresiones humanas.


Espíritu Santo, capacita nuestros sentidos. Danos la gracia de hacer una pausa, de examinar cada detalle a la luz de tu Palabra y de detectar cualquier sutileza que intente desviarnos de la verdad.


Guarda nuestra mente y nuestro corazón. Que no caminemos por lo que parece correcto, sino por lo que realmente es fiel a ti. Te lo pedimos y te damos gracias en el precioso nombre de Jesús. Amén.


Hasta la próxima. 


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Autoría:

María Izabel Mestre

Profetisa de Yom Teruah Ministries®

La Caverna del Profeta®

Pentecostales Reformados 

Carolina, Puerto Rico

profetamariaimestre@gmail.com

Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética (sin fines de lucro)

"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"

miércoles, 12 de agosto de 2026

TESTIMONIO Parte 15 / Las Llaves y la Dignidad

 



TESTIMONIO Parte 15 #excatólica

TEMA: Testimonio bajo el tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?

🖋️
Las Llaves y la Dignidad

🔵 Publicado en Facebook: La Caverna del Profeta

RECUERDOS…

Hay recuerdos que no se borran porque quedan grabados en la piel, no solo en la mente. Uno de ellos fue el día en que acompañé a mi madre de regreso a nuestra casa para entregar las llaves.
En ese preciso instante llegó una visita inesperada: una de nuestras vecinas, la misma que siempre invitaba cariñosamente a mami a la iglesia luterana.

Mientras estábamos en el balcón, Doña Alicia, la vecina de la iglesia luterana, se acercó a mami. La abrazó con mucha ternura y, mirándola con compasión, le dijo:

—Te digo algo de parte de Dios: todo va a estar bien. No llores, estas son cosas que pasan... vas a encontrar un hombre mejor.

Recuerdo claramente el impacto de esas palabras. Mami bajó la cabeza despacio y una sola lágrima rodó por su mejilla, cargada de una mezcla de pena, resignación y dolor silencioso.

En medio de ese silencio pesado, llegó otra vecina trayendo consigo un soplo de alivio: un jarrón de limonada bien fría, con mucho hielo y vasos plásticos. Mami tomó un vaso para refrescarse, tratando de recobrar el aliento. Fue entonces cuando esta vecina —de rasgos orientales— hizo algo que se quedó grabado en mi memoria para siempre.

De su bolsillo sacó un hilo rojo con varios nudos, del cual colgaba un pequeño adorno de tela dorada, un amuleto tradicional para la buena suerte y la protección. Se lo entregó a mami y, mirándola a los ojos, le dijo con mucha devoción:

— Sarah, que paso?, ustedes se veían tan felices, olvida todo, mientras hacía cada uno de estos nudos, oré a los dioses ancestrales para tu protección.

Luego la envolvió en un cálido abrazo y se retiró en silencio, al igual que Doña Alicia.

En aquel pequeño balcón rodeado de cristales, mami quedó sosteniendo en una mano el vaso de limonada y en la otra aquel hilo rojo; rodeada por las oraciones luteranas de una y las bendiciones ancestrales de la otra. Dos formas distintas de amor y creencias intentando sostener un mismo corazón roto.

Cuando las vecinas se despidieron, mami se dejó caer en una de las sillas mecedoras de buena calidad que no pudimos llevarnos. Tuvo que dejarlas allí, en ese balcón, porque ya no quedaba dinero para pagar el empaque y el envío hacia Puerto Rico. Eran unas mecedoras de madera fuerte, robustas, de esas que parecen hechas para durar toda la vida.

Nos quedamos allí sentadas por unos minutos, compartiendo en silencio la limonada fría. Yo observaba a mami: estaba sumida en sus pensamientos, con la mirada triste y fija, contemplando una y otra vez el balcón y aquella casa... la casa que me vio nacer y crecer.
En ese instante de quietud llegó otra vecina, Doña Ruth. Se acercó y abrazó a mami, pero sus primeras palabras vinieron cargadas de un peso innecesario:

—Hermana Sarah, ¿qué pasó? ¿Pero tú no podías arreglar todo esto? Y ahora lo malo es que tienes tantas bocas que alimentar...

