19/julio/2026
La Caverna del Profeta®
La gente quieren "profetas" pero, ¿qué es un profeta? Un profeta es aquel que ha sido comisionado por Dios para establecer la verdadera adoración al Santo de Israel y velad por la sana comunión De la Iglesia con Dios.
jueves, 23 de julio de 2026
19/julio/2026 Recuerdos… 🖊️ El «Adiós» del jibarito sabio: Una lección cristiana sobre poner límites
jueves, 16 de julio de 2026
16/julio/2026 TESTIMONIO Parte 12
TESTIMONIO BAJO EL TEMA:
Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangeelico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación solo por la gracia de Dios?
Parte 12
Recuerdos de un altar: Las preguntas que el corazón no olvida
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#excatólica
Recuerdos…
Aquella mañana esperaba para salir con mi madre, me senté junto a la ventana de mi habitación. Desde allí arriba, el mundo se desplegaba lleno de vida: los niños del vecindario corrían y jugaban en la calle, ajenos a todo.
Yo los miraba, pero mi mente estaba muy lejos de sus juegos. En mis manos infantiles sostenía con fuerza una figura de yeso de la Virgen María. A mi corta edad, ya experimentaba un peso que no me correspondía; una quietud impuesta por el compromiso tan importante que me esperaba ese día: una reunión con el cura de la parroquia y con una monja a la que conocería por primera vez.
Perdida en el alboroto de la calle, apenas me di cuenta de que mami había entrado a la habitación. Su voz suave pero firme interrumpió mis pensamientos: ya casi era la hora de salir. Solo faltaba un último detalle antes de marcharme a cumplir con lo que sentía como un gran deber: peinarme el cabello.
Con la delicadeza de sus manos sobre mi cabeza, llegaron también los consejos de siempre. Tenía que guardar absoluto silencio cuando los adultos hablaran. Iba a estar frente al cura y a la monja, y en aquel entonces, el mundo de los mayores exigía una sumisión y una timidez en las que a mí, por naturaleza, me costaba mucho adaptarme.
Para ser sincera, todavía hoy conservo esa costumbre: me emociono tanto en las conversaciones que, sin querer, interrumpo porque me gana el entusiasmo. Es una chispa inquieta que ni el riguroso protocolo marianista catolico logró apagar. Pero en aquel momento, mami, al notar mi tensión, intentó tranquilizarme asegurándome que aquello era solo una reunión y que no iba a recibir ningún regaño.
Antes de cruzar la puerta, me detuve a mirarme al espejo. Mi reflejo me devolvía una imagen casi extraña. Llevaba el cabello muy corto; el doctor estaba investigando el origen de mis dolores de cabeza y mami, con esa lógica tan particular de las madres de la época, decidió que el peso de mi cabello largo tenía la culpa.
Para colmo, estrenaba mis primeros espejuelos, con un marco de mi color favorito: azul cielo claro. Entre el corte de cabello y mis espejuelos, sentía que aquel espejo me mostraba a una niña que yo misma apenas empezaba a descifrar, en medio de un torbellino de cambios que aún no lograba comprender.
Guardé la pequeña figura de yeso de la Virgen María en el bolsillo de mi traje. Iba a buscar mi abrigo tejido de color rojo, el de siempre, pero mami me detuvo y me entregó uno nuevo.
—Este te quedará mejor, el rojo ya te queda pequeño —me dijo con dulzura.
Observé el nuevo tejido: era blanco, salpicado de delicadas flores rosas. Lo acomodé con cuidado en mi bultito junto a mi pequeña sabanita, porque sabía muy bien que en la parroquia el frío solía colarse hasta los huesos. Mami también acomodó allí un termo pequeño con agua y azúcar, junto a unas galletas de avena con pasas por si me daba "el cosquilleo de hambre", que era como yo llamaba a esos momentos en que el estómago me rugía y el mundo me daba vueltas.
