25/junio/2026 Testimonio Parte 10
Tema: Habiendo practicado el catolicismo y el pentecostalismo evangélico, ¿cómo llegué al conocimiento de la salvación, solo por la gracia de Dios?
* Compartido en mi pagina en Facebook: La Caverna Del Profeta
La Puerta Roja que Nunca me Llevó a Roma
Recuerdos…
Era un sábado de mayo, en algún punto de los años setenta. El sol de Filadelfia caía con generosidad sobre el patio de la parroquia, y el aire, cargado del aroma a tierra mojada y a incienso, se sentía diferente: había algo de fiesta, pero también algo de misterio. Aquel día no era uno cualquiera, era la víspera de la procesión del Corpus Christi, y todo el barrio se preparaba para ello.
Como era sábado, no llevábamos los uniformes azules del colegio; el patio se llenó entonces de un jardín de vestidos de flores y de algunos niños con sus camisas planchadas que crujían al moverse. Yo, por mi parte, llevaba mis zapatos nuevos, esos que brillaban y que me recordaban que aquello no era un juego. Que ese día, de alguna manera que no entendía bien, estábamos a punto de tocar algo sagrado. Eso solo, el solo hecho de estar allí, con la ropa limpia y el corazón inquieto, ya hacía el día especial.
Mi madre estaba entre el grupo de padres. Ella era de las que animaba a las demás a asistir a las actividades que las monjas organizaban para los niños. La recuerdo conversando, riendo, moviéndose entre ellas con esa energía suya que hacía que la gente quisiera quedarse.
Éramos un grupo variado, hijos de inmigrantes de distintas nacionalidades, y en esos días el patio era un pequeño mapa del mundo: se mezclaban el español, el italiano, el polaco, el inglés con acentos que aún no se habían borrado del todo. A mí me fascinaba escuchar esas voces tan distintas, porque me hacían sentir que el mundo era más grande que mi casa y que mi colegio, y que de algún modo todos estábamos buscando lo mismo, aunque lo dijéramos en idiomas diferentes. Pero ese sábado, las diferencias no importaban. Todos estábamos allí para lo mismo.
Las monjas y el cura corrían de un lado a otro con esa energía que tienen los adultos cuando están preparando algo importante, y el olor a hamburguesas empezaba a mezclarse con el del césped recién cortado. Yo, desde un banco, observaba aquel ajetreo con una mezcla de curiosidad y reverencia. Sí, era importante: un simulacro del Año Santo de 1975, el Jubileo convocado por el Papa Pablo VI. Para nosotros, los niños, la explicación era más sencilla: era un año especial en el que, si uno hacía ciertas cosas, podía ganar un perdón especial.
En mi mente de niña, ese perdón no era un concepto doctrinal, sino algo más parecido a una promesa: la idea de que, por muy pequeña que fuera, Dios me miraba y quería borrar algo de mi historia. No sabía muy bien qué había que borrar, pero la sola posibilidad de que alguien tan grande como Él quisiera acercarse a alguien tan pequeña como yo, me llenaba de una paz que no entendía, pero que nunca olvidaría.
Pero, claro, éramos niños de Filadelfia, hijos de inmigrantes. Roma quedaba al otro lado del océano, en los mapas de la escuela, en las páginas de los libros que las monjas nos mostraban con dedos temblorosos de emoción.
No podíamos viajar hasta allí, no teníamos pasajes ni maletas ni suficientes ahorros. Pero las monjas, que sabían de sueños y de milagros, encontraron la manera de traer el peregrinaje hasta nosotros.
Y así, en medio del patio de cemento, un grupo de padres y voluntarios levantaron algo que me dejó sin aliento: una puerta de madera pintada de un rojo intenso, como los tejados de las casas viejas de Europa. Se sostenía sola, sin paredes que la sujetaran, como un portal suspendido en el aire. Para mí, que tenía la mente llena de cuentos y de imágenes que bailaban en mi cabeza, esa puerta no era solo madera y pintura. Era el camino directo a Roma.
Estaba tan convencida de que, si la cruzaba con suficiente fe y devoción, mis pies tocarían el suelo de la Ciudad Eterna al otro lado. Que el bullicio de Filadelfia se desvanecería y en su lugar escucharía las campanas de la Basílica de San Pedro. Era la puerta que conectaba mi pequeño mundo de calles rectas y casas de ladrillo con la gran ciudad de las cúpulas doradas que veía en los libros del catecismo.