Al escucharla, no pude evitar mirarla con cierto rechazo. Doña Ruth era la vecina que siempre andaba por el vecindario entregando tratados casa por casa, folletos que advertían en letras grandes: "Cristo viene" o "Si no lo aceptas, vas a ir al infierno". Yo solía botarlos a la basura, ya me bastaba con nuestra tradición familiar religiosa como para venir a adoptar más creencias. 

Sin embargo, Doña Ruth volvió a abrazar a mami y cambió su tono:

—Siento de parte de Dios decirte que Él va a estar contigo en esta prueba. Dios me dice que vas a salir de todo esto; esa brujería que te hicieron... se van a arrepentir y Dios te va a dar la victoria.

De pronto, colocó su mano sobre la cabeza de mami. Un escalofrío de nerviosismo me recorrió el cuerpo, porque la señora empezó a gritar y a hablar fuertemente en unas lenguas raras y desconocidas para mí. Mami permanecía sentada, en silencio, mientras Doña Ruth exclamaba con fuerza:

—¡Esa es la presencia de Dios!

Tan rápido como comenzó aquel fervor, la señora se detuvo, volvió en sí y le dijo a mami casi de pasada:

—Hermana, me tengo que ir a cocinar. Dios la bendiga, le dejo aquí la presencia de Dios.

En cuanto Doña Ruth se alejó, volví a mirar el rostro de mami. Estaba llorando en silencio. Me acerqué, la abracé con todas mis fuerzas y le sequé las lágrimas con ternura. Entre sollozos, con una voz ahogada que me partió el alma, me dijo:

—Marihíta... estoy cansada.

—Vámonos, mami —le supliqué.

—En un momento nos vamos... —me respondió.

Nunca olvidaré esa tarde. Mami lloró sin consuelo en aquella silla de mecer, en su lugar favorito de la casa, donde cada día solía tomarse su café de las tres de la tarde, manteniendo viva esa hermosa costumbre y tradición de nuestra cultura puertorriqueña. 

Allí, en la madera que ya no sería nuestra, se derramó todo el cansancio de una mujer que lo había dado todo.

Comencé a preguntarme por dentro, con el corazón apretado: ¿En realidad es esta la presencia de Dios? ¿Ver a mi madre llorando de esta manera? No lograba entender cómo el dolor de mami podía ser el reflejo de algo divino.

Cuando al fin nos disponíamos a marcharnos, llegaron de la nada dos figuras conocidas: una de las monjas ancianas de la parroquia acompañada por una monja más joven, una novicia. 

La monja mayor, al notar el estado de mami, con mucha suavidad la volvió a sentar en la silla de mecer. De inmediato sacó una botella de alcohol para pasárselo por la frente y las manos. Fue en ese preciso instante cuando me invadió una angustia enorme al comprender que mami no solo estaba agotada emocionalmente, sino que su salud física también se estaba quebrantando.

La monja joven abrió su bolso para asistir a la hermana mayor. Traía consigo los elementos sagrados para realizar la ministración —el ejercicio del ministerio de servicio, consuelo y oración que la Iglesia brinda a los necesitados—. De su bolso sacó un pequeño frasco de aceite bendito y un rosario, entregándoselos con reverencia a la monja anciana.

En la tradición católica, la ministración no es solo la administración de un sacramento o un ritual litúrgico; es el acto de canalizar la gracia, la sanidad y el consuelo de Dios a través de las manos y la oración personal, algo muy presente también en la Renovación Carismática.

La monja anciana continuo usando el alcoholado suavemente la frente de mami y, colocando sus manos sobre ella con una ternura infinita —tan distinta al escandaloso episodio anterior—, comenzó a ministrar la paz de Dios sobre su vida, orando en un susurro lleno de calma para que la sanidad divina cubriera su cuerpo y su alma.