Cruzamos el umbral y el sol de la mañana nos recibió con fuerza. Al salir, mis ojos buscaron otra vez a mis amigos, completamente entregados a la prisa de sus patinetas y bicicletas. El contraste entre su libertad y mi misterioso deber era casi doloroso. El firme agarre de mami en mi mano rompió de golpe mi distracción:
—Marihita, no te entretengas en el camino, que tenemos que irnos.
Y así, aferrada a su mano, caminé hacia lo desconocido.
El camino hacia que la parroquia me resultaba extrañamente familiar; al fin y al cabo, era la misma ruta que recorría todos los días para ir al colegio. Sin embargo, esta vez el trayecto se sentía completamente distinto.
Mientras avanzábamos, mi madre no dejaba de repasar conmigo las lecciones del catecismo marianista. Me recordaba la importancia de la Virgen María, insistiendo en su papel fundamental como madre y protectora en el misterio de Cristo, según la tradición católica romana.
Yo solo asentía en silencio. Para calmar los nervios que empezaban a traicionarme, comencé a recitar algunos párrafos de memoria, repitiéndolos en voz baja como un mantra a lo largo de las calles.
Al llegar, cruzamos justo frente al colegio para dirigirnos a la capilla. Fuimos primero hacia la parte trasera de la iglesia, pero la puerta estaba cerrada. Intentamos luego por las escaleras que daban acceso a la parte baja, pero un pesado candado nos dio la misma respuesta.
Al ver aquellas puertas cerradas, una chispa de esperanza se encendió en mí. Miré a mami de inmediato, buscando una ruta de escape:
—No hay nadie, vámonos. De seguro hoy es su día libre —le sugerí, cruzando los dedos por dentro, según la superstición.
Pero mami, con esa sonrisa suya que combinaba dulzura y una firmeza inquebrantable, me tomó suavemente de la mano y me guió con pasos decididos hacia la entrada principal de la iglesia.
Frente al gran portón aguardaban otras dos madres con sus hijas, que parecían un poco mayores que yo. Mami las saludó con su calidez de siempre, un "buenos días" que se topó con un ambiente extrañamente gélido. Solo una de las mujeres devolvió el saludo y se acercó a abrazar a mi madre, dejando en el aire un silencio incómodo que aumentó mis nervios.
En ese instante de tensión, la pesada puerta de madera de la iglesia crujió al abrirse. Una monja vestida de un impecable color crema nos dio la bienvenida hablándonos en un inglés perfecto.
Al recibirnos, nos entregó un rosario a cada una de las niñas. Cuando el mío cayó en mis manos, no pude evitar mirarlo con asombro: era de un azul claro idéntico, con el mismo tono exacto, al marco de mis espejuelos nuevos. Aquella coincidencia me pareció una señal silenciosa.
Con un gesto amable, la monja nos indicó que nos sentáramos en los bancos de madera que se encontraban justo al lado de la entrada.
Tras presentarse, la monja se alejó unos tres bancos de distancia para hablar en voz baja con las madres. De inmediato, noté que las otras dos jovencitas entrelazaron con naturalidad sus dedos en las cuentas del rosario y comenzaron a rezar con una devoción que a mí me resultaba ajena.
Yo, en cambio, era incapaz de concentrarme. Como siempre, permanecía atenta a cada movimiento de mami, velándola de reojo con ese temor infantil y constante de que, en un descuido, me dejara allí sola.
A los pocos minutos, mami regresó a mi lado y me susurró con ternura:
—Vamos a esperar nuestro turno.
Nos acomodamos muy juntas en el banco de madera, unidas en un silencio protector, mientras observaba a las otras dos jóvenes caminar junto a la monja hacia el misterio que se ocultaba tras las puertas de la oficina parroquial.
Durante la espera, los nervios me traicionaron y el estómago comenzó a reclamar. Me acerqué al oído de mami para susurrarle que sentía el "cosquilleo en la barriga". Ella miró el gran reloj de la pared y me consoló con una sonrisa:
—Pues ya casi es la hora de la merienda.