Hicimos la fila, los niños y las niñas, con ese silencio solemne que solo se guarda cuando algo es importante de verdad. Caminamos despacio, casi sin respirar, y uno a uno cruzamos el umbral. Yo apreté los puños, cerré los ojos por un instante y di el paso. Y al otro lado, en lugar de la Plaza de San Pedro, nos recibió una sorpresa aún más dulce: el "Jardín de Nuestra Madre La Virgen María". No había cúpulas ni columnas, pero había flores de papel de colores, y una sonrisa enorme en el rostro de cada monja que nos esperaba con las manos abiertas.
La seriedad religiosa se transformó de inmediato en una fiesta infantil. Nos entregaron un pequeño bultito de cordones que llevaba dentro un tesoro: un lápiz de madera recién afilado, un cuaderno rojo con las hojas en blanco esperando ser llenadas, y un bolígrafo amarillo intenso, tan brillante como el sol de mayo, que tenía grabado el símbolo de la Virgen. Lo sostuve en mis manos como si fuera una reliquia. Era mío. Ese cuaderno rojo era mío, y en sus páginas yo podía escribir mis propias oraciones, mis propios sueños.
Luego, el aroma que había estado flotando en el aire durante toda la mañana se hizo promesa cumplida: hamburguesas humeantes, pretzels crujientes y salados, y vasos de ice tea con hielo flotando. Los pretzels, con esa masa retorcida que se deshacía en la boca, eran un recordatorio silencioso de que estábamos en Filadelfia, la ciudad donde los inmigrantes alemanes habían traído esa receta años atrás. Ahora era parte de nosotros, como los acentos de nuestros padres, como las recetas que llegaban en maletas de cartón, como las canciones que nuestras abuelas cantaban en idiomas que apenas entendíamos.
Cuando terminamos de comer, las monjas nos reunieron en círculo y nos entregaron unas cartulinas grandes, de esas que se usan para los carteles de la escuela. En ellas, con letras escarchadas que brillaban bajo el sol, estaban escritas tres palabras: FE, CARIDAD y ESPERANZA. Me dieron la que decía ESPERANZA. La sostuve contra mi pecho, y en ese momento, con el patio lleno de risas y el olor a hamburguesas y el sol calentándome la espalda, sentí que esas palabras no estaban escritas en una cartulina. Estaban escritas en mi corazón.
Después de que repartieron las cartulinas, las monjas nos pidieron que nos sentáramos en círculo sobre el césped. El sol empezaba a declinar, y la luz de la tarde se volvía dorada, como si el mismo cielo quisiera ponerle un broche de oro a aquel día tan especial.
Entonces, la madre superiora se levantó y pidió silencio con un gesto suave de su mano. Era una mujer menuda, de cabello blanco y ojos claros que parecían haber visto mucho más de lo que sus palabras alcanzaban a decir. Cuando hablaba, todos nos callábamos, porque su voz tenía esa autoridad que no viene del grito, sino de la paz interior.
—Niños —nos dijo con una sonrisa—, hoy hemos cruzado una puerta de madera en el patio de nuestra parroquia. Pero yo, hace muchos años, crucé una puerta mucho más grande.
Y entonces comenzó a contarnos sus recuerdos. Nos habló de cuando era joven y había hecho una peregrinación a pie hasta Roma. Caminó durante semanas, nos contó, con los pies ampollados y el sol quemándole la nuca, pero con el corazón tan ligero como una pluma. No iba sola; había otras personas con ella, algunas cargando cruces pequeñas, otras llevando rosarios entre los dedos, todos unidos por un mismo deseo: llegar a la tumba de San Pedro y tocar con sus manos la fe que habían heredado de sus padres.
—Cuando llegué a la Basílica de San Pedro —nos dijo con la voz llena de emoción—, caminé hasta el altar mayor, donde la tradición nos dice que descansa el cuerpo de Pedro, el pescador que se convirtió en la roca sobre la que Cristo edificó su Iglesia. Y allí, en ese lugar sagrado, entendí que no había caminado solo con mis pies. Había caminado con los pies de todos los que creyeron antes que yo, y con los pies de todos los que creerían después.
