Testimonio #excatólica
Parte 14
El dieguito y la inquisición
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Recuerdo claramente esa tarde cuando mi madre me dio unas instrucciones muy específicas. Tenía en sus manos un cartón que las monjas le habían entregado en el catecismo, junto con un pequeño sobre manila de ese particular color mostaza. Más tarde, acompañadas por algunas vecinas, llegamos a la iglesia. Antes de entrar, mi madre me recordó con firmeza que debía entregar el sobrecito con mi "dieguito", como le llamábamos cariñosamente en Puerto Rico a la ofrenda o diezmo.
Durante la semana, veía a mi madre repetirlo como un ritual lleno de fe: tomaba un "dieguito" —la moneda de diez centavos—, hacía una rezo a la virgen María con su rosario y luego encajaba la moneda en uno de los huecos troquelados que tenía el cartoncito, diseñados para que la moneda quedara fija. Así, día a día y oración tras oración, el cartón se fue llenando por completo.
Finalmente llegó el día de entregarlo en la iglesia. Tras alistarme para salir, mi madre me dio el sobrecito manila y me dijo con ternura que lo guardara muy bien en mi bolsillo, porque íbamos en camino a entregarlo.
Al llegar a la parroquia junto a varias vecinas, tuvimos una breve reunión en el salón del catecismo antes de pasar a la iglesia principal para la misa.
Luego de la liturgia, el sacerdote tomó la palabra para anunciar el momento de la ofrenda. Nos explicó que era un día muy especial para entregarle nuestro tributo a la Inmaculada Virgen María, madre de Jesús. Nos pidió a todos que sostuviéramos el cartoncito con los dieguitos y que, antes de entregarlo, rezáramos juntos:
—"Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo..."—
Mientras las voces se unían en la pelgaria, noté que a mi lado estaba mi amiga de la escuela junto a su madre. Ella sostenía en sus manos un sobrecito manila idéntico al mío. Sin embargo, al mirarlo de cerca, vi que su sobrecito estaba vacío.
Guardando el respeto que exigía la tradición católica de mantener el silencio mientras se invocaba a la Virgen, me acerqué a ella y le susurré en espanglish —idioma en el que compartíamos en el vecindario y en la escuela, aun cuando allí nos separaban a la hora de la merienda por el color de la piel—. Le pregunté en voz muy baja si no tenía su dieguito.
Ella me miró y me contestó bajito que no, porque su mamá no tenía suficientes dieguitos.
Al escucharla, la abracé con fuerza y le dije en ese spanglish tan nuestro, mezclando palabras en inglés y español, que no se preocupara, te prometo que tú no irás al infierno. Yo soy tu amiga; es mejor que me vaya yo. Y cuando vea a la Virgen, le voy a pedir que interceda por mí y le explique a Jesucristo lo que hice por ti. Ya verás, la Virgen se inventará algo para resolver este problema... como hace mami, que siempre le encuentra solución a todo”.
Ella me abrazó de vuelta, aceptó el dieguito y lo guardó en su sobrecito, agradecida. Justo cuando la congregación terminaba la plegaria, los monaguillos comenzaron a pasar las canastas para recoger las ofrendas. Vi la emoción en el rostro de mi amiga cuando depositó su sobrecito y se hizo la señal de la cruz.
Cuando la canasta pasó frente a mí, disimulé rápidamente. Sin que mi madre se diera cuenta, guardé mi sobrecito vacío en el bolsillo, en silencio, guardando el secreto del pacto de amiga que acababa de hacer: haber asumido el lugar de mi amiga para salvarla del infierno.
Al regresar a casa, me fui directo a mi habitación. En silencio, le rezaba a la Virgen pidiéndole que cumpliera su promesa de interceder por mí y, sobre todo, que mami no se diera cuenta de que había regalado mi dieguito en un pacto de amistad dejando a un lado mi indulgencia.
Pero al día siguiente... ¡zap! Se formó un titingó, como decimos acá en Puerto Rico. Un verdadero lío.
Apenas terminamos el desayuno, mi madre me miró con absoluta seriedad y me dijo que teníamos que hablar. En su mano sostenía el sobrecito vacío con mi nombre escrito. En ese instante me dio un vuelco el corazón: ¡había olvidado deshacerme de la evidencia! Lo dejé en el bolsillo y mami lo había encontrado.
Desde muy pequeña, yo siempre sentí que mi madre era una jueza disfrazada de mamá, o una policía investigadora que no se le escapaba un solo detalle. Sabía descifrar cualquier "delito": si me comía una dona a escondidas, ella sabía exactamente que faltaba una; si no hacía la asignación de la escuela, de alguna forma se enteraba.
Tratando de mantener la compostura, le dije con firmeza: —Jesucristo nos enseñó a ser amigos, así como Él es un buen amigo.
—Lo sé —me respondió ella sin perder la seriedad—, pero ¿dónde está el dieguito?
