jueves, 16 de julio de 2026

16/julio/2026 TESTIMONIO Parte 12


 16/julio/2026


TESTIMONIO BAJO EL TEMA:

Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangeelico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación solo por la gracia de Dios?

Parte 12

Recuerdos de un altar: Las preguntas que el corazón no olvida

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#excatólica

Recuerdos…

Aquella mañana esperaba para salir con mi madre, me senté junto a la ventana de mi habitación. Desde allí arriba, el mundo se desplegaba lleno de vida: los niños del vecindario corrían y jugaban en la calle, ajenos a todo.

Yo los miraba, pero mi mente estaba muy lejos de sus juegos. En mis manos infantiles sostenía con fuerza una figura de yeso de la Virgen María. A mi corta edad, ya experimentaba un peso que no me correspondía; una quietud impuesta por el compromiso tan importante que me esperaba ese día: una reunión con el cura de la parroquia y con una monja a la que conocería por primera vez.

Perdida en el alboroto de la calle, apenas me di cuenta de que mami había entrado a la habitación. Su voz suave pero firme interrumpió mis pensamientos: ya casi era la hora de salir. Solo faltaba un último detalle antes de marcharme a cumplir con lo que sentía como un gran deber: peinarme el cabello.

Con la delicadeza de sus manos sobre mi cabeza, llegaron también los consejos de siempre. Tenía que guardar absoluto silencio cuando los adultos hablaran. Iba a estar frente al cura y a la monja, y en aquel entonces, el mundo de los mayores exigía una sumisión y una timidez en las que a mí, por naturaleza, me costaba mucho adaptarme.

Para ser sincera, todavía hoy conservo esa costumbre: me emociono tanto en las conversaciones que, sin querer, interrumpo porque me gana el entusiasmo. Es una chispa inquieta que ni el riguroso protocolo marianista catolico logró apagar. Pero en aquel momento, mami, al notar mi tensión, intentó tranquilizarme asegurándome que aquello era solo una reunión y que no iba a recibir ningún regaño.

Antes de cruzar la puerta, me detuve a mirarme al espejo. Mi reflejo me devolvía una imagen casi extraña. Llevaba el cabello muy corto; el doctor estaba investigando el origen de mis dolores de cabeza y mami, con esa lógica tan particular de las madres de la época, decidió que el peso de mi cabello largo tenía la culpa. 

Para colmo, estrenaba mis primeros espejuelos, con un marco de mi color favorito: azul cielo claro. Entre el corte de cabello y mis espejuelos, sentía que aquel espejo me mostraba a una niña que yo misma apenas empezaba a descifrar, en medio de un torbellino de cambios que aún no lograba comprender.

Guardé la pequeña figura de yeso de la Virgen María en el bolsillo de mi traje. Iba a buscar mi abrigo tejido de color rojo, el de siempre, pero mami me detuvo y me entregó uno nuevo.

—Este te quedará mejor, el rojo ya te queda pequeño —me dijo con dulzura.

Observé el nuevo tejido: era blanco, salpicado de delicadas flores rosas. Lo acomodé con cuidado en mi bultito junto a mi pequeña sabanita, porque sabía muy bien que en la parroquia el frío solía colarse hasta los huesos. Mami también acomodó allí un termo pequeño con agua y azúcar, junto a unas galletas de avena con pasas por si me daba "el cosquilleo de hambre", que era como yo llamaba a esos momentos en que el estómago me rugía y el mundo me daba vueltas.

Cruzamos el umbral y el sol de la mañana nos recibió con fuerza. Al salir, mis ojos buscaron otra vez a mis amigos, completamente entregados a la prisa de sus patinetas y bicicletas. El contraste entre su libertad y mi misterioso deber era casi doloroso. El firme agarre de mami en mi mano rompió de golpe mi distracción:

—Marihita, no te entretengas en el camino, que tenemos que irnos.

Y así, aferrada a su mano, caminé hacia lo desconocido.

El camino hacia que la parroquia me resultaba extrañamente familiar; al fin y al cabo, era la misma ruta que recorría todos los días para ir al colegio. Sin embargo, esta vez el trayecto se sentía completamente distinto.

