5 de julio de 2026 | Mi Diario Blog
#excatólica: Testimonio (Parte 11)
📌Tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?
🖋️ Raíces de oro: El verano que mami me defendió
Las vacaciones en Puerto Rico era un bálsamo para el alma. Recuerdo a mi abuelo materno. Cada vez que llegaba mami, él lo celebraba como si fuera el primer día que la veía. No importaba si había llegado la semana pasada o el día anterior; para él, su hija siempre era motivo de fiesta. Se ponía su pava, el tradicional sombrero de paja, y se iba a la finca.
Regresaba horas después con los brazos llenos: ñames recién sacados de la tierra, carne de cerdo para freír, y una sonrisa que no cabía en su rostro. Luego nos llevaba al patio y nos mostraba con orgullo sus árboles: el de guayaba, frondoso y generoso, que nos regalaba guayabas dulces como el mismo verano. Y al lado, el de guanábana, con sus frutas verdes y ásperas por fuera, pero tan suaves y blancas por dentro.
Un día mientras yo disfrutaba del paisaje del mar desde el balcón de la casa de mi abuelita, mi abuelo llegó a la casa de la abuela cargando algo que yo, de niña, no entendía. Era un pasto verde, alto, como varas de bambú. Mi abuelo sonrió al verme confundida. Luego vi cómo ubicó ese "pasto verde en forma de palo" en una máquina, y de allí salió un jugo dorado y dulce. —Eso es guarapo, Maruca —me dijo—. De la caña de azúcar.
Me habló de cuando él trabajaba en la caña, de sus manos curtidas, del sol quemando la espalda, de la tierra que lo vio crecer. No lo decía con tristeza. Lo decía con orgullo. Como quien ha puesto sus fuerzas en la tierra y la tierra le ha devuelto fruto. Y al verme beber ese guarapo, yo creo que él revivía algo de aquellos días. Algo que quería compartir conmigo.
Aquellas tardes, la familia se reunía y hablaban con orgullo de Roberto Clemente, nuestro astro del béisbol. Yo escuchaba fascinada, sentada en alguna silla de mimbre, mientras guardaba en la cartera de mami una nota con mis tareas pendientes para el regreso al colegio en Filadelfia. —No te preocupes por la asignación, Maruca —me dijo mami al encontrar la nota—. Disfruta el verano. Yo te ayudaré con una idea para tu presentación.
Y vaya que lo disfrutamos. Pasamos días inolvidables en los kioscos de Luquillo, entre el mar y el coco. Mi padre siempre me compraba un Coco Rico, esa bebida dorada que sabía a isla y a domingo. El sonido de las olas, el olor a frituras, la brisa caliente mezclada con el salitre... todo eso se me quedó grabado en mi corazón.
Al regresar a Filadelfia, mami ya tenía el plan. Me ayudó a escribir una biografía de Roberto Clemente. Mi abuelo confeccionó una pava miniatura —el sombrero artesanal típico de nuestros jíbaros— especialmente para mi presentación, y mami le tomó una foto a mi abuelito usando su pava. Yo estaba emocionada. No era solo una tarea escolar. Era mi historia, mi familia, mi orgullo.
🖋️ El regreso a clases y el choque del prejuicio
Sin embargo, el primer día de clases el corazón se me encogió. Al entrar al salón, temía ver a la maestra, quien era una mujer que nos miraba con desprecio a quienes pertenecíamos a otros grupos étnicos.
La maestra nos separó por grupos étnicos dándole los primeros turnos a los estudiantes blancos para dar una presentación relacionada con su experiencia en las vacaciones de verano, asignándome a mí el último turno y con una risa burlona, cuando era mi turno de dar mi presentación me dijo: —Se terminó el tiempo. Siéntate.
Recuerdo que llegué a casa frustrada donde mi mamá me abrazó calmándome diciendo: —No te preocupes, mañana será otro día.