Ahí, en el silencio de ese balcón y en la delicadeza de ese gesto, la presencia de Dios comenzó a sentirse de una forma muy diferente.

Justo en ese momento, la monja joven sacó con delicadeza el portaviático para entregarle a mami el sacramento de la Eucaristía, el pan consagrado. Pero la monja mayor la detuvo con un gesto suave y le dijo:

—No... todavía no.

La monja anciana miró fijamente a mami a los ojos y, hablándole con firmeza y ternura en inglés, le dijo:

—Sarah, escucha bien lo que te voy a decir. Te pido, te ruego que seas valiente. Por lo que estás pasando no es fácil, pero nuestro Señor Jesucristo te dará la fortaleza. Sé valiente, esfuérzate. No va a ser fácil, pero debes creer y confiar en nuestro Señor Jesucristo.

Recuerdo ver cómo mami, al escuchar esas palabras tan profundas, respiró hondo, se secó las lágrimas con determinación y respondió:

—Sí... me voy a esforzar y seré valiente para mis hijos.

La monja, con la sabiduría que dan los años de ministerio y vida consagrada, la miró y le recordó:

—Nada va a ser fácil, Sarah. Esto es solo una etapa que estás pasando, y Dios no te ha abandonado.

Al ver la dirección que tomaba la conversación, la monja joven entendió que no era el momento para la Eucaristía; se dio por vencida con el sacramento y guardó todo nuevamente en su bolso. 

Mientras tanto, la monja mayor no soltaba el frasco de alcoholado. Con sus manos impregnadas de ese olor penetrante que refrescaba a mami, continuaba impartiéndole consejos, sosteniéndola en sus creencias y recordándole que su vida aún tenía un propósito por el cual luchar.

La monja anciana ayudó con delicadeza a mi madre a levantarse de su silla mecedora favorita. Mientras se despedía, continuó secándole las lágrimas con un gesto lleno de ternura y le dijo:

—Todo esto quedará atrás y tú continuarás caminando hacia adelante confiando en JESÚS.

Observé algo diferente en ella. No le entregó un rosario, ni le regaló el típico librito de oraciones como es costumbre en la tradición católica romana marianista... nada. Solamente le brindó palabras llenas de sabiduría.

Tan pronto la monja se despidió, no pude contener mi confusión y le pregunté a mami:

—Mami... no entiendo qué es lo que ha pasado aquí.

Ella me explicó que lo que acababa de recibir era una ministración de parte de Dios: la forma en que Dios utiliza a las personas precisas en los momentos de prueba para traer alivio, consuelo y dirección. 

Yo continuaba dándole vueltas en mi mente a esa palabra, tanto en inglés como en español, intentando descifrar todo lo que acababa de presenciar.

—Vámonos, mi Maruca... —me dijo mami suavemente.

Recogió los vasos plásticos de la limonada y se acercó a cerrar esa puerta tan hermosa de cristal. Aquella misma puerta por la que tantas veces yo había corrido subiendo las escaleras, abriéndola de golpe para gritar con alegría: «¡Llegué! ¿Dónde estás, mami?».

Al cerrar la puerta y darle la espalda a la casa, mami soltó un largo suspiro. Comenzamos a bajar las escaleras. De camino a la parada del autobús, volví a insistirle:

—Mami, de verdad no entiendo nada de lo que pasó en el balcón con todas esas señoras.

Buscando la sombra mientras esperábamos la transportación pública, mami me rodeó con sus brazos y me dijo con voz tranquila:
—Tengo fe de que algún día vas a entender todo esto.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté.
—No lo sé... solo sé que cuando seas mayor entenderás todo. 
Mientras tanto, no voy a mirar hacia atrás; tengo que ser valiente y confiar en Dios.

Miró su reloj, abrió su bolso y, con ese cuidado maternal que nunca se agota, sacó un pedazo de manzana que llevaba guardado en un trozo de papel de aluminio y me lo entregó. 