Mientras avanzábamos, mi madre no dejaba de repasar conmigo las lecciones del catecismo marianista. Me recordaba la importancia de la Virgen María, insistiendo en su papel fundamental como madre y protectora en el misterio de Cristo, según la tradición católica romana. 

Yo solo asentía en silencio. Para calmar los nervios que empezaban a traicionarme, comencé a recitar algunos párrafos de memoria, repitiéndolos en voz baja como un mantra a lo largo de las calles.

Al llegar, cruzamos justo frente al colegio para dirigirnos a la capilla. Fuimos primero hacia la parte trasera de la iglesia, pero la puerta estaba cerrada. Intentamos luego por las escaleras que daban acceso a la parte baja, pero un pesado candado nos dio la misma respuesta.

Al ver aquellas puertas cerradas, una chispa de esperanza se encendió en mí. Miré a mami de inmediato, buscando una ruta de escape:

—No hay nadie, vámonos. De seguro hoy es su día libre —le sugerí, cruzando los dedos por dentro, según la superstición.

Pero mami, con esa sonrisa suya que combinaba dulzura y una firmeza inquebrantable, me tomó suavemente de la mano y me guió con pasos decididos hacia la entrada principal de la iglesia.

Frente al gran portón aguardaban otras dos madres con sus hijas, que parecían un poco mayores que yo. Mami las saludó con su calidez de siempre, un "buenos días" que se topó con un ambiente extrañamente gélido. Solo una de las mujeres devolvió el saludo y se acercó a abrazar a mi madre, dejando en el aire un silencio incómodo que aumentó mis nervios.

En ese instante de tensión, la pesada puerta de madera de la iglesia crujió al abrirse. Una monja vestida de un impecable color crema nos dio la bienvenida hablándonos en un inglés perfecto. 

Al recibirnos, nos entregó un rosario a cada una de las niñas. Cuando el mío cayó en mis manos, no pude evitar mirarlo con asombro: era de un azul claro idéntico, con el mismo tono exacto, al marco de mis espejuelos nuevos. Aquella coincidencia me pareció una señal silenciosa. 

Con un gesto amable, la monja nos indicó que nos sentáramos en los bancos de madera que se encontraban justo al lado de la entrada.

Tras presentarse, la monja se alejó unos tres bancos de distancia para hablar en voz baja con las madres. De inmediato, noté que las otras dos jovencitas entrelazaron con naturalidad sus dedos en las cuentas del rosario y comenzaron a rezar con una devoción que a mí me resultaba ajena.

Yo, en cambio, era incapaz de concentrarme. Como siempre, permanecía atenta a cada movimiento de mami, velándola de reojo con ese temor infantil y constante de que, en un descuido, me dejara allí sola.

A los pocos minutos, mami regresó a mi lado y me susurró con ternura:

—Vamos a esperar nuestro turno.

Nos acomodamos muy juntas en el banco de madera, unidas en un silencio protector, mientras observaba a las otras dos jóvenes caminar junto a la monja hacia el misterio que se ocultaba tras las puertas de la oficina parroquial.

Durante la espera, los nervios me traicionaron y el estómago comenzó a reclamar. Me acerqué al oído de mami para susurrarle que sentía el "cosquilleo en la barriga". Ella miró el gran reloj de la pared y me consoló con una sonrisa:

—Pues ya casi es la hora de la merienda.

Justo en ese instante, el eco de unos pasos interrumpió nuestra conversación. Al levantar la vista, vi acercarse a una monja diferente: era una de las que trabajaba en mi colegio, un rostro familiar en medio de tanta solemnidad.

Saludó a mami con un abrazo cálido y nos guió hacia una pequeña oficina que tenía una cafetera, una nevera y una mesa de madera.

—Aquí estarán más cómodas —nos dijo con amabilidad, mientras me entregaba una cajita con galletitas, un sándwich y un cartoncito de leche de chocolate. No lo puedo negar, aquel gesto me devolvió el alma al cuerpo.

Al cabo de unos minutos, llegó nuestro turno. Mami, fiel a su costumbre de no dejar rastro, limpió y recogió la mesa con esmero, dejándola impecable. Luego se volvió hacia mí con mirada detallista: me acomodó el traje y me acomodó con las manos el cabello corto, ese corte que a mí tanto me disgustaba pero que, por salud, tocaba llevar.