Justo en ese instante, el eco de unos pasos interrumpió nuestra conversación. Al levantar la vista, vi acercarse a una monja diferente: era una de las que trabajaba en mi colegio, un rostro familiar en medio de tanta solemnidad.
Saludó a mami con un abrazo cálido y nos guió hacia una pequeña oficina que tenía una cafetera, una nevera y una mesa de madera.
—Aquí estarán más cómodas —nos dijo con amabilidad, mientras me entregaba una cajita con galletitas, un sándwich y un cartoncito de leche de chocolate. No lo puedo negar, aquel gesto me devolvió el alma al cuerpo.
Al cabo de unos minutos, llegó nuestro turno. Mami, fiel a su costumbre de no dejar rastro, limpió y recogió la mesa con esmero, dejándola impecable. Luego se volvió hacia mí con mirada detallista: me acomodó el traje y me acomodó con las manos el cabello corto, ese corte que a mí tanto me disgustaba pero que, por salud, tocaba llevar.
Caminamos por un pasillo y, al cruzar frente al altar de la Virgen María, nos detuvimos para hacer la genuflexión. Mientras lo hacíamos, vi de reojo a otras monjas que limpiaban el altar con devoción silenciosa.
Mami se detuvo finalmente ante la puerta de la oficina principal y tocó con suavidad, al abrirse, nos recibió una monja vestida con el hábito tradicional: una sotana negra larga hasta los pies y una toca con velo blanco. Con un ademán sereno, nos dio la bienvenida y nos invitó a pasar.
Adentro nos esperaba el párroco, quien me saludó con afecto junto a la monja. Recuerdo que ella comenzó a presentarse utilizando una letanía de títulos y cargos eclesiásticos que para mi mente infantil resultaban un idioma completamente incomprensible.
Acto seguido, fijó su mirada en mami y comenzó a explicarle la enorme responsabilidad de pertenecer al selecto grupo de creyentes de la Virgen María, la Madre de Dios, mientras se persignaba con devota solemnidad.
Al escuchar aquellas palabras tan profundas sobre la entrega, el compromiso y la obediencia, mi imaginación infantil simplemente alzó el vuelo. Un pensamiento increíble cruzó mi mente: ¡Wow, mami se va a convertir en monja! Me invadió una emoción tremenda y el corazón me dio un vuelco.
En segundos, me la imaginé vestida con su hábito, caminando con paso sereno por los pasillos de mi colegio y cuidándome de cerca a cada momento. Aquella idea me parecía el mejor de los mundos posibles.
Mami asintió con total seguridad, respondiendo que ya habíamos completado los catecismos y que conocíamos muy bien el valor de la obediencia.
Mientras mi corazón saltaba de entusiasmo alimentando mi fantasía, toda aquella ilusión se desvaneció en un segundo. La monja giró la cabeza, fijó su mirada directamente en mí y pronunció mi nombre.
En ese instante, el peso de la reunión cambió de rumbo por completo. El aire se volvió denso. Busqué la mirada de mami, asustada, y la escuché responder con su calma habitual:
—Lo tomaré en consideración.
En aquel momento de mi infancia, yo no alcanzaba a vislumbrar la magnitud de lo que se estaba decidiendo en esa oficina, pero mi madre sí lo entendía perfectamente. Ella sabía el camino que se empezaba a trazar para mí.
De pronto, la monja vestida de crema —la misma que nos había recibido a la entrada— se asomó por la puerta. Mami se puso de pie de inmediato y se dirigió a mí con voz suave pero firme:
—Marihita, ve con Miss Johnson. Terminaré la reunión en unos minutos.
La monja me tomó de la mano y me guió hacia la habitación contigua. Para mi sorpresa, terminamos en una pequeña oficina parroquial que, en sus ratos libres, funcionaba también como el cuarto de planchado de las vestiduras sacerdotales.
Al cruzar el umbral y ver el lugar, no pude evitar que una gran sonrisa me iluminara el rostro. Hoy, mientras escribo estas líneas de mi testimonio, me río sola al recordar que aquel cuarto existía tal y como era gracias, única y exclusivamente, a la audacia de mi madre.
