sábado, 2 de mayo de 2026

2/mayo/2026 TESTIMONIO Parte 9: Entre Cadenas y Rezos

 


2/mayo/2026
TESTIMONIO Parte 9: Entre Cadenas y Rezos

Nota: compartí en mis redessociales.


DIVORCIO DE MAMI Y PAPI

El eco de las discusiones se convirtió en el ruido de fondo de mi infancia. Yo apenas tenía seis años, una edad en la que el mundo debería sentirse seguro, pero en mi casa el ambiente se había vuelto pesado, como si una tormenta se hubiera instalado en la sala y se negara a salir. Recuerdo que mis padres discutían constantemente; sus voces chocaban sin encontrar jamás el puerto de un acuerdo. En medio de aquel caos, yo me movía con cautela. Mi abuela Ata solía decirme, con esa mezcla de gracia y agudeza que la caracterizaba, que yo parecía un “periscopio”: siempre alerta, con los ojos bien abiertos, tratando de entender lo que sucedía por encima de la superficie de mi pequeña estatura.

Sin embargo, el conflicto no era solo humano. Hoy comprendo que el enemigo había comenzado a tocar a nuestra puerta, aprovechando las grietas que las malas amistades y los consejos equivocados estaban abriendo en el corazón de mami. Una noche, el miedo dejó de ser una sensación abstracta para volverse aterradoramente real. Recuerdo estar en mi cama, con los sentidos agudizados por el pánico, cuando escuché el arrastrar de unas cadenas y voces que no pertenecían a este mundo. El terror me paralizó, y en ese instante de desamparo, mi instinto me llevó a buscar el único refugio que conocía: la voz de mi abuela Ata.

El Legado de Abuela Ata y el Despertar del Discernimiento

El frío del susto todavía me recorría el cuerpo cuando mi abuelo llegó a buscarme. Ata lo había enviado de inmediato; ella sabía, con esa sabiduría, que su nieta necesitaba algo más que un abrazo: necesitaba una explicación. Al llegar a su casa, el ambiente cambió. Allí no había cadenas ni voces de oscuridad; había una paz que contrastaba drásticamente con el campo de batalla que era mi hogar.

— "Ven, siéntate, Maríta" —me dijo Ata con una calma que me obligó a soltar el aire que tenía retenido en el pecho.

Me senté frente a ella, sintiéndome minúscula en mi cuerpo de seis años. Ata me miró fijamente y me reveló algo que cambiaría mi forma de ver el mundo invisible. Me contó que Dios le había hablado en un sueño. Me explicó que el SEÑOR le había prometido que me daría a mí, su nieta, el discernimiento para ver al enemigo cuando se acercara. Mi abuela continuó con una frase que se quedó grabada en las paredes de mi memoria:

— "Dios hace estas cosas para que su gloria se manifieste".

Mientras la escuchaba, una duda me asaltaba. Miraba a mi abuela, rodeada de sus propios problemas y carencias, y no podía evitar preguntarme: "¿Cómo Ata, con tantas situaciones difíciles, saca tiempo para Dios pero nunca mencionaba a la virgen?". Hago constar que como niña pensaba que, como mi abuela mencionaba que iba a la iglesia, yo pensaba que era católica porque era lo único que yo conocía. Me maravillaba ver que ella elegía las Santas Escrituras. Con el tiempo, esas conversaciones se volvieron mi escuela. Ella me enseñaba que, aunque el enemigo hiciera ruido con sus cadenas, nosotros debíamos caminar bajo la autoridad de la Palabra de Dios.

TEMOR Y LUZ: LA VISITA DEL CIELO

Las visiones no cesaron; al contrario, se volvieron más nítidas y opresivas. En las noches, el aire se espesaba con un olor rancio a cigarrillo que no venía de nadie en casa, y los objetos parecían cobrar una vida propia. El miedo se volvió mi sombra. Una noche, agotada de sentirme presa en mi propio hogar, tomé una decisión de adulta en un cuerpo de niña: "No puedo más". Me dije que rezaría con todas mis fuerzas y que iría a la iglesia para hablar con el cura.