Caminamos por un pasillo y, al cruzar frente al altar de la Virgen María, nos detuvimos para hacer la genuflexión. Mientras lo hacíamos, vi de reojo a otras monjas que limpiaban el altar con devoción silenciosa.

Mami se detuvo finalmente ante la puerta de la oficina principal y tocó con suavidad, al abrirse, nos recibió una monja vestida con el hábito tradicional: una sotana negra larga hasta los pies y una toca con velo blanco. Con un ademán sereno, nos dio la bienvenida y nos invitó a pasar.

Adentro nos esperaba el párroco, quien me saludó con afecto junto a la monja. Recuerdo que ella comenzó a presentarse utilizando una letanía de títulos y cargos eclesiásticos que para mi mente infantil resultaban un idioma completamente incomprensible.

Acto seguido, fijó su mirada en mami y comenzó a explicarle la enorme responsabilidad de pertenecer al selecto grupo de creyentes de la Virgen María, la Madre de Dios, mientras se persignaba con devota solemnidad.

Al escuchar aquellas palabras tan profundas sobre la entrega, el compromiso y la obediencia, mi imaginación infantil simplemente alzó el vuelo. Un pensamiento increíble cruzó mi mente: ¡Wow, mami se va a convertir en monja! Me invadió una emoción tremenda y el corazón me dio un vuelco. 

En segundos, me la imaginé vestida con su hábito, caminando con paso sereno por los pasillos de mi colegio y cuidándome de cerca a cada momento. Aquella idea me parecía el mejor de los mundos posibles.

Mami asintió con total seguridad, respondiendo que ya habíamos completado los catecismos y que conocíamos muy bien el valor de la obediencia.

Mientras mi corazón saltaba de entusiasmo alimentando mi fantasía, toda aquella ilusión se desvaneció en un segundo. La monja giró la cabeza, fijó su mirada directamente en mí y pronunció mi nombre.

En ese instante, el peso de la reunión cambió de rumbo por completo. El aire se volvió denso. Busqué la mirada de mami, asustada, y la escuché responder con su calma habitual:

—Lo tomaré en consideración.

En aquel momento de mi infancia, yo no alcanzaba a vislumbrar la magnitud de lo que se estaba decidiendo en esa oficina, pero mi madre sí lo entendía perfectamente. Ella sabía el camino que se empezaba a trazar para mí.

De pronto, la monja vestida de crema —la misma que nos había recibido a la entrada— se asomó por la puerta. Mami se puso de pie de inmediato y se dirigió a mí con voz suave pero firme:

—Marihita, ve con Miss Johnson. Terminaré la reunión en unos minutos.

La monja me tomó de la mano y me guió hacia la habitación contigua. Para mi sorpresa, terminamos en una pequeña oficina parroquial que, en sus ratos libres, funcionaba también como el cuarto de planchado de las vestiduras sacerdotales.

Al cruzar el umbral y ver el lugar, no pude evitar que una gran sonrisa me iluminara el rostro. Hoy, mientras escribo estas líneas de mi testimonio, me río sola al recordar que aquel cuarto existía tal y como era gracias, única y exclusivamente, a la audacia de mi madre.

Les cuento que meses atrás, a mami le habían encomendado la "labor sagrada" de planchar las albas y casullas del cura. Al recibir el encargo, ella miró fijamente a la madre superiora y a las monjas, con esa firmeza tan suya que no admitía réplicas, les dejó las cosas claras de inmediato: si querían la ropa impecable, la parroquia tenía que comprar una tabla de planchar. Ella no pensaba cruzar el vecindario caminando de un lado a otro cargando semejante armatoste a cuestas.

Aún me sonrío al recordar la expresión de las monjas, que salieron casi corriendo a comprar la tabla ese mismo día para no contrariarla. Gracias a ese despliegue de carácter, las vestiduras del sacerdote se planchaban allí mismo, y yo ahora me encontraba en su pequeño reino.

Mami era así: una legisladora indomable que iba organizando el mundo a su paso, dictando leyes nuevas allí donde hiciera falta.

Mientras Miss Johnson me acomodaba en una silla de aquel cuarto impregnado de olor a almidón y vapor, me quedé pensando en la fuerza arrolladora de mi madre. Sin embargo, la tranquilidad me duró poco. Sabía perfectamente que al otro lado de la pared, en la oficina principal, se seguía decidiendo el rumbo de mi infancia mariana.