Les cuento que meses atrás, a mami le habían encomendado la "labor sagrada" de planchar las albas y casullas del cura. Al recibir el encargo, ella miró fijamente a la madre superiora y a las monjas, con esa firmeza tan suya que no admitía réplicas, les dejó las cosas claras de inmediato: si querían la ropa impecable, la parroquia tenía que comprar una tabla de planchar. Ella no pensaba cruzar el vecindario caminando de un lado a otro cargando semejante armatoste a cuestas.
Aún me sonrío al recordar la expresión de las monjas, que salieron casi corriendo a comprar la tabla ese mismo día para no contrariarla. Gracias a ese despliegue de carácter, las vestiduras del sacerdote se planchaban allí mismo, y yo ahora me encontraba en su pequeño reino.
Mami era así: una legisladora indomable que iba organizando el mundo a su paso, dictando leyes nuevas allí donde hiciera falta.
Mientras Miss Johnson me acomodaba en una silla de aquel cuarto impregnado de olor a almidón y vapor, me quedé pensando en la fuerza arrolladora de mi madre. Sin embargo, la tranquilidad me duró poco. Sabía perfectamente que al otro lado de la pared, en la oficina principal, se seguía decidiendo el rumbo de mi infancia mariana.
Miss Johnson interrumpió mis pensamientos. Se acercó a mí con paso suave y colocó en mi mano una pequeña estampa de la Virgen María. La contemplé en el centro de mi palma mientras la monja me decía con una voz que combinaba dulzura y solemnidad diciéndome, (según la tradición marianista católica):
—Ella te guiará y te dará la sabiduría junto a Cristo. —
Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire tibio del cuarto de planchado, sellando en el silencio un compromiso que los adultos acababan de pactar a mis espaldas.
Pocos minutos después, la puerta de la oficina se abrió y mami apareció con su habitual paso firme, dando por terminada la reunión. Tras despedirnos del párroco y de las monjas, emprendimos el camino de salida. Al cruzar el umbral de la parroquia de regreso a la calle, el sol del mediodía nos recibió con una fuerza deslumbrante, devolviéndonos de golpe al calor de la realidad.
Ya de camino, mami me miró de reojo y rompió el silencio con una pregunta que me tomó por sorpresa:
—Marihita, ¿recuerdas que una vez me dijiste que querías ser monja para ayudar a los necesitados? Pues la monja nueva tiene un grupo pequeño donde les enseñan desde niñas a ser misioneras, a ayudar a los demás representando a la Virgen María.
Yo la miré de vuelta. En mi inocencia infantil, sentía que aquello me quedaba gigante.
—Sí, mami, me acuerdo —le contesté—, pero soy muy pequeña para eso. A menos que tú vayas conmigo y trabajemos juntas.
Al escucharme, mami se detuvo en seco por un segundo. Su rostro se volvió pensativo, como si mis palabras hubieran tocado una fibra muy profunda en ella. Volvió a caminar despacio y me dijo con mucha seriedad:
—Creo que es mejor que cuando seas grande, mayor de edad, tomes tus propias decisiones. Representar a la Virgen es un compromiso muy serio.
—Está bien, mami —asentí, y de inmediato me brotó otra duda que me quemaba por dentro—. ¿Y a qué edad puedo representar a Cristo?
Mami se me quedó mirando, tal vez abrumada por la profundidad de mis preguntas, y prefirió darnos un respiro:
—Ven, entremos aquí a comprarte un helado para continuar nuestro camino.
Mientras saboreaba el helado, el silencio regresó, pero mi mente infantil no paraba de dar vueltas. En mi ignorancia de niña, un torbellino de preguntas corría por mi cabeza: ¿Cómo puedo ayudar a otros cuando veo que en el altar Jesús es quien necesita ayuda? ¿Quién lo va a bajar de ahí para que no sufra más? No entiendo cómo podemos ayudar a nuestra Madre, la Virgen, si ella ya está en el cielo... ¿Por qué lo dejó a Él atrás en el altar?