—En el camino —continuó la Madre Superiora, con la mirada perdida en algún lugar que solo ella veía— conocí a gente de todos los rincones del mundo. Una mujer de Polonia que no hablaba mi idioma, pero que me ofreció un trozo de pan cuando yo no tenía nada. Un anciano de Francia que cantaba salmos mientras caminaba, y cuya voz me acompañó durante días enteros. Un grupo de jóvenes de Italia que reían y lloraban al mismo tiempo, porque sabían que estaban haciendo algo grande.
—Vi lugares que jamás olvidaré —prosiguió—. Pueblos diminutos donde las campanas de la iglesia sonaban solo para nosotros, los peregrinos. Campos de girasoles que parecían saludarnos al pasar. Una capilla en medio de la nada, tan pequeña que solo cabían tres personas, pero donde el silencio era tan profundo que se podía sentir a Dios respirar.
Mientras la madre superiora hablaba, yo la escuchaba con los ojos muy abiertos y la cabeza llena de preguntas que no me atrevía a hacer en voz alta. Sus pies habían recorrido caminos de verdad, no como los nuestros, que solo iban de la casa al colegio y del colegio a la parroquia. Ella había visto las campanas de Roma, había tocado las piedras de la Basílica, había caminado hasta la tumba de San Pedro. Para mí, que apenas había salido de Filadelfia, todo eso sonaba tan lejano como la luna.
Y mientras ella hablaba, una pregunta comenzó a crecer dentro de mí, silenciosa y persistente, como una semilla que se abre paso bajo la tierra:
¿Por qué Dios vive tan lejos?
Porque en mi cabeza de niña, Dios estaba en Roma. Estaba en el Vaticano, detrás de esas cúpulas doradas que veía en las estampitas y en los libros del catecismo. Estaba donde estaba el Papa, donde estaban las basílicas, donde estaba la tumba de San Pedro. Y si Dios vivía en Roma, entonces estaba muy, muy lejos de Filadelfia. Estaba al otro lado del océano, en un país que solo conocía por los acentos de mis compañeros y por las historias que contaban las monjas.
Yo no podía viajar a Roma. No tenía dinero, no tenía pasaporte, no tenía edad para cruzar el mundo sola. Y entonces, si Dios vivía tan lejos, ¿cómo iba a llegar hasta Él? ¿Cómo iba a recibir esa bendición que prometían si yo no podía hacer el viaje? ¿Por qué había que sufrir tanto, caminar tanto, esperar tanto, solo para ver al Papa o para tocar una tumba?
Recuerdo que en ese momento, mientras escuchaba a la madre superiora, sentí una mezcla de admiración y de tristeza. Admiración por ella, que había logrado hacer lo que yo soñaba. Pero tristeza porque, en el fondo, pensaba que yo nunca podría alcanzar a Dios. Que Él estaba demasiado lejos, demasiado grande, demasiado ocupado como para fijarse en una niña de Filadelfia que apenas sabía rezar el rosario sin equivocarse.
Cuando la madre superiora terminó de hablar, el patio quedó en completo silencio, solo roto por el rumor del viento entre los árboles y el canto lejano de un pájaro. Yo miré la cartulina de ESPERANZA que sostenía contra mi pecho, y de repente entendí algo que no podía poner en palabras: aquella puerta roja no nos había llevado a Roma. Nos había llevado a un lugar mucho más importante. Nos había unido a una historia que empezó siglos atrás, que continuaba en los pies ampollados de la madre superiora, y que ahora, de alguna manera, continuaba en nosotros.
Esa tarde, mientras el sol se ponía detrás de los árboles del patio y las madres comenzaban a recoger a sus hijos, yo me fui a casa con una cartulina de ESPERANZA en la mano y un nudo en el estómago. Las preguntas seguían ahí, dando vueltas en mi cabeza como hojas arrastradas por el viento: ¿Por qué Dios vive tan lejos? ¿Por qué hay que sufrir para alcanzarlo? ¿Por qué las bendiciones hay que ganarlas con tanto esfuerzo?
No sabía entonces que esas preguntas no eran malas. No sabía que eran el principio de algo, el motor que movería mis pasos muchos años después. Pero esa noche, al acostarme, guardé la cartulina debajo de mi almohada y cerré los ojos. Y en mi corazón de niña, sin entenderlo del todo, supe que esa puerta roja, aunque no me había llevado a Roma, me había llevado a un lugar igual de importante: el comienzo de mis propias preguntas.
Autoría:
María Izabel Mestre
Yom Teruah Ministries ®
Pentecostales Reformados
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
profetamariaimestre@gmail.com

No hay comentarios:
Publicar un comentario