Al día siguiente, la atmósfera era distinta. La maestra me recibió con amabilidad. Al mirar hacia una esquina, lo comprendí todo: allí estaba mi mamá, sentada firme al lado de la Madre Superiora. La valentía me recorrió el cuerpo y recuerdo que hablé con orgullo de nuestro famoso pelotero Roberto Clemente y de mi abuelo, de la pava miniatura y de las tardes en la finca. Ese día aprendí que nuestra identidad como puertorriqueños merece respeto.
🖋️ El silencio elocuente: Lo que mami no me dijo
Pero hay algo que no entendí hasta años después. Mami había llegado a Estados Unidos desde Puerto Rico siendo muy joven. Dejó su tierra, su familia, su idioma entero, para buscar un futuro que en la isla no alcanzaba. Cruzó un océano con una maleta y un nombre que otros no sabían pronunciar. Y al llegar, se encontró con lo mismo que yo encontré en ese salón de clases: miradas que sobraban, puertas que se cerraban, silencios que decían tú no perteneces aquí.
Pero también se encontró con personas buenas. Gente que la ayudó. Que le tendió la mano cuando no tenía nada. Que la miró a los ojos y vio a una persona, no a una extranjera. Esas manos amables fueron las que la sostuvieron en los días difíciles, las que le recordaron que no todo el mundo era como aquella maestra.
Mi madre guardó esa lección en el corazón: el bien siempre encuentra un hueco, aunque el mundo intente llenarlo de sombras. Ella nunca me contó todo eso con palabras. No hacía falta. Lo vi en la forma en que se plantó al lado de la Madre Superiora ese día.
Lo comprendí de la manera en que acostumbraba decirme: "vas a disfrutar del verano" cuando yo cargaba con la ansiedad de las tareas. Lo vi en la manera en que celebraba cada logro mío como si fuera suyo, porque sabía que el mundo iba a tratar de hacerme sentir menos.
Esa maestra no sabía que la niña que humillaba era hija de una mujer que ya había atravesado el exilio. Que ya había sido mirada por encima del hombro. Que ya sabía lo que era que te dijeran "siéntate" cuando tú querías caminar.
Pero mami no me enseñó rencor, me enseñó a levantarme, me enseñó que el respeto no se pide, se exige con la cabeza en alto. Como también me enseñó a reconocer a las personas buenas, esas que aparecen cuando más las necesitas, como la Madre Superiora que la escuchó y la apoyó ese día. Al verla allí sentada, entendí que su silencio era más fuerte que cualquier burla. Su presencia era un escudo y su amor era mi identidad.
🖋️ Derribando barreras: Dignidad, gracia y reconciliación ante el Creador
Al mirar atrás, entiendo que enfrentaba a la supremacía anglosajona que intenta clasificar a los seres humanos por su origen étnico. Ese "monstruo" buscaba convencerme de que mi historia valía nada. Pero mi madre ya había peleado esa batalla antes de que yo naciera. Y cuando llegó mi turno, ella no me dejó sola.
Hoy, a mis 56 años de edad, utilizo mi voz para decir que ninguna ideología tiene el derecho de apagar la luz de un niño. Todos fuimos creados con la misma dignidad.
El orgullo de creerse superior es una barrera que el Evangelio vino a derribar. Mi conciencia no está basada en el rencor, sino en la paz de saber que ante nuestro Creador, todos somos iguales cuando estamos en Cristo. (Gálatas 3:28-29)
También de saber que mi madre me enseñó con su vida que el amor verdadero no conoce fronteras ni acentos. Que la dignidad de una persona no se mide por su origen étnico, haciendo un juicio basado en un falso celo ideológico que no proviene de Dios. Aprendí que el mundo tiene gente mala, sí, pero también tiene gente buena —y esa gente buena es la que hace que valga la pena seguir adelante. Esa es la herencia que me dejó. Esa es la historia que hoy cuento.
Gracia y paz.
Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com