Tales preguntas causaron en mí un disturbio emocional, conociendo que el tener un pensamiento crítico dentro de un sistema religioso, es sinónimo de blasfemar.
Eran demasiados misterios para mis pocos años. Ya casi llegando a casa, mami interrumpió mis pensamientos con una noticia que no me esperaba:
—Marihita, hay una actividad importante esta noche. La madre superiora y la monja que acabas de conocer quieren que asistas a este evento tan especial. ¿Te gustaría ir o prefieres quedarte en casa?
Hoy día me río sola al recordar mi reacción. Ante semejante invitación celestial, mi respuesta no pudo ser más terrenal:
—Tengo hambre y me gustaría descansar —le solté con total honestidad.
Mami me miró, me dedicó una sonrisa cómplice y asintió con la cabeza, aliviando de golpe toda mi tensión:
—Sí, tienes razón. Vamos a casa a calentar la comida de ayer: arroz con gandules, carne molida y ensalada de papa.
En ese momento, el hambre y el cansancio ganaron la batalla. Nos refugiamos en la seguridad del hogar, ignorando la magnitud del evento que se preparaba para esa misma noche. Pero esa... ya es otra historia.
Nos vemos en la próxima parte.
Autoría:
María Izabel Mestre
Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com
yomteruahministries@gmail.com
Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética, (sin fines de lucro)
"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"
jueves, 9 de julio de 2026
9/julio/2026 En el nombre de Jesús... todo va a estar bien
9/julio/2026
* Antes de continuar leyendo, la reflexión lo compartí en las siguientes redes sociales: (las letras en azules les llevará directamente a las paginas)
Hay mañanas en las que nos levantamos con un peso en el espíritu que no nos pertenece. Esto ocurre por causa de las situaciones difíciles que están pasando nuestros hermanos a quienes amamos en Cristo.
Nos llegan a la memoria aquellos que hoy están pasando por un mal momento, esos días en los que sienten que la incertidumbre o el dolor les está ganando la partida. Para ti, que hoy estás en medio de un suplicio, va esta pequeña reflexión.
Cuando decimos: "En el nombre de Jesús... todo va a estar bien", no estamos usando una frase mágica para intentar ignorar la realidad en la cual nos encontramos viviendo. Tampoco se trata de un optimismo fingido que nos exige mostrarnos felices ante los demás.
Cuando el dolor se presenta, lo peor que podemos hacer es intentar reprimirlo. Debemos saber que el alma, que es el asiento de las emociones, necesita validar que el sufrimiento es real para que te esfuerces en buscar una solución a la situación.
Decir que "todo va a estar bien en el nombre de Jesús" va más allá. Significa descansar en la más grande certeza que nos permite sobrellevar las circunstancias adversas por las que nos encontramos pasando.
Significa recordar que, aunque hoy no entendamos el mapa para encontrar una salida, nuestra trayectoria no está fuera de control.
Más allá de las constelaciones, hay un Dios completamente atento a ti, que no has dejado de orar ni de renovar el entendimiento estudiando la Palabra; a ti, que no has dejado de brindar palabras de aliento al que se encuentra caído.
Puedes tener la certeza de que Jesús está guiando y sosteniendo cada detalle de tu vida. Incluso en los días más oscuros, tu embarcación no está a la deriva a merced de cualquier destino.
La frase "estar bien" no siempre está condicionada al hecho de que el problema desaparecerá por arte de magia. Más bien, significa que la paz con la cual fuiste incluido en Cristo es la que verdaderamente te da la identidad para ser conocido como cristiano en este mundo caído.
Y es que tu valor como persona ya no depende de lo bien o mal que te vaya en la vida, ni de la fortaleza o flaqueza de tus emociones.
A veces nuestra propia mente nos sabotea por el hecho de que se encuentra programada para mantenerte alerta ante cualquier peligro.