Allí, en la parada del autobús, entre la incertidumbre del futuro y la despedida del hogar que nos vio crecer, mami eligió la valentía por sus hijos.

Al volver a estos borradores de mi antiguo diario —que en su momento dejé a la mitad—, descubro que repasar mi historia no es para lastimarme, sino para sanar. Hoy utilizo cada recuerdo como una guía para buscar refugio en las Escrituras y renovar mi entendimiento.

Todos los días aprendo algo nuevo, no debo de tener miedo a mirar hacia atrás si es para ver la mano de Dios sosteniéndome y ver su gloria manifestándose en mi vida. 

Entregarle tus recuerdos al Señor y plasmar tu historia en papel es la mejor forma de recordar la paz que Jesús nos dio, un regalo divino que no permito que nadie me quite.

Como nos prometió el Señor en el Evangelio de Juan:
"La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo."
— Juan 14:27

Mientras tanto me seco las lagrimas recordando todo y compartiendo mis recuerdos con ustedes… hasta la próxima, nos vemos en nuestro siguiente capítulo.

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados 
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com 

Testimonio #excatólica Parte 14 El dieguito y la inquisición


 

Testimonio #excatólica
Parte 14
El dieguito y la inquisición 

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Recuerdo claramente esa tarde cuando mi madre me dio unas instrucciones muy específicas. Tenía en sus manos un cartón que las monjas le habían entregado en el catecismo, junto con un pequeño sobre manila de ese particular color mostaza. Más tarde, acompañadas por algunas vecinas, llegamos a la iglesia. Antes de entrar, mi madre me recordó con firmeza que debía entregar el sobrecito con mi "dieguito", como le llamábamos cariñosamente en Puerto Rico a la ofrenda o diezmo.

Durante la semana, veía a mi madre repetirlo como un ritual lleno de fe: tomaba un "dieguito" —la moneda de diez centavos—, hacía una rezo a la virgen María con su rosario y luego encajaba la moneda en uno de los huecos troquelados que tenía el cartoncito, diseñados para que la moneda quedara fija. Así, día a día y oración tras oración, el cartón se fue llenando por completo.

Finalmente llegó el día de entregarlo en la iglesia. Tras alistarme para salir, mi madre me dio el sobrecito manila y me dijo con ternura que lo guardara muy bien en mi bolsillo, porque íbamos en camino a entregarlo.

Al llegar a la parroquia junto a varias vecinas, tuvimos una breve reunión en el salón del catecismo antes de pasar a la iglesia principal para la misa. 

Luego de la liturgia, el sacerdote tomó la palabra para anunciar el momento de la ofrenda. Nos explicó que era un día muy especial para entregarle nuestro tributo a la Inmaculada Virgen María, madre de Jesús. Nos pidió a todos que sostuviéramos el cartoncito con los dieguitos y que, antes de entregarlo, rezáramos juntos:

—"Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo..."— 
Mientras las voces se unían en la pelgaria, noté que a mi lado estaba mi amiga de la escuela junto a su madre. Ella sostenía en sus manos un sobrecito manila idéntico al mío. Sin embargo, al mirarlo de cerca, vi que su sobrecito estaba vacío.

Guardando el respeto que exigía la tradición católica de mantener el silencio mientras se invocaba a la Virgen, me acerqué a ella y le susurré en espanglish —idioma en el que compartíamos en el vecindario y en la escuela, aun cuando allí nos separaban a la hora de la merienda por el color de la piel—. Le pregunté en voz muy baja si no tenía su dieguito.

Ella me miró y me contestó bajito que no, porque su mamá no tenía suficientes dieguitos.

Al escucharla, la abracé con fuerza y le dije en ese spanglish tan nuestro, mezclando palabras en inglés y español, que no se preocupara, te prometo que tú no irás al infierno. Yo soy tu amiga; es mejor que me vaya yo. Y cuando vea a la Virgen, le voy a pedir que interceda por mí y le explique a Jesucristo lo que hice por ti. Ya verás, la Virgen se inventará algo para resolver este problema... como hace mami, que siempre le encuentra solución a todo”.