Recé hasta que el cansancio me venció, pero el sonido metálico de las cadenas regresó, subiendo las escaleras, peldaño a peldaño. Al pasar frente a la habitación de mis padres, vi la puerta abierta y vino a mí el recuerdo de mi padre empacando su maleta grande. El peso de aquel adiós inminente se mezclaba con el eco de las cadenas. Corrí al cuarto de mi hermano buscando protección, pero él dormía profundamente. Me acurruque en el suelo, llorando, y le supliqué a Dios: "Haz algo, por favor".

Entonces, el milagro ocurrió. El silencio aterrador fue reemplazado por una música angelical, un sonido de arpas que parecía venir de otra dimensión. Al abrir los ojos, frente a mí se encontraba un ser de una hermosura indescriptible: cabello largo y rubio, vestiduras de un blanco más puro que la nieve y una soga de oro ceñida a la cintura. Se mantenía con las manos alzadas hacia el cielo, cantando:

— "Tú eres mi Dios, mi Salvador, te canto con todo mi corazón".

En ese suelo frío, mis lágrimas de terror se transformaron en adoración. A la mañana siguiente, mi padre me llevó a la parroquia. Cuando intentó decirme algo —quizás sobre la maleta—, lo detuve con una seguridad que no parecía mía:
— "No me digas nada. Mejor habla con Dios y confía; Él sabrá qué hacer".

Al llegar a la parroquia, le narré al cura la visión del ser de blanco y la canción de salvación. Me levanté de aquel banco con una certeza que nadie me había enseñado en el catecismo: "¡Dios es todo para mí!".

LA VERDAD TRAS EL SACRIFICIO Y EL DESPERTAR

Al salir de la parroquia, me encontré con mi padre esperándome en el auto. El peso de lo que había estado guardando simplemente explotó y, mirándolo con desesperación, le grité la pregunta que alimentaba mis pesadillas: "¿Fue por mi culpa que se separaron?". Las palabras salían como fuego: "¿Están con los preparativos del divorcio por mi culpa? ¿Fue por la falta de dinero para mis operaciones?". Recordar el esfuerzo de mi familia, ver a mi madre cansada de tanto planchar ropa para otros y vender pasteles con abuela Ata para pagar mis cirugías, me hacía sentir que yo era la razón por la cual mis padres se habían agotado hasta romperse. Mi padre se quedó mudo y su respuesta fue breve: "Eso no es cierto, Maríta". Pero me dijo que tenía prisa y que hablaríamos en otro momento... un momento que nunca llegó.

Hoy, a mis 56 años, entiendo que ese silencio fue el ladrillo final en la pared de mi inseguridad. Durante décadas, llené los huecos de sus palabras no dichas con una culpa que no me pertenecía, creyendo que mi salud y mis operaciones habían sido la carga que rompió mi hogar. Esa culpa se convirtió en un lente empañado: el bullying y las miradas de los demás por mi labio leporino no eran solo ofensas, sino la "confirmación" de que algo estaba mal conmigo. 

Sin embargo, he aprendido que mi crecimiento emocional se detuvo allí porque me quedé esperando una explicación humana que nunca llegó. Hoy elijo romper ese paradigma: entiendo que no fui la causa del fracaso de mis padres, sino el éxito de la misericordia de Dios. Mis cicatrices ya no son marcas de vergüenza, sino el mapa de mi rescate; no soy una carga "cara", sino una hija amada por un Padre Celestial que no tiene prisa para abrazarme y decirme que valió la pena cada batalla para que yo estuviera aquí.

Descansa en la certeza de que tus heridas son el mapa de tu salvación y que en Su Palabra encuentras la autoridad para vencer cualquier temor. Que Su paz sea el ancla de tu alma hoy y siempre. ¡Gracia y paz!

AUTORÍA:
María Izabel Mestre 
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

2/mayo/2026 TESTIMONIO Parte 9: Entre Cadenas y Rezos

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