Para colmo, el enemigo de las almas conociendo nuestra condición mental en la cual nos encontramos en alerta cuando permitimos que la circunstancia nos distraiga, el diablo nos susurra al oído que hemos sido abandonados por Dios, de manera que, el desespero nos puede llevar a tomar decisiones impulsivas que nos llevan a actuar locamente:
1 Crónicas 21:1(RVR1960)
Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel.
Tienes que entender el hecho de que tu verdadera identidad no la define tu crisis actual, ni la opresión que sientes al levantarte. Tu identidad ha sido definida por Aquel que ya crucificó tu adversidad para que puedas caminar en su victoria, viviendo siempre en el presente.
Como creyente en Jesucristo, ya no eres dueño de tu propia vida ni vives a merced de las circunstancias, porque has sido vestido con la armadura de la justicia en Cristo.
Por lo tanto, no busques contemplarte a través del espejo del dolor o de las dudas que puedan surgir en el camino; tienes que contemplar la sangre real que fue derramada, la cual fue ofrecida por tu pronto rescate. No importan las dudas que te pueda inocular la religión, como la posibilidad de perder la salvación, afirmación que no proviene de la fe, sino del juicio humano.
Una vez que has sido puesto en Cristo como hechura suya, tu posición en el Reino como hijo amado está segura, con la certeza de que el Reino de los cielos no va a cambiar de opinión con respecto a ti por la forma en que pueda cambiar tu estado de ánimo cuando tienes que afrontar las diversas pruebas.
Un pequeño consejo para hoy:
si el panorama se ve abrumador, no intentes cargar con el peso de varios meses en un solo día. La ansiedad suele alimentarse de un futuro incierto que aún no ha ocurrido. La Biblia nos exhorta a vivir siempre en el presente, de manera que tienes que traer tu mente a lo que se encuentra ocurriendo hoy.
Aprende a dar un solo paso a la vez, respira y confía en que la gracia que necesitas para sostenerte hoy ya te ha sido concedida, tal como Dios proveyó el maná cada mañana al pueblo de Israel en el Éxodo.
Lamentaciones 3:22-23 (RVR1960)
"Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad."
No tienes que ser fuerte por tus propios medios diciendo: "no soy perfecto o perfecta", buscando llegar a la perfección en el desempeño de la religión para disfrutar de los medios de la gracia de Dios como lo establecía el antiguo pacto. El nuevo pacto nos demanda descansar de nuestras ansiedades para permitir que Jesús el Cristo se glorifique como el que ocupa el trono de Dios.
Mateo 11:28-30 (RVR1960)
"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga."
Mañana será otro día, pero hoy, descansa en la certeza de que estás profundamente bajo su cuidado. Tu dolor ya ha sido conocido por Aquel que, siendo Dios, se hizo carne y sufrió profunda e injustamente para poder apiadarse de nosotros. Sabiendo que Cristo Jesús tiene potestad tanto de la vida como de la muerte, podemos decir en medio de cualquier tribulación: "Todo va a estar bien en el nombre de Jesús".
Oremos juntos:
"Señor y Padre nuestro, soberano y fiel. Hoy nos acercamos al trono de la gracia sin poner la confianza en nuestras propias fuerzas, ni en la debilidad de nuestras emociones que hoy flaquean ante la adversidad; hoy encontramos refugio únicamente en la obediencia perfecta de nuestro Señor Jesucristo, la cual nos ha sido imputada.
Te pedimos por cada persona que hoy lleva una carga pesada; abre sus ojos espirituales para que, por encima de la niebla de sus padecimientos, puedan llegar a contemplar la inmutabilidad de tus santas promesas, que son nuestra herencia bendita y garantizada por la sangre de Cristo.
Que no escuchen los susurros de desespero que se inventan en sus propias mentes, sino que, por la fe, puedan encontrar el pronto socorro en la verdad eterna de tu santa Palabra.
Te suplicamos que esa gracia soberana que sostiene el universo entero hoy se manifieste como paz en sus corazones, recordándoles que ninguna tormenta puede arrancar lo que Tú, Dios, ya has sellado con tu Santo Espíritu. En las manos del Capitán de nuestra salvación entregamos este día. ¡En el nombre de Cristo Jesús... Amén!"
Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com
domingo, 5 de julio de 2026
5/julio/2026 Testimonio Parte 11
5 de julio de 2026 | Mi Diario Blog
#excatólica: Testimonio (Parte 11)
📌Tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?
🖋️ Raíces de oro: El verano que mami me defendió
Las vacaciones en Puerto Rico era un bálsamo para el alma. Recuerdo a mi abuelo materno. Cada vez que llegaba mami, él lo celebraba como si fuera el primer día que la veía. No importaba si había llegado la semana pasada o el día anterior; para él, su hija siempre era motivo de fiesta. Se ponía su pava, el tradicional sombrero de paja, y se iba a la finca.
Regresaba horas después con los brazos llenos: ñames recién sacados de la tierra, carne de cerdo para freír, y una sonrisa que no cabía en su rostro. Luego nos llevaba al patio y nos mostraba con orgullo sus árboles: el de guayaba, frondoso y generoso, que nos regalaba guayabas dulces como el mismo verano. Y al lado, el de guanábana, con sus frutas verdes y ásperas por fuera, pero tan suaves y blancas por dentro.
Un día mientras yo disfrutaba del paisaje del mar desde el balcón de la casa de mi abuelita, mi abuelo llegó a la casa de la abuela cargando algo que yo, de niña, no entendía. Era un pasto verde, alto, como varas de bambú. Mi abuelo sonrió al verme confundida. Luego vi cómo ubicó ese "pasto verde en forma de palo" en una máquina, y de allí salió un jugo dorado y dulce. —Eso es guarapo, Maruca —me dijo—. De la caña de azúcar.
Me habló de cuando él trabajaba en la caña, de sus manos curtidas, del sol quemando la espalda, de la tierra que lo vio crecer. No lo decía con tristeza. Lo decía con orgullo. Como quien ha puesto sus fuerzas en la tierra y la tierra le ha devuelto fruto. Y al verme beber ese guarapo, yo creo que él revivía algo de aquellos días. Algo que quería compartir conmigo.
Aquellas tardes, la familia se reunía y hablaban con orgullo de Roberto Clemente, nuestro astro del béisbol. Yo escuchaba fascinada, sentada en alguna silla de mimbre, mientras guardaba en la cartera de mami una nota con mis tareas pendientes para el regreso al colegio en Filadelfia. —No te preocupes por la asignación, Maruca —me dijo mami al encontrar la nota—. Disfruta el verano. Yo te ayudaré con una idea para tu presentación.
Y vaya que lo disfrutamos. Pasamos días inolvidables en los kioscos de Luquillo, entre el mar y el coco. Mi padre siempre me compraba un Coco Rico, esa bebida dorada que sabía a isla y a domingo. El sonido de las olas, el olor a frituras, la brisa caliente mezclada con el salitre... todo eso se me quedó grabado en mi corazón.
Al regresar a Filadelfia, mami ya tenía el plan. Me ayudó a escribir una biografía de Roberto Clemente. Mi abuelo confeccionó una pava miniatura —el sombrero artesanal típico de nuestros jíbaros— especialmente para mi presentación, y mami le tomó una foto a mi abuelito usando su pava. Yo estaba emocionada. No era solo una tarea escolar. Era mi historia, mi familia, mi orgullo.
🖋️ El regreso a clases y el choque del prejuicio
Sin embargo, el primer día de clases el corazón se me encogió. Al entrar al salón, temía ver a la maestra, quien era una mujer que nos miraba con desprecio a quienes pertenecíamos a otros grupos étnicos.
La maestra nos separó por grupos étnicos dándole los primeros turnos a los estudiantes blancos para dar una presentación relacionada con su experiencia en las vacaciones de verano, asignándome a mí el último turno y con una risa burlona, cuando era mi turno de dar mi presentación me dijo: —Se terminó el tiempo. Siéntate.
Recuerdo que llegué a casa frustrada donde mi mamá me abrazó calmándome diciendo: —No te preocupes, mañana será otro día.