Ella me abrazó de vuelta, aceptó el dieguito y lo guardó en su sobrecito, agradecida. Justo cuando la congregación terminaba la plegaria, los monaguillos comenzaron a pasar las canastas para recoger las ofrendas. Vi la emoción en el rostro de mi amiga cuando depositó su sobrecito y se hizo la señal de la cruz.

Cuando la canasta pasó frente a mí, disimulé rápidamente. Sin que mi madre se diera cuenta, guardé mi sobrecito vacío en el bolsillo, en silencio, guardando el secreto del pacto de amiga que acababa de hacer: haber asumido el lugar de mi amiga para salvarla del infierno.
Al regresar a casa, me fui directo a mi habitación. En silencio, le rezaba a la Virgen pidiéndole que cumpliera su promesa de interceder por mí y, sobre todo, que mami no se diera cuenta de que había regalado mi dieguito en un pacto de amistad dejando a un lado mi indulgencia.

Pero al día siguiente... ¡zap! Se formó un titingó, como decimos acá en Puerto Rico. Un verdadero lío.

Apenas terminamos el desayuno, mi madre me miró con absoluta seriedad y me dijo que teníamos que hablar. En su mano sostenía el sobrecito vacío con mi nombre escrito. En ese instante me dio un vuelco el corazón: ¡había olvidado deshacerme de la evidencia! Lo dejé en el bolsillo y mami lo había encontrado.

Desde muy pequeña, yo siempre sentí que mi madre era una jueza disfrazada de mamá, o una policía investigadora que no se le escapaba un solo detalle. Sabía descifrar cualquier "delito": si me comía una dona a escondidas, ella sabía exactamente que faltaba una; si no hacía la asignación de la escuela, de alguna forma se enteraba.

Tratando de mantener la compostura, le dije con firmeza: —Jesucristo nos enseñó a ser amigos, así como Él es un buen amigo.
—Lo sé —me respondió ella sin perder la seriedad—, pero ¿dónde está el dieguito?

Sabía que estaba frente a la mejor investigadora y que debía medir muy bien mis palabras para defender mi caso. Le contesté: —Así como Jesús hizo un pacto, yo hice lo mismo con mi amiga.
Mami me tomó de la mano, me indicó que me sentara y me dijo: —Esto es importante. Explícame ahora mismo.

Con esa evidencia en la mesa, yo sabía que la jueza estaba a punto de dictarme sentencia. Pero mirándola fijamente, le recordé lo que había aprendido: —Un amigo hace lo que hizo Jesús... se sacrifica por los demás.»

Acto seguido, mi madre hizo una llamada a la parroquia. Lo único que alcancé a escuchar fue un rotundo: “Vamos para allá”.
Con voz firme de jueza, se giró hacia mí y me dijo: “Ven, vamos a la parroquia”. Una vecina nos dio pon, como decimos acá en Puerto Rico, y nos dejó justo frente a las escaleras que subían hacia la parte posterior de la iglesia. 

Mientras subía cada escalón camino a recibir mi sentencia, mi mente se mantenía firme en el glorioso pacto de amistad que había hecho. Confiaba plenamente en mi inocencia delante de la Virgen y mantenía la fe de que ella estaría a mi lado.

Al llegar, mi madre tocó la puerta de la parroquia. Nos abrió una monja vestida con su hábito negro, tan largo que el ruedo casi arrastraba el suelo. Nos miró con seriedad, nos indicó que nos sentáramos y nos pidió que esperáramos.

Mientras esperábamos, mi madre se inclinó hacia mí para explicarme la gravedad de la situación: —El dieguito y esa ofrenda son un asunto sagrado. No entregarlo es un sacrilegio, Marihita, y esa falta se paga en el purgatorio. El purgatorio es algo muy serio... ¿entiendes?
En silencio, asentí con la cabeza y, con el corazón apretado, le pedí perdón.»