Miss Johnson interrumpió mis pensamientos. Se acercó a mí con paso suave y colocó en mi mano una pequeña estampa de la Virgen María. La contemplé en el centro de mi palma mientras la monja me decía con una voz que combinaba dulzura y solemnidad diciéndome, (según la tradición marianista católica):

—Ella te guiará y te dará la sabiduría junto a Cristo. —

Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire tibio del cuarto de planchado, sellando en el silencio un compromiso que los adultos acababan de pactar a mis espaldas.

Pocos minutos después, la puerta de la oficina se abrió y mami apareció con su habitual paso firme, dando por terminada la reunión. Tras despedirnos del párroco y de las monjas, emprendimos el camino de salida. Al cruzar el umbral de la parroquia de regreso a la calle, el sol del mediodía nos recibió con una fuerza deslumbrante, devolviéndonos de golpe al calor de la realidad.

Ya de camino, mami me miró de reojo y rompió el silencio con una pregunta que me tomó por sorpresa:

—Marihita, ¿recuerdas que una vez me dijiste que querías ser monja para ayudar a los necesitados? Pues la monja nueva tiene un grupo pequeño donde les enseñan desde niñas a ser misioneras, a ayudar a los demás representando a la Virgen María.

Yo la miré de vuelta. En mi inocencia infantil, sentía que aquello me quedaba gigante.

—Sí, mami, me acuerdo —le contesté—, pero soy muy pequeña para eso. A menos que tú vayas conmigo y trabajemos juntas.

Al escucharme, mami se detuvo en seco por un segundo. Su rostro se volvió pensativo, como si mis palabras hubieran tocado una fibra muy profunda en ella. Volvió a caminar despacio y me dijo con mucha seriedad:

—Creo que es mejor que cuando seas grande, mayor de edad, tomes tus propias decisiones. Representar a la Virgen es un compromiso muy serio.

—Está bien, mami —asentí, y de inmediato me brotó otra duda que me quemaba por dentro—. ¿Y a qué edad puedo representar a Cristo?

Mami se me quedó mirando, tal vez abrumada por la profundidad de mis preguntas, y prefirió darnos un respiro:

—Ven, entremos aquí a comprarte un helado para continuar nuestro camino.

Mientras saboreaba el helado, el silencio regresó, pero mi mente infantil no paraba de dar vueltas. En mi ignorancia de niña, un torbellino de preguntas corría por mi cabeza: ¿Cómo puedo ayudar a otros cuando veo que en el altar Jesús es quien necesita ayuda? ¿Quién lo va a bajar de ahí para que no sufra más? No entiendo cómo podemos ayudar a nuestra Madre, la Virgen, si ella ya está en el cielo... ¿Por qué lo dejó a Él atrás en el altar?

Tales preguntas causaron en mí un disturbio emocional, conociendo que el tener un pensamiento crítico dentro de un sistema religioso, es sinónimo de blasfemar.  

Eran demasiados misterios para mis pocos años. Ya casi llegando a casa, mami interrumpió mis pensamientos con una noticia que no me esperaba:

—Marihita, hay una actividad importante esta noche. La madre superiora y la monja que acabas de conocer quieren que asistas a este evento tan especial. ¿Te gustaría ir o prefieres quedarte en casa?

Hoy día me río sola al recordar mi reacción. Ante semejante invitación celestial, mi respuesta no pudo ser más terrenal:

—Tengo hambre y me gustaría descansar —le solté con total honestidad.

Mami me miró, me dedicó una sonrisa cómplice y asintió con la cabeza, aliviando de golpe toda mi tensión:

—Sí, tienes razón. Vamos a casa a calentar la comida de ayer: arroz con gandules, carne molida y ensalada de papa.

En ese momento, el hambre y el cansancio ganaron la batalla. Nos refugiamos en la seguridad del hogar, ignorando la magnitud del evento que se preparaba para esa misma noche. Pero esa... ya es otra historia.

Nos vemos en la próxima parte.

Autoría:

María Izabel Mestre 

Yom Teruah Ministries®

La Caverna del Profeta®

Carolina, Puerto Rico

profetamariaimestre@gmail.com

yomteruahministries@gmail.com

Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética, (sin fines de lucro)

"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"


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