Al día siguiente, la atmósfera era distinta. La maestra me recibió con amabilidad. Al mirar hacia una esquina, lo comprendí todo: allí estaba mi mamá, sentada firme al lado de la Madre Superiora. La valentía me recorrió el cuerpo y recuerdo que hablé con orgullo de nuestro famoso pelotero Roberto Clemente y de mi abuelo, de la pava miniatura y de las tardes en la finca. Ese día aprendí que nuestra identidad como puertorriqueños merece respeto.
🖋️ El silencio elocuente: Lo que mami no me dijo
Pero hay algo que no entendí hasta años después. Mami había llegado a Estados Unidos desde Puerto Rico siendo muy joven. Dejó su tierra, su familia, su idioma entero, para buscar un futuro que en la isla no alcanzaba. Cruzó un océano con una maleta y un nombre que otros no sabían pronunciar. Y al llegar, se encontró con lo mismo que yo encontré en ese salón de clases: miradas que sobraban, puertas que se cerraban, silencios que decían tú no perteneces aquí.
Pero también se encontró con personas buenas. Gente que la ayudó. Que le tendió la mano cuando no tenía nada. Que la miró a los ojos y vio a una persona, no a una extranjera. Esas manos amables fueron las que la sostuvieron en los días difíciles, las que le recordaron que no todo el mundo era como aquella maestra.
Mi madre guardó esa lección en el corazón: el bien siempre encuentra un hueco, aunque el mundo intente llenarlo de sombras. Ella nunca me contó todo eso con palabras. No hacía falta. Lo vi en la forma en que se plantó al lado de la Madre Superiora ese día.
Lo comprendí de la manera en que acostumbraba decirme: "vas a disfrutar del verano" cuando yo cargaba con la ansiedad de las tareas. Lo vi en la manera en que celebraba cada logro mío como si fuera suyo, porque sabía que el mundo iba a tratar de hacerme sentir menos.
Esa maestra no sabía que la niña que humillaba era hija de una mujer que ya había atravesado el exilio. Que ya había sido mirada por encima del hombro. Que ya sabía lo que era que te dijeran "siéntate" cuando tú querías caminar.
Pero mami no me enseñó rencor, me enseñó a levantarme, me enseñó que el respeto no se pide, se exige con la cabeza en alto. Como también me enseñó a reconocer a las personas buenas, esas que aparecen cuando más las necesitas, como la Madre Superiora que la escuchó y la apoyó ese día. Al verla allí sentada, entendí que su silencio era más fuerte que cualquier burla. Su presencia era un escudo y su amor era mi identidad.
🖋️ Derribando barreras: Dignidad, gracia y reconciliación ante el Creador
Al mirar atrás, entiendo que enfrentaba a la supremacía anglosajona que intenta clasificar a los seres humanos por su origen étnico. Ese "monstruo" buscaba convencerme de que mi historia valía nada. Pero mi madre ya había peleado esa batalla antes de que yo naciera. Y cuando llegó mi turno, ella no me dejó sola.
Hoy, a mis 56 años de edad, utilizo mi voz para decir que ninguna ideología tiene el derecho de apagar la luz de un niño. Todos fuimos creados con la misma dignidad.
El orgullo de creerse superior es una barrera que el Evangelio vino a derribar. Mi conciencia no está basada en el rencor, sino en la paz de saber que ante nuestro Creador, todos somos iguales cuando estamos en Cristo. (Gálatas 3:28-29)
También de saber que mi madre me enseñó con su vida que el amor verdadero no conoce fronteras ni acentos. Que la dignidad de una persona no se mide por su origen étnico, haciendo un juicio basado en un falso celo ideológico que no proviene de Dios. Aprendí que el mundo tiene gente mala, sí, pero también tiene gente buena —y esa gente buena es la que hace que valga la pena seguir adelante. Esa es la herencia que me dejó. Esa es la historia que hoy cuento.
Gracia y paz.
Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com
jueves, 25 de junio de 2026
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