Al regresar, la monja nos anunció que el sacerdote nos recibiría. La seguimos en silencio hasta la oficina parroquial. Allí, mami le explicó al cura la "falta" que yo había cometido. Sin decir mucho, el sacerdote abrió su gavetón, sacó un sobrecito nuevo y se lo entregó a mi madre. Mami buscó en su cartera, sacó un dieguito, lo metió en el sobre y se lo devolvió.

El sacerdote fijó su mirada en mí. Yo estaba firme, erguida y lista para escuchar mi condena. Dirigiéndose a mi madre, dijo: “La niña irá a confesarse y el sacerdote de turno dictará la penitencia”. Lo miré con seriedad; no tenía miedo, estaba decidida a enfrentar lo que viniera. Miré a mami y le dije con firmeza: “Estoy lista”.

La monja me tomó de la mano y me guió hacia mi destino. De camino al confesionario, el tiempo parecía estirarse en aquel pasillo frío. Al entrar, me confesé, y el sacerdote me impuso una penitencia de cinco Avemarías y tres Padrenuestros.

A la salida me esperaba la monja con un velo blanco en las manos. “Esto es para cubrir tu pecado”, me dijo. De camino hacia los bancos, pasamos frente al altar de la Virgen. “Tápate el rostro y dobla las rodillas por haber negado la misericordia de nuestra madre, la Inmaculada Virgen María”, me ordenó. Así lo hice. Mientras me hincaba, miré hacia la imagen y le dije en mi corazón: “Me has dejado sola... no cumpliste tu promesa”.

Continuamos caminando hacia el altar mayor. Frente a la gran cruz, la monja volvió a hablar: “Tapa tu rostro por haber roto tu promesa y dobla las rodillas ante el altar”. Volví a obedecer. Al levantar la vista hacia la enorme cruz y ver a Jesús crucificado, le susurré desde el fondo de mi alma: “Pensé que eras mi amigo...”.

Finalmente llegamos a las bancas. La monja me entregó un rosario de cuentas negras. La miré con indignación porque ya sabía lo que diría: “Un rosario negro, como tu alma. Cuando termines las oraciones, te daré el blanco”. Sintiéndome juzgada y marcada como en los tiempos de la Inquisición, con el velo blanco cubriendo mi rostro como símbolo de infamia, me senté y comencé a rezar los Avemarías.

Al terminar, le entregué el velo del castigo y ella me dio el rosario blanco. Miré a mami, quien había estado sentada a mi lado pacientemente durante horas. Me miró con ternura y me dijo: “¿Qué te parece si nos vamos? Hay que seguir empacando, que ya nos regresamos para Puerto Rico”.

Me tomó de la mano y caminamos hacia la salida. Mientras caminaba, mi mente de niña se quedaba llena de interrogantes sobre todo lo que nos exigían para merecer el cielo. Sentía en mi alma que la salvación no podía ser un camino de miedo. Al estar frente a las grandes puertas, supe que sería la última vez que cruzaría el umbral del lugar que me vio nacer...

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados 
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com 

miércoles, 5 de agosto de 2026

5 de agosto de 2026 TESTIMONIO Parte 16 La doctrina del correo: devoción a las apariciones marianas e impacto psicológico en la adolescencia

 

5 de agosto de 2026  TESTIMONIO Parte 16
#excatólica 

🖋️ La doctrina del correo: devoción a las apariciones marianas e impacto psicológico en la adolescencia

* Publicado en mi pagina de grupo en Facebook: La Caverna del Profeta

Cuando nos mudamos a Puerto Rico, pensé que dejaba atrás no solo el frío de Filadelfia, sino también la mirada estricta de las monjas que habían marcado los primeros años de mi vida. Sin embargo, la distancia física no fue suficiente para romper el lazo. 