Sabía que estaba frente a la mejor investigadora y que debía medir muy bien mis palabras para defender mi caso. Le contesté: —Así como Jesús hizo un pacto, yo hice lo mismo con mi amiga.
Mami me tomó de la mano, me indicó que me sentara y me dijo: —Esto es importante. Explícame ahora mismo.
Con esa evidencia en la mesa, yo sabía que la jueza estaba a punto de dictarme sentencia. Pero mirándola fijamente, le recordé lo que había aprendido: —Un amigo hace lo que hizo Jesús... se sacrifica por los demás.»
Acto seguido, mi madre hizo una llamada a la parroquia. Lo único que alcancé a escuchar fue un rotundo: “Vamos para allá”.
Con voz firme de jueza, se giró hacia mí y me dijo: “Ven, vamos a la parroquia”. Una vecina nos dio pon, como decimos acá en Puerto Rico, y nos dejó justo frente a las escaleras que subían hacia la parte posterior de la iglesia.
Mientras subía cada escalón camino a recibir mi sentencia, mi mente se mantenía firme en el glorioso pacto de amistad que había hecho. Confiaba plenamente en mi inocencia delante de la Virgen y mantenía la fe de que ella estaría a mi lado.
Al llegar, mi madre tocó la puerta de la parroquia. Nos abrió una monja vestida con su hábito negro, tan largo que el ruedo casi arrastraba el suelo. Nos miró con seriedad, nos indicó que nos sentáramos y nos pidió que esperáramos.
Mientras esperábamos, mi madre se inclinó hacia mí para explicarme la gravedad de la situación: —El dieguito y esa ofrenda son un asunto sagrado. No entregarlo es un sacrilegio, Marihita, y esa falta se paga en el purgatorio. El purgatorio es algo muy serio... ¿entiendes?
En silencio, asentí con la cabeza y, con el corazón apretado, le pedí perdón.»
Al regresar, la monja nos anunció que el sacerdote nos recibiría. La seguimos en silencio hasta la oficina parroquial. Allí, mami le explicó al cura la "falta" que yo había cometido. Sin decir mucho, el sacerdote abrió su gavetón, sacó un sobrecito nuevo y se lo entregó a mi madre. Mami buscó en su cartera, sacó un dieguito, lo metió en el sobre y se lo devolvió.
El sacerdote fijó su mirada en mí. Yo estaba firme, erguida y lista para escuchar mi condena. Dirigiéndose a mi madre, dijo: “La niña irá a confesarse y el sacerdote de turno dictará la penitencia”. Lo miré con seriedad; no tenía miedo, estaba decidida a enfrentar lo que viniera. Miré a mami y le dije con firmeza: “Estoy lista”.
La monja me tomó de la mano y me guió hacia mi destino. De camino al confesionario, el tiempo parecía estirarse en aquel pasillo frío. Al entrar, me confesé, y el sacerdote me impuso una penitencia de cinco Avemarías y tres Padrenuestros.
A la salida me esperaba la monja con un velo blanco en las manos. “Esto es para cubrir tu pecado”, me dijo. De camino hacia los bancos, pasamos frente al altar de la Virgen. “Tápate el rostro y dobla las rodillas por haber negado la misericordia de nuestra madre, la Inmaculada Virgen María”, me ordenó. Así lo hice. Mientras me hincaba, miré hacia la imagen y le dije en mi corazón: “Me has dejado sola... no cumpliste tu promesa”.
Continuamos caminando hacia el altar mayor. Frente a la gran cruz, la monja volvió a hablar: “Tapa tu rostro por haber roto tu promesa y dobla las rodillas ante el altar”. Volví a obedecer. Al levantar la vista hacia la enorme cruz y ver a Jesús crucificado, le susurré desde el fondo de mi alma: “Pensé que eras mi amigo...”.
Finalmente llegamos a las bancas. La monja me entregó un rosario de cuentas negras. La miré con indignación porque ya sabía lo que diría: “Un rosario negro, como tu alma. Cuando termines las oraciones, te daré el blanco”. Sintiéndome juzgada y marcada como en los tiempos de la Inquisición, con el velo blanco cubriendo mi rostro como símbolo de infamia, me senté y comencé a rezar los Avemarías.
Al terminar, le entregué el velo del castigo y ella me dio el rosario blanco. Miré a mami, quien había estado sentada a mi lado pacientemente durante horas. Me miró con ternura y me dijo: “¿Qué te parece si nos vamos? Hay que seguir empacando, que ya nos regresamos para Puerto Rico”.
Me tomó de la mano y caminamos hacia la salida. Mientras caminaba, mi mente de niña se quedaba llena de interrogantes sobre todo lo que nos exigían para merecer el cielo. Sentía en mi alma que la salvación no podía ser un camino de miedo. Al estar frente a las grandes puertas, supe que sería la última vez que cruzaría el umbral del lugar que me vio nacer...
Autoría:
María Izabel Mestre
Profetisa de Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Pentecostales Reformados
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

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