Muy pronto, el buzón de nuestro nuevo hogar en la isla comenzó a llenarse de sobres de manila y cartas con el sello de mi antiguo colegio. A través del correo postal, las monjas iniciaron un proceso de catequesis a distancia que transformó mi adolescencia en un terreno de vigilancia y temor espiritual.

Cada carta que cruzaba el océano traía consigo un catálogo de mensajes y profecías marianas centradas en el juicio y la condena. A través de lecturas seleccionadas y folletos, las monjas se convirtieron en las voceras locales de una red de apariciones marianas que definió gran parte del catolicismo del siglo XX. 

En sus páginas se entrelazaban las visiones de Fátima en Portugal (1917), con sus imágenes terroríficas del infierno y sus secretos de guerra; las profecías de Garabandal en España (1961), que anunciaban una secuencia inminente de Aviso, Milagro y Castigo; y las advertencias de Akita en Japón (1973), que hablaban de fuego cayendo del cielo y de una copa de la ira divina que estaba por derramarse.

Lo fascinante —y a la vez siniestro— de este discurso era el uso deliberado de sus portavoces atalayas. En casi todos los casos, la Virgen elegía a niños o jóvenes en comunidades rurales vulnerables. 

Esta inocencia aparente se utilizaba dentro de la pedagogía catequética como una prueba irrefutable de veracidad: al asumir que los niños no mentían, las profecías de destrucción se volvían incontestables. Para mi mente adolescente en desarrollo, recibir estas lecturas no era una invitación a la reflexión espiritual, sino una inyección periódica de ansiedad.

A mis catorce o quince años, mi capacidad para evaluar riesgos y cuestionar la autoridad todavía se estaba construyendo. Lo que para las monjas religiosas era celo pastoral desde Filadelfia, para mí se tradujo en un estado de hipervigilancia constante. 

La psicología explica que cuando se expone a un joven a la amenaza continua de catástrofes globales o sufrimiento eterno, el pensamiento crítico se anula. 

La responsabilidad de detener la ira de Dios recaía sobre mis hombros: los rezos repetitivos, el rosario y las mortificaciones que realizaba en la soledad de mi habitación no nacían de la paz o del amor, sino como mecanismos defensivos para calmar la culpa y el pánico que aquellas cartas me sembraban. 

La promesa de un juicio inminente terminó por paralizar mi capacidad de proyectar el futuro, pues ¿qué sentido tenía planificar la vida si el mundo estaba al borde de la purificación divina?

Con los años y la distancia del tiempo, he podido comprender el verdadero alcance de aquel adoctrinamiento por correspondencia. 
La pedagogía del temor utilizó el chantaje emocional de la supervivencia espiritual para moldear conductas a través de la parálisis y la culpa. 

Hoy, al recordar el trayecto de esos sobres desde Filadelfia hasta Puerto Rico, no miro esa etapa con rencor, sino con la lucidez de quien ha entendido que el verdadero Evangelio no es un sistema de pánico ni de méritos humanos para apaciguar a Dios. 

Reconocer el impacto de ese discurso ha sido el primer paso para abrazar una fe madura: entender que la salvación descansa únicamente en la gracia y en la obra terminada de Jesús, y no en mis angustias ni en mis penitencias. 

Habitar el presente significa hoy renovar mi forma de pensar según el carácter de Cristo, viviendo ya no desde la servidumbre del miedo, sino desde la libertad, la paz y la seguridad que solo su amor soberano puede dar.

1 Juan 4:18 (RVR1960)
En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.

Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados 
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

jueves, 23 de julio de 2026

19/julio/2026 Recuerdos… 🖊️ El «Adiós» del jibarito sabio: Una lección cristiana sobre poner límites





19/julio/2026


Recuerdos…

🖊️
 El «Adiós» del jibarito sabio: Una lección cristiana sobre poner límites

* Publicado en mi pagina de grupo en Facebook: La Caverna del Profeta
* Compartido en mi canal de YouTube: YouTube

Hoy quiero compartir con ustedes el recuerdo de mi abuelo materno, un verdadero jibarito de nuestra tierra. Era un hombre de campo, un agricultor que trabajaba la tierra con sus manos, pero que al mismo tiempo poseía un asombroso conocimiento natural para las matemáticas y una sabiduría profunda, de esa que no se aprende en las escuelas, sino viviendo con atención y temor de Dios.

Recuerdo un día en que su mejor amigo fue a visitarlo a la finca. Aquel hombre, en lugar de disfrutar de la comunión y de la visita, comenzó a criticar todo a su paso. 

Le decía a mi abuelo cómo debía organizar el gallinero, de qué manera exacta tenía que sembrar los guineos, y hasta le señaló con desdén que las guayabas y otras frutas se le estaban marchitando. En fin, se dedicó a juzgar minuciosamente la administración de su finca.

Recuerdo que mi abuelo lo escuchó con paciencia, pero con la firmeza que da la dignidad del trabajo. En su inmensa sabiduría, lo interrumpió y le dijo algo que se me quedó grabado para siempre:

«El día que tú aportes para poner el sustento de mi familia sobre la mesa, entonces escucharé tus consejos».

Sin perder los buenos modales, pero marcando una línea clara, lo guió con calma hasta su carro. Al despedirse, su amigo, ignorando la lección de respeto que acababa de recibir, le dijo con naturalidad: —Hasta el próximo domingo, que vendré a visitarte.

Mi abuelo simplemente levantó la mano y le respondió: —Adiós.

El amigo, intentando suavizar la despedida, insistió: —Hasta la próxima.

Pero mi abuelo, con la determinación de quien sabe proteger su paz y su hogar, lo miró fijamente y le repitió: —No hasta la próxima es un... adiós.

A veces, en el caminar cristiano, se piensa erróneamente que ser manso significa aguantarlo todo, sonreír ante la falta de respeto y permitir que la gente dañe nuestra paz familiar o espiritual. Hay quienes, incluso llamándose hermanos en la fe, confunden el "dar un consejo" con la intromisión y el juicio, entrando a "nuestra finca" (nuestra vida, nuestra casa) solo a señalar cómo se marchitan nuestros frutos, sin intención real de ayudar a sembrar.

Sin embargo, establecer límites saludables es un profundo principio bíblico. La Palabra de Dios no nos manda a permitir la división ni el juicio constante dentro de nuestros espacios. El libro de Proverbios nos da una lección muy clara sobre cómo detener las contiendas y cuidar nuestras conexiones:

Proverbios 22:24-25 (RVR1960)
No te entremetas con el iracundo,
Ni te acompañes con el hombre de enojos,
No sea que aprendas sus maneras,
Y tomes lazo para tu alma.

Y cuando se trata de cortar de raíz las faltas de respeto que amenazan nuestra tranquilidad, la Escritura es tajante:

Proverbios 26:20 (RVR1960)
Sin leña se apaga el fuego,
Y donde no hay chismoso, cesa la contienda.

Mi abuelo decidió quitar la leña al fuego. Con su actitud nos demostró que la mansedumbre no es cobardía; él simplemente protegió la paz de su hogar. Un cristiano tiene el derecho, el discernimiento y el deber dado por Dios para apartarse cordialmente de las personas que solo traen juicio. 

Ante la crítica que no edifica y la falta de respeto camuflada de "buena intención", nosotros también, respaldados por la Sabiduría de la Palabra, podemos mirar con firmeza y decir:
«No... adiós».

Hasta la próxima. 

Autoría:
María Izabel Mestre 
Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com
 yomteruahministries@gmail.com
Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética, (sin fines de lucro)
"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"


26/agosto/2026 Reflexión El Refugio de Su Justicia / Autoría: María Izabel Mestre de Yom Teruah Ministries ®

  26/agosto/2026 El Refugio de Su Justicia Hola, te doy la bienvenida de nuevo a este espacio. Hoy quiero compartirte otro momento de